San Gregorio Magno

En los catorce años de su pontificado obró una profunda reforma moral de la Iglesia. Incluido entre los primeros cuatro Doctores de la Iglesia, recomendaba acercarse a las Sagradas Escrituras, no por querer dominarlas, sino como nutrición del espíritu, uniendo el estudio a la oración.

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Mientras Italia atravesaba uno de los períodos más oscuros de su historia, entre carestías y una anarquía sustancial, destacó la figura de san Gregorio I (540-604), llamado Magno. En los catorce años de su pontificado obró una profunda reforma moral de la Iglesia y tuvo un papel decisivo de pacificador en la fase más dramática de la invasión de los longobardos.

Su cuerpo grácil custodiaba un alma de verdadero hijo de la luz, con una inmensa fe en la Providencia. «Era un hombre inmerso en Dios: el deseo de Dios estaba siempre vivo en el fondo de su alma y, precisamente por esto, estaba siempre muy atento al prójimo, a las necesidades de la gente de su época. En un tiempo desastroso, más aún, desesperado, supo crear paz y dar esperanza. Este hombre de Dios nos muestra dónde están las verdaderas fuentes de la paz y de dónde viene la verdadera esperanza; así se convierte en guía también para nosotros hoy», dijo Benedicto XVI en una catequesis dedicada al santo.

Nativo de Roma, pertenecía a la noble gens Anicia (la misma que san Benito, del cual escribió una célebre Vida) y era hijo de Gordiano y santa Silvia. Siguiendo los pasos de su padre se adentró en la carrera administrativa y en torno a los 32 años se convirtió en prefecto de la Urbe, madurando ese sentido del orden y la disciplina que después transmitiría a los obispos. Fue en este período cuando sintió una fortísima llamada de Nuestro Señor. Dejó todos los cargos civiles retirándose a la vida monástica en su casa en el Celio, que transformó en un monasterio benedictino dedicado a san Andrés. Los años de monje fueron espiritualmente enriquecedores, vividos en contemplación y ayuno, en la profundización de las Sagradas Escrituras y de los Padres de la Iglesia. En el 579 fue enviado por el papa Pelagio II como apocrisiario [una suerte de embajador] a la corte de Constantinopla, donde permaneció seis años para buscar ayuda contra la amenaza longobarda.

A principios del invierno del 590 una epidemia de peste se llevó, entre otras, la vida del pontífice, que falleció el 7 de febrero. Gregorio, que mientras tanto ya había vuelto a su amado recogimiento monástico, fue llamado a la cátedra de Pedro por insistencia del clero, el pueblo y el senado de Roma. Su consagración tuvo lugar el 3 de septiembre (día de su festividad litúrgica). Afrontó de inmediato y con gran lucidez la cuestión longobarda a pesar de la inercia y los obstáculos puestos por los bizantinos, con base en Rávena. Utilizando sus bienes personales, convenció al rey Agilulfo a levantar el asedio de Roma. Con santa perseverancia - gracias también a las buenas relaciones instauradas con la reina Teodolinda - consiguió favorecer el armisticio entre los longobardos y los bizantinos, pacificando la península y empezando así la conversión de los primeros al catolicismo.

Mientras tanto había reformado los acueductos, empezado una reforma agraria y distribuido grano a los necesitados, especialmente en Sicilia, donde algunas de sus posesiones se convirtieron en monasterios. La indispensable atención hacia los problemas políticos, en aquella época de vacío, no lo distrajo de la atención a la Iglesia, deseoso como estaba de conducir a Cristo al mayor número de almas posible. Bajo su pontificado, los visigodos de España se convirtieron, abandonando el arrianismo. Además, en el 597, fue Gregorio quien envió a una cuarentena de monjes benedictinos, guiados por el que será conocido como san Agustín de Canterbury, para reevangelizar Inglaterra. También se valió de los benedictinos para reformar la curia, confiándoles muchas tareas en lugar de atribuírselas a eclesiásticos indignos. Humilde y decidido al mismo tiempo, se opuso al título de «patriarca ecuménico» asumido con soberbia por el patriarca de Constantinopla (Juan IV) y, aunque no se le escuchó, introdujo el nuevo título papal de «siervo de los siervos de Dios».

Promovió esa forma de canto litúrgico que, por él, tomará el nombre de «gregoriano». Enseñaba que el ministerium activo nace de la contemplación, sin la cual no es posible imaginar la cura de las almas. Llamaba a esta cura «el arte de las artes» y explicaba que el pastor puede cumplir su altísimo deber solo si reconoce la propia miseria y se encomienda plenamente a Dios. Con esta misma actitud de atención a la divina voluntad escribió las Homilías sobre los Evangelios, los Diálogos, la Regla pastoral y su obra principal, Moralia in Iob, es decir una exégesis del Libro de Job que en la Edad Media fue considerada «una especie de Suma de la moral cristiana» (Benedicto XVI).

De él nos queda también un epistolario compuesto por 848 cartas, una fuente preciosa para comprender su época, además de ser una mina de consejos y enseñanzas. «¿Qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios omnipotente a su criatura?», escribió, por ejemplo, a un hombre lleno de talentos, pero que se perdía en las cosas mundanas: «El Señor de los hombres y de los ángeles te ha mandado sus cartas que se refieren a tu vida […]; aprende a descubrir el corazón de Dios en las palabras de Dios, para que puedas atender con mayor ímpetu las cosas eternas». Incluido entre los primeros cuatro Doctores de la Iglesia (con Agustín, Ambrosio y Jerónimo), recomendaba acercarse a las Sagradas Escrituras, no por querer dominarlas (por orgullo y una mera sed de conocimiento que puede desembocar en herejía), sino como nutrición del espíritu, uniendo el estudio a la oración.

Patrono de: cantantes, músicos, papas

Para saber más:

Catequesis de Benedicto XVI (audiencias generales del 28 de mayo y 4 de junio de 2008)

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