San Galdino

Entre los obispos santos de Milán, san Galdino ocupa un lugar preeminente junto a dos gigantes como san Ambrosio y san Carlos Borromeo

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Entre los obispos santos de Milán, san Galdino (c. 1096-1176) ocupa un lugar preeminente junto a dos gigantes como san Ambrosio y san Carlos Borromeo. Nacido en una familia de la pequeña nobleza, Galdino era archidiácono de la catedral en la época en que era arzobispo de Milán Huberto de Pirovano († 1166). Ambos apoyaron con firmeza al papa Alejandro III, que había sido elegido por la gran mayoría de los cardenales en 1159. Las ambiciones de Federico Barbarroja sobre Italia, unidas a sus pretensiones sobre la Iglesia, habían favorecido ese mismo año que un pequeño grupo de seis purpurados disidentes eligieran al antipapa Víctor IV por motivos filoimperiales, causando un cisma que continuó con los antipapas Pascual III y Calixto III.

A causa de su toma de posición pública, el emperador hizo encarcelar a Galdino durante seis meses. En 1162 asistió a la destrucción de Milán por parte de las tropas imperiales. Se reunió con el pontífice en Génova, lo siguió en varios de sus desplazamientos y alrededor del año 1165 fue creado cardenal. Al año siguiente, tras la muerte de Huberto, Alejandro III lo nombró nuevo arzobispo de Milán y le dio el encargo de legado apostólico en Lombardía.

En cuanto el santo pudo tomar posesión de su sede episcopal, inició una obra exhaustiva. Destituyó a todos los eclesiásticos nombrados por el antipapa, sanó las alianzas entre las Comunas que iban constituyendo la Liga Lombarda (que, en 1176, derrotó a Barbarroja en la batalla decisiva de Legnano), se ocupó de la reconstrucción material y espiritual de la ciudad. Mostró una caridad especial hacia los pobres, recordada desde entonces con el nombre de “pan de san Galdino” por la costumbre de alimentar a los necesitados y los encarcelados. Manzoni se inspiró en él para la figura del homónimo fraile mendigante de su obra Los novios.

El santo también se dedicó con mucho fervor a la defensa de la doctrina cristiana, asediada en esa época por la herejía cátara. Murió después de haber terminado un sermón desde el púlpito de la Basílica de Santa Tecla en apoyo de la recta fe, como refirió el monje Hilarión, su biógrafo: “Se subió al púlpito e hizo un hermosísimo sermón contra los cátaros y sus seguidores. En cuanto acabó de hablar, ante la presencia del clero y del pueblo, rindió el alma al Señor”.

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