San Félix de Nola

Tras la muerte de su padre, había vendido gran parte de sus bienes y había distribuido el dinero conseguido por la venta entre los pobres, consagrándose a Cristo como sacerdote

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«Oh, mártir Felix […], tú arrojaste en mí, con obras eficaces de salvación, las primeras semillas de los bienes celestiales, en la esperanza de que pudiera alcanzarlos», escribía san Paulino de Nola (355-431) en uno de los catorce «cármenes natalicios» que nos han llegado, llamados así porque fueron escritos de año en año para el dies natalis de san Félix de Nola (†14 de enero, después del 250), hacia el cual sentía gran devoción porque atribuía el inicio de su conversión a la intercesión del santo. Los cármenes de Paulino, originario de Burdeos y que había vivido en Nola, primero como senador, estableciéndose definitivamente en el 394, después de su ordenación sacerdotal, representan la primera elaboración escrita de la tradición oral de los nolanos sobre Félix.

El santo había nacido en Nola, hijo de un sirio rico que estaba en esta ciudad por cuestiones de trabajo. Tras la muerte de su padre, había vendido gran parte de sus bienes y había distribuido el dinero conseguido por la venta entre los pobres, consagrándose a Cristo como sacerdote y convirtiéndose en colaborador del obispo Máximo. Este, durante las persecuciones de mitad del siglo III (el escenario que proporciona Paulino también es compatible con las persecuciones del 303-305, bajo Diocleciano), tras haberse entregado a la defensa de los cristianos, se refugió, anciano y enfermo, en una montaña y confió la diócesis al cuidado de Félix, al que quería como su sucesor. El sacerdote fue encarcelado y sometido a torturas terribles, pero se negó a realizar sacrificios a las divinidades paganas y reafirmó su fe cristiana. Un ángel le liberó y le llevó al lugar donde, solo y agotado por las penurias, se había refugiado Máximo, al que Félix reanimó con el zumo de unas uvas que habían madurado milagrosamente fuera de estación; luego, cargándolo sobre sus hombros, lo llevó de vuelta a la ciudad, donde el anciano obispo fue confiado a los cuidados de una cristiana, muriendo poco tiempo después.

Félix pudo escapar a otro intento de arresto refugiándose durante seis meses dentro de una cisterna abandonada, donde fue alimentado por una mujer. Cuando las persecuciones cesaron, el pueblo lo quiso como obispo, pero él declinó el ofrecimiento en favor de Quinto; renunció a utilizar el edicto sobre la restitución de los bienes que le habían sido confiscado por las autoridades imperiales y transcurrió el resto de sus días en pobreza y oración. Se desconoce el año exacto de su muerte, pero desde entonces es venerado como mártir (el Martirologio actual lo recuerda como «invicto confesor de la fe») por el modo en que había aceptado los continuos sufrimientos a causa de la fe, permaneciendo siempre firme en Cristo. En virtud de su vida ejemplar, murió ya en fama de santidad y su tumba, en la cercana Cimitile y fuente de milagros, fue llamada Ara Veritatis por su eficacia en el triunfo de la verdad contra el falso testimonio.

Dado que su sepulcro, sobre el que se había erigido un pequeño santuario, era meta de numerosas peregrinaciones, Paulino hizo edificar, a principios del siglo V, una nueva basílica en honor de san Félix para acoger a la gran multitud de fieles que iban a rezar en ella. En el mismo lugar surgieron, a lo largo de los siglos, otras cinco basílicas, haciendo de Cimitile, cuyo nombre deriva de Cimiterium, uno de los mayores lugares paleocristianos de Italia. No hay que confundir al santo conmemorado hoy con un santo y obispo homónimo de Nola del siglo I.

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