San Efrén

Su peculiaridad fue haber sabido conciliar teología y poesía

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«El grande Efrén ha despertado almas atormentadas, consolado afligidos, formado, dirigido y exhortado a los jóvenes; espejo de monjes, guía de penitentes, espada y flecha contra los herejes, arca de virtudes, templo y lugar de reposo del Espíritu Santo». Así escribía un gran Padre oriental y Doctor de la Iglesia como san Juan Crisóstomo († 407) a propósito de san Efrén el Sirio (306-373), el más importante de los escritores en lengua siria y Doctor de la Iglesia él mismo.

Su peculiaridad fue haber sabido conciliar teología y poesía. Escribió principalmente en versos (los antiguos contaron unos tres millones), aunque no descuidaba la prosa. Por la inspiración y la musicalidad de sus escritos, se le llamó «Cítara del Espíritu Santo». San Jerónimo († 419/420) incluyó a san Efrén, un diácono, en el De viris illustribus y contaba que «en algunas iglesias, después de la lectura de la Biblia, se leían públicamente sus obras».

Originario de la antigua Nisibi (hoy en Turquía, en la frontera con Siria) o quizás de Edesa, Efrén había nacido en una familia cristiana. Era una época en que todavía estaba vivo el recuerdo de las persecuciones de Diocleciano, durante las cuales había sufrido el martirio, en Nisibi, santa Febronia. También los padres de Efrén «habían confesado a Cristo en tribunal», como se lee en la Confessio, atribuida al santo.

En su formación cristiana tuvo gran importancia la experimentada ayuda de Santiago de Nisibi († 338), durante mucho tiempo obispo de la ciudad, y uno de los 318 Padres del Concilio de Nicea. No está claro si fundaron juntos la célebre escuela exegética de Nisibi, o si hay que atribuir la paternidad sólo a uno de los dos. Sin embargo, es verdad que con los años Efrén se convirtió en el exponente más conocido de esa escuela, hasta el punto de merecer el apelativo de «Doctor de los Sirios». Después de varios intentos de conquista por parte de los persas, Nisibi fue cedida a Sapore II en 363. Efrén emigró entonces a Edesa, donde continuó su vida de asceta y predicador de la recta fe. Ya anciano, durante una grave carestía que afectó a la ciudad, organizó personalmente una colecta para los necesitados, les alimentó y preparó lechos bajo los pórticos de Edesa, confortándoles corporal y espiritualmente.

Su amplia producción incluye comentarios bíblicos, escritos polémicos, homilías en verso y, sobre todo, himnos. No sólo expuso la fe en forma poética, sino que también hacía cantar los himnos que componía. Su métrica tuvo una gran difusión tanto entre los griegos como entre los latinos, y se le atribuye la invención del canto de las antífonas. «¿A qué otro autor se le puede atribuir la antifonía litúrgica, con sus cantos y sus solemnidades, que Crisóstomo importó a Constantinopla y Ambrosio a Milán, y que después se extendió por toda Italia?», se lee en la Principi Apostolorum Petro (5 de octubre de 1920), la encíclica con la que Benedicto XV proclamó a san Efrén Doctor de la Iglesia.

Efrén se servía de la música y la poesía sagrada con finalidades catequéticas. Y, gracias a su maestría, consiguió contrastar admirablemente a los herejes, que al menos desde el siglo II se habían servido de esos mismos medios para propagar sus errores. «Teología, reflexión sobre la fe, poesía, canto y alabanza a Dios están unidos; y precisamente por este carácter litúrgico aparece con nitidez en la teología de san Efrén la verdad divina» (Benedicto XVI, audiencia general del 28 de noviembre de 2007).

Efrén se sirvió de imágenes espléndidas para transmitir la grandeza del misterio eucarístico. Su obra fue particularmente rica e inspirada cuando se trataba de cantar las alabanzas de María, a la que exalta en su maternidad divina y como «nuestra mediadora» ante el Hijo. Supo por tradición o por intuición cuanto otros santos y místicos han confirmado, es decir, que «María, así como estuvo presente en el primer milagro, tuvo las primicias de la resurrección de los muertos», siendo la primera que vio a Jesús resucitado.

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