San Camilo de Lellis

San Camilo de Lellis - fundador de los Ministros de los Enfermos, conocidos comúnmente como Camilianos - es patron universal (con san Juan de Dios) de los enfermeros, los enfermos y los hospitales.

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El 25 de mayo de 1550, setenta y ocho días después de la muerte en España del portugués san Juan de Dios (1495-1550), san Camilo de Lellis (1550-1614) nacía en Bucchianico, un pequeño pueblo de los Abruzos. Providencialmente, fue como un paso del testigo entre quienes son los patrones universales de los enfermeros, los enfermos y los hospitales.

El fundador de los Ministros de los Enfermos, conocidos comúnmente como Camilianos, alimentaba tal fervor apasionado hacia los enfermos que, un día, como relata un testimonio en su proceso de canonización, fue visto «arrodillado cerca de una persona enferma, pobre, que tenía una llaga hedionda y apestosa en la boca, al punto que era imposible tolerar tanto hedor. Y, pese a todo esto, Camilo estaba junto a él y le decía palabras de afecto, parecía haberse vuelto loco de amor por él, llamándolo particularmente: Señor mío, alma mía, ¿qué puedo hacer para servirte? Pensando él que era su amado Señor Jesucristo».

El tan esperado segundo hijo de los nobles Giovanni y Camilla de Compellis, ambos de edad avanzada, quedó huérfano de madre cuando tenía trece años. Algún tiempo después dio inicio su carrera militar, siguiendo el ejemplo de su padre, quien murió cuando el niño tenía alrededor de veinte años. Una úlcera en el tobillo derecho lo obligó a ir al hospital de San Giacomo, en Roma, por primera vez, donde posteriormente también comenzó a trabajar; pronto fue despedido por la tendencia a descuidar a los enfermos, debido al carácter «muy terrible», como recordará en sus escritos, y a la pasión por los naipes, que lo llevaba «a las orillas del Tíber para jugar con los marineros». Se alistó nuevamente y participó en la campaña contra los turcos. Pero dilapidaba todas las ganancias en el juego, hasta el punto de encontrarse pidiendo limosna. El contacto diario con los capuchinos de Manfredonia resultó ser decisivo, pues los frailes le ofrecieron trabajo como peón: el 2 de febrero del año 1575, su conversión maduró. Le dio el mérito al padre Angelo, quien directamente lo exhortó a servir a Dios «escupiendo al diablo a la cara».

Hizo su entrada como novicio entre los capuchinos. Pero, dos veces en cuatro años, la dolorosa herida en el tobillo lo hizo regresar al hospital romano de San Giacomo y le impidió completar el noviciado. Una cruz aceptada, que fue como una estrella polar. Esta vez, con un verdadero espíritu de servicio, volvió a trabajar en el hospital. Aquí conoció a san Felipe Neri (1515-1595), quien se convirtió en su director espiritual y favoreció su vocación al sacerdocio. Camilo comenzó a buscar compañeros dispuestos a «amar a Jesucristo enfermo». Cinco empleados del hospital, con quienes se reunía para rezar en una habitación pequeña, se unieron a él. En el año 1582 nació la Compañía de los Ministros de los Enfermos, que nueve años después fue elevada a orden religiosa por Gregorio XIV, impactado por la asistencia prestada a los enfermos durante la hambruna de Roma. El 8 de diciembre de 1591, Camilo y 25 compañeros hicieron la profesión solemne de obediencia, pobreza y castidad, agregando un cuarto voto, o sea, la «perpetua asistencia corporal y espiritual de los enfermos, incluso si están con la peste». Hasta dar la vida.

Anteriormente, bajo Sixto V, el santo había obtenido permiso para coser, en el hábito negro y a la altura del pecho, una cruz de paño rojo, símbolo de la Sangre Redentora derramada por Jesús. Quien, una vez, en medio de las tribulaciones, le dijo: «¿De qué tienes miedo? La obra que has iniciado es mía, no tuya». Con su abandono confiado a la Providencia, la Orden se expandió y pronto surgieron nuevas comunidades en Nápoles, Milán, Génova, Palermo, Bolonia, Mantua y otras ciudades, siempre al servicio de los hospitales (a la muerte del fundador, se contaban 15 conventos y 322 religiosos). Camilo quería comidas saludables para los enfermos, salas aireadas y limpias. Para transmitir su devoción a sus hermanos, a veces gritaba: «¡Más alma en las manos!».

Tanto afecto y sacrificio por el prójimo nacían del amor por Dios y por la Virgen. Cuidando los cuerpos de esos abandonados, quería «llevar las almas al Paraíso». Ordenaba que siempre hubiera alguien al lado de la cama de los moribundos, para asistirlos espiritualmente en el momento extremo. Por ello, el pueblo de Roma rebautizó a los camilianos como «padres de la buena muerte», ciertamente no lo que se expresa diabólicamente hoy con la palabra eutanasia que es hija de un engaño que desprecia la cruz, sino la buena muerte auténtica, en íntima unión con los sufrimientos de Cristo, con la ayuda de la verdadera piedad de los hermanos y la gracia de los Sacramentos. Unos días antes de su muerte, san Camilo logró completar su testamento espiritual. Humildemente pidió la caridad de misas y oraciones en su sufragio, advirtió contra el falso bien del diablo e hizo esta exhortación: «No enterramos el talento tan precioso que Nuestro Señor ha puesto en nuestras manos, para que logremos la santidad durante la vida y, posteriormente, la gloria eterna».

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