San Bernardino de Siena

Santo franciscano e incansable predicador, propagó la devoción al Santísimo Nombre de Jesús. Consideraba que esta devoción era necesaria para revivir la fe: «Esta es mi intención, renovar y clarificar el nombre de Jesús, como era en la Iglesia primitiva»

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«El nombre de Jesús es el esplendor de los predicadores, ya que su luminoso resplandor es el que hace que su palabra sea anunciada y escuchada. ¿Cuál es la razón de que la luz de la fe se haya difundido por todo el orbe de modo tan súbito y tan ferviente sino la predicación de este nombre?». Así lo decía, en uno de sus famosos discursos, Bernardino da Siena (8 de septiembre de 1380 - 20 de mayo de 1444), el santo franciscano e incansable predicador que propagó la devoción al Santísimo Nombre de Jesús, dándole relevancia litúrgica. Bernardino, siguiendo los pasos de los primeros cristianos («...para que, en el nombre de Jesús, toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y bajo la tierra», escribió, por ejemplo, san Pablo en la Epístola a los Filipenses), consideraba que esta devoción era necesaria para revivir la fe: «Esta es mi intención, renovar y clarificar el nombre de Jesús, como era en la Iglesia primitiva».

Nacido en Massa Marittima, en una familia noble, pronto quedó huérfano de madre (a los 3 años) y de padre (a los 6 años). En el 1400 ya se encontraba en Siena cuando, después de haberse ofrecido a ayudar a las víctimas de la peste de la ciudad, contrajo él mismo la peste. Y se curó. En ese periodo maduró el deseo de consagrarse a Dios. A la edad de 22 años comenzó su noviciado entre los franciscanos, adhiriéndose a la reforma llamada «de la Observancia», destinada a restaurar el espíritu original transmitido por san Francisco. Profundizó el estudio de las Sagradas Escrituras, los Padres de la Iglesia y la teología medieval, especialmente la franciscana, aprendiendo a predicar y a ser entendido por todos, gracias al uso de un lenguaje vivaz, rico en imágenes y citas bíblicas. Durante un tiempo, una enfermedad en las cuerdas vocales puso en riesgo la continuidad de su predicación, pero, un día, la voz volvió de repente, más fuerte y más clara que antes.

En 1417 comenzó a peregrinar de ciudad en ciudad, cruzando el centro y el norte de Italia. Enormes multitudes acudían a sus predicaciones, en las que abordaba cuestiones de fe y de moral, incluida la firme condena de la usura y la avaricia. San Bernardino también es recordado en la historia del pensamiento económico porque escribió un libro titulado Sobre los contratos y la usura, en el que ofrece una justificación de la propiedad privada y se centra en las figuras del empresario y del comerciante, la honestidad del trabajo, etc. Sufrió un primer proceso por herejía alrededor de 1427, instigado por usureros y ambientes afines. No solo fue completamente absuelto de los cargos, sino que el papa Martín V quedó tan impresionado con su persona que le pidió que predicara en Roma, cosa que el santo hizo durante 80 días consecutivos.

También es muy famoso el ciclo de predicaciones de 45 días que realizó en Siena, a partir del 15 de agosto de 1427, en la Piazza del Campo. Bernardino solía escribir sus predicaciones en latín y luego hablaba en lengua vernácula. Los discursos de Siena nos han llegado con el título de Sermones Vulgares, gracias al precioso trabajo de un humilde esquilador que transcribió, palabra por palabra - utilizando tablillas de madera enceradas - las enseñanzas del santo. No se llegaron a contar las conversiones que logró, testimoniadas en primer lugar por las filas de personas que iban a confesarse y a recibir la Eucaristía después de haberlo escuchado.

Bernardino explicaba que, en el nombre de Jesús, que significa «Dios salva» o «Dios es salvación», cada aspecto de la vida terrenal de Nuestro Señor está contenido. «¿Qué creéis que es el Evangelio? Es el nombre de Jesús...» decía, de hecho, el santo. Él mismo, que por causa de esto sería elegido como el santo patrón de los publicistas, diseñó el símbolo, trazando el monograma IHS dentro de un sol dorado y sobre un fondo azul. El sol tiene 12 rayos serpenteantes, el mismo número que los apóstoles y que las tribus de Israel. El significado de los rayos se expresó en una letanía: I. Refugio de los penitentes; II. Estandarte de los luchadores; III. Medicina de los enfermos; IV. Alivio de los que sufren; V. Honor de los creyentes; VI. Esplendor de los evangelizadores; VII. Recompensa de los que obran; VIII. Auxilio de los débiles; IX. Suspiro de los que meditan; X. Ayuda de los suplicantes; XI. Debilidad de los contemplativos; XII. Gloria de los triunfantes.

Por el uso del simbolismo solar, sufrió nuevas acusaciones de herejía. Pero incluso estas acusaciones cayeron, gracias también al apoyo de san Juan Capistrano y a la presencia de esos símbolo ya en el Antiguo Testamento. «Mi justicia surgirá como un sol y sus rayos traerán la curación», dice el profeta Malaquías.

El otro hecho extraordinario fue la capacidad de Bernardino de llevar esta devoción a los corazones de la gente. Al final de los sermones, hacía que los fieles besaran las tablillas de madera en las que estaban escritas las tres letras del nombre de Jesús (IHS o JHS). El símbolo por él diseñado (a menudo complementado con una cruz que se ubica por encima de la letra H, solicitada por Martino V) se extendió por todas partes, desde las iglesias hasta las fachadas de los edificios.

Patrón de: publicistas, predicadores, invocado contra la adicción al juego y los problemas respiratorios

 

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