San Antonio de Padua

Combinó el anuncio firme de la verdad con la dulzura de ánimo y fue llamado “el martillo de los herejes”

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En 1228, Gregorio IX conoció a san Antonio de Padua (1195-1231), que había ido a Roma para salvaguardar la unidad de la Orden franciscana. Esta se hallaba en peligro tras la muerte de san Francisco (1181-1226). El papa estaba tan impresionado por el joven predicador que lo llamó “Arca del Testimonio” y “Cofre de las Escrituras”.

El santo nació en Lisboa el 15 de agosto de 1195 en una familia acomodada que lo había bautizado con el nombre de Fernando. A los quince años ingresó en los Canónigos regulares de la Santa Cruz; dos años después solicitó poder mudarse de Lisboa a Coimbra, porque deseaba un mayor recogimiento con Dios. El monasterio de Coimbra contaba con una gran biblioteca, así pudo profundizar en el estudio de la Biblia y los Padres de la Iglesia. En 1220, mientras su Orden padecía todo tipo de intromisiones por parte del rey portugués, un evento decisivo ocurrió en la vida de Fernando, que mientras tanto se había convertido en sacerdote. El santo presenció la llegada a Coimbra de los restos de los cinco protomártires franciscanos (Berardo, Pedro, Otón, Adyuto y Acursio), decapitados en Marruecos, donde habían sido enviados por san Francisco para convertir a los musulmanes a Cristo.

Para don Fernando este acontecimiento fue una llamada a la misión. Así que después de obtener el debido permiso, abandonó a los canónigos agustinos y se unió a una ermita de franciscanos. El santo marcó su nuevo comienzo religioso con un cambio de nombre. Decidió llamarse Antonio, en honor de san Antonio Abad. Deseando la gracia del martirio, obtuvo el permiso para ir con un hermano a Marruecos, pero aquí una enfermedad le impidió predicar. Se convenció a sí mismo que tenía que regresar a su tierra natal, pero una tormenta empujó el barco a la costa siciliana. En Sicilia, el santo entró en contacto con los frailes de Mesina y supo del Capítulo general convocado por san Francisco en Pentecostés de 1221. Antonio se dirigió hacia Asís viajando a pie por Italia, llegando al cabo de varias semanas. Allí, del 30 de mayo al 8 de junio, se celebró el emblemático “Capítulo de las esteras”, llamado así porque el pequeño “ejército” de franciscanos (unos 3.000) acampó en chozas hechas de esteras.

El fraile portugués, desconocido para la mayoría, pasó esos días en humilde escucha de las decisiones que se tomaron en su nueva Orden. Al final fue enviado a una ermita cerca de Forlì, donde vivió durante un año dedicándose a los trabajos más modestos, entre ayunos y oraciones. En septiembre de 1222, el superior lo llamó repentinamente para dar un discurso exhortativo a los clérigos que estaban a punto de recibir la ordenación sacerdotal. La audiencia, al escuchar la pasión con la cual hablaba a Dios, quedó admirada. Conociendo su extraordinario talento, los superiores de Asís lo mandaron a predicar al norte de Italia. Allí la fe de Antonio obró, entre otras cosas, el milagro eucarístico de Rímini, también llamado “de la mula”, porque el animal, por orden del santo, se arrodilló frente a la Hostia consagrada, causando la conversión de un hereje llamado Bonovillo que dudaba de la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Combinó el anuncio firme de la verdad con la dulzura de ánimo y fue llamado “el martillo de los herejes”. Hizo saber a sus superiores que la lucha contra las herejías requería un conocimiento sólido de la doctrina católica. San Francisco le dio la aprobación para la fundación en Bolonia del primer estudio teológico franciscano, un paso fundamental en la historia de la Orden: “Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: salud. Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de oración y devoción, como se contiene en la Regla”. El mismo Francisco, en 1224, lo envió como misionero a Francia para continuar su labor de llevar a la conversión a los herejes cátaros. Regresó a Italia después de la muerte del santo de Asís y en 1227 fue nombrado ministro provincial para el norte de Italia. Fue entonces cuando, aun continuando con sus viajes, estableció su residencia habitual en el convento de Padua. En esos años sus predicaciones, que trataban tanto sobre las verdades de la fe como sobre la pureza de vida, eran seguidas por grandes multitudes de fieles. Además, pasaba largas horas en el confesionario.

En Padua terminó la redacción del segundo volumen de los Sermones, en los cuáles es central la reflexión sobre el misterio de Cristo. Un misterio en el que los fieles pueden adentrarse con la oración y el amor a María, a la que Antonio llamó “la Obra maestra del Altísimo”. Dijo que estaba seguro de su Asunción en alma y cuerpo, más de siete siglos antes de la solemne proclamación del dogma por Pío XII, quien de hecho mencionó al santo en Munificentissimus Deus (1950). Cuatro años antes, el papa Pacelli había distinguido a san Antonio como Doctor Evangelicus, declarándolo oficialmente Doctor de la Iglesia. Aunque, debe decirse, que ya Gregorio IX lo había proclamado como tal el 30 de mayo de 1232 (al final del proceso de canonización más rápido de la historia, gracias también a los 53 milagros atribuidos a la intercesión de Antonio), cuando lo proclamó santo: “¡Oh, Doctor de la Iglesia, beato Antonio, amante de la palabra divina, ruega por nosotros al Hijo de Dios!”.

Jesús y María fueron sus estrellas polares hasta sus últimos días terrenales. Fue por esos días que el conde Tiso, un amigo con el que se había retirado para orar en junio de 1231, al acercarse a la habitación del santo, con la puerta entreabierta, vio una luz muy intensa, era el Niño Jesús en los brazos de Antonio. El 13 de junio, al darse cuenta de que le quedaba poco tiempo de vida, pidió que lo llevaran de regreso a Padua porque quería morir allí. Murió en un hospicio cerca del monasterio de Clarisas y no muy lejos de las murallas de la ciudad. Los hermanos cantaron su himno mariano favorito: Oh gloriosa Domina. Retornó al Padre después de decir: “Veo a mi Señor”.

Patrón de los pobres, los oprimidos, los huérfanos, los prisioneros, los náufragos, los niños enfermos, las mujeres embarazadas, los viajeros, los pescadores, los nativos americanos, los novios, los matrimonios; se le invoca contra la esterilidad. También patrón de Brasil y Portugal

Para saber más:

Sermones de san Antonio de Padua

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