• Jesucristo ha resucitado

Pascua, la noticia más sorprendente de todas

No seguimos a Jesús porque nos guste la cruz, o porque nos guste sufrir; ni siquiera porque queramos negarnos a nosotros mismos y obedecer los mandamientos, sino porque lo que Jesús nos da ningún publicista nos lo puede dar. Sólo Jesucristo realiza exactamente lo que promete: salva, dona vida nueva, purifica totalmente de los pecados, da sentido a la enfermedad y a la muerte porque nos hace resucitar para la vida eterna.

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Cada año, la Pascua nos recuerda la noticia más sorprendente de todas: ¡Jesucristo ha resucitado de entre los muertos! Sin embargo, esta noticia, que es tan extraordinaria para todo verdadero cristiano, puede no interesar a otros. ¿Cómo podemos llevar el anuncio de la Pascua a quienes nos importan? Analicemos cómo funciona la publicidad para comprender sus secretos y luego usarlos para anunciar a Jesús de manera efectiva.

¿Cómo nos convence la publicidad de comprar productos que tal vez ni siquiera necesitemos? Intentemos hacer un pequeño análisis. Generalmente en un spot publicitario no se nos indica el valor del producto en sí, ni sus características técnicas como dimensiones, duración, materiales de fabricación, etc. El marketing en general se avale de un recurso, un truco por así decirlo, que los expertos llaman “técnica de la desviación”.

Esta técnica consiste en hacer que la atención del espectador se centre en un aspecto que actúa como palanca emocional y lo empuja a comprar. Por ejemplo, para anunciar galletas, se mete en escena a una familia en donde todos se ponen de pie y son felices, cariñosos y serviciales. Entonces, una mujer que ve este comercial inconscientemente es llevada a pensar: “Para que mi familia tenga paz y serenidad en la mañana, tengo que comprar estas galletas, ¡y como resultado tendré una familia feliz!”.

Hagamos otro ejemplo: para publicitar unos zapatos deportivos se elige como modelo a un campeón (un futbolista famoso o un ganador olímpico o en todo caso poseedor de algún récord mundial) y se muestra que con los zapatos que tiene en los pies gana las carreras. En consecuencia, el deportista aficionado que ve el spot inconscientemente se dice a sí mismo: “Gracias a esos zapatos el campeón ganó, si me las compro también mi rendimiento será mejor”. La realidad, sin embargo, es que, obviamente, incluso usando esos zapatos, nunca se convertirá en un campeón.

Entonces vemos que, con la técnica de la desviación, la publicidad promete lo que no es posible: promete cumplir un deseo inalcanzable.

¿Cómo puede ayudarnos este discurso a comprender mejor la fiesta de Pascua? ¡Porque el Evangelio nos presenta a Jesucristo crucificado, la mayor antítesis de la mencionada técnica publicitaria! ¿Cuántos nuevos “clientes” se podrían adquirir, en efecto, diciendo que la meta del cristiano es tomar sobre sí la cruz y abandonar sus deseos?

Jesús dice claramente: “Niégate a ti mismo” y no: “Realízate a ti mismo”, como sugiere en cambio el Mundo. El Señor, a quien quiere seguirlo, ofrece un camino que no prevé las comodidades de la vida, el cumplimiento de los deseos y ni siquiera poder hacer la voluntad de uno si está en contraste con la de Dios.

En términos de marketing, los anunciantes dirían que el cristianismo está condenado a un fracaso seguro. Y sin ser expertos en marketing también lo decían los discípulos: “Este lenguaje es duro, ¿quién puede entenderlo?”.

Pero Jesús fue sincero hasta el final: “Me han perseguido a mí, os perseguirán también a vosotros” y, de hecho, quien verdaderamente sigue a Cristo es perseguido. ¿Quieres ser cristiano? Entonces toma tu cruz, acepta el sufrimiento, niega tus deseos.

Un chiste dice que a un hombre, antes de ir al más allá, se le da la oportunidad excepcional de ir y ver cómo es, para que antes de morir se dé cuenta de cómo son las cosas y elija en consecuencia. Puede visitar tanto el cielo como el infierno. Entonces va al cielo y un ángel lo guía y le explica que todos allí se quieren, se aman y son felices. Luego va al infierno donde lo acompaña un demonio y le dice que todos allí se quieren, se aman y son felices. El hombre le pregunta si ha entendido bien, porque le parece extraño que el infierno sea como el cielo, pero el diablo le responde que el infierno es mejor porque puedes hacer lo que quieras en la vida, pues igual estarás bien en el más allá. El hombre vuelve a la tierra y en consecuencia comienza a vivir en pecado, satisfaciendo todos sus deseos mientras tiene la posibilidad. Pasan los años, muere y se presenta ante la presencia de Dios que lo envía al infierno, pero él no se preocupa. Una vez con el diablo que lo había acompañado en la visita que había hecho, lo saluda cariñosamente, pero en lugar de devolverle el saludo cortésmente como lo hizo entonces, le da una patada, lo arroja a las llamas y comienza para él una eternidad de tormentos, sufrimiento y soledad. Entonces el hombre va a quejarse al diablo: “Disculpe, pero me parecía que el infierno era diferente a como lo veo ahora”; pero el diablo le responde: “¡Claro! Somos campeones en hacer publicidad”.

Así es, el diablo es un gran publicista. Él promete satisfacer el deseo más profundo del hombre que es la bienaventuranza eterna: una existencia de verdadera plenitud sin sufrimiento ni muerte. ¡Pero eso es el Paraíso! Sin embargo, el diablo quiere convencernos de lo contrario. Así fue en el paraíso terrenal: el tentador no dijo que con la desobediencia los progenitores conocerían el dolor, la enfermedad y la muerte; en cambio, convenció a Eva diciéndole que no sólo permanecería en el paraíso terrenal, sino que se volvería como Dios, pudiendo así realizar cada uno de sus deseos. Todos probamos la tentación de vivir como nos plazca, hacer nuestras propias leyes y olvidarnos de Dios.

El diablo, como hábil publicista, sigue prometiéndonos un deseo inalcanzable: vivir sin Dios y hacer lo que queremos y nos gusta. Pero sin Dios, la vida no transcurre mejor, al contrario, ¡se convierte en una pesadilla!

Nosotros no seguimos a Jesús porque nos guste la cruz, o porque nos guste sufrir; ni siquiera porque queramos negarnos a nosotros mismos y obedecer los mandamientos, sino porque lo que Jesús nos da, ¡ningún publicista nos lo puede dar!

Sólo Jesucristo realiza exactamente lo que promete: salva, dona vida nueva, purifica totalmente de los pecados, da sentido a la enfermedad y a la muerte porque nos hace resucitar para la vida eterna. El Evangelio, por tanto, no es un anuncio publicitario, no es una realidad agradable de oír o escuchar y ni siquiera es un estilo de vida ligero y sin problemas. La vida cristiana es un hecho serio: estamos en esta tierra para conocer, amar y servir a Dios y disfrutarlo por toda la eternidad, como sabiamente nos recuerda el catecismo de San Pío X. Teniendo clara esta verdad, también podemos sobrellevar bien la enfermedad y la muerte porque sabemos que Jesucristo, al morir en la cruz y resucitar, nos salvó del mal, del maligno, de una vida sin sentido y de dolores infernales, ¿cómo podemos prescindir de él?

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