Pakistán: la justicia protege a quienes queman a los cristianos
Los asesinos de una joven pareja cristiana paquistaní acusada injustamente de blasfemia y quemada viva en el horno en el que trabajaba en Lahore han sido absueltos. Hablamos con Zarish Imelda Neno, que explica el día a día de la persecución.
El 17 de julio se ha conocido la noticia de que los asesinos de una joven pareja cristiana paquistaní, acusada injustamente de blasfemia y quemada viva en el horno en el que trabajaba en Lahore (Pakistán), han sido absueltos. El caso resulta aún más preocupante si se tiene en cuenta que Pakistán está tratando de erigirse como un actor de primer orden en la escena internacional: pensemos, por ejemplo, en el papel de mediador del primer ministro paquistaní en el conflicto entre Estados Unidos e Irán.
La Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) ha hablado de este grave episodio de intolerancia religiosa con Zarish Imelda Neno, escritora y educadora católica paquistaní, nacida en Karachi y residente en Italia. Desde hace años, Neno da voz a los cristianos perseguidos en Pakistán a través de conferencias, artículos y su compromiso sobre el terreno. Además, ha fundado en Faisalabad el Jeremiah Education Centre en apoyo a los niños de las familias más vulnerables, y es autora del libro Un pequeño lápiz – Vida de una mujer cristiana en Pakistán.
Señora Neno, ¿podría relatar lo sucedido a nuestros lectores?
Shama Bibi y Shahzad Masih eran una joven pareja cristiana que trabajaba en un horno de ladrillos en Kot Radha Kishan, en el Punjab. Eran esclavos por deudas, una realidad que en el siglo XXI sigue existiendo en Pakistán. Habían contraído una deuda con el propietario del horno y, como les ocurre a miles de familias pobres, esa deuda se había convertido en una condena que se prolongaba día tras día, sin una posibilidad real de liberarse. Eran padres de cuatro hijos. Shama estaba embarazada de su quinto hijo. El 4 de noviembre de 2014 fueron acusados de haber quemado algunas páginas del Corán. Una acusación que nunca se demostró. Sin embargo, ese rumor bastó para que, desde los altavoces de las mezquitas, se convocara a la población. Una multitud enfurecida los capturó. Fueron golpeados, torturados y arrastrados ante miles de personas. Luego fueron arrojados vivos al horno donde habían trabajado durante años. Shama murió junto con el bebé que llevaba en su vientre. Cuatro niños perdieron a sus dos padres el mismo día. Cuando pienso en este suceso, no consigo ver solo a dos víctimas. Veo a cuatro niños que se han quedado huérfanos. Veo a un niño que nunca llegó a nacer. Veo a una multitud que presenció aquel horror. Y hoy veo también un sistema judicial que, tras tantos años, no ha sido capaz de hacerles justicia. Por eso, esta absolución no se refiere únicamente a una sentencia. Se refiere al mensaje que se envía a todo el país: que incluso un crimen de esta magnitud puede quedar sin consecuencias.
¿Se esperaba que los responsables fueran absueltos?
Por desgracia, sí. Y el hecho de que no me sorprenda es quizás el aspecto más trágico de todo este asunto. No es solo la absolución de los asesinos de Shama y Shahzad lo que me hace sufrir. Es el hecho de que este parece ser el destino de casi todos los casos que afectan a las minorías religiosas en Pakistán. El mundo se indigna cada vez que sucede algo así. Cada vez se prometen investigaciones, detenciones y justicia, pero después el tiempo pasa y la atención internacional se desvanece. Los responsables vuelven a su vida cotidiana, mientras que las víctimas permanecen bajo tierra y sus familias siguen conviviendo con un dolor que ningún tribunal ha reconocido jamás. Pensemos en Jaranwala. En agosto de 2023, más de veinte iglesias fueron incendiadas, cientos de casas de cristianos destruidas y miles de personas se vieron obligadas a huir. El mundo habló de Jaranwala durante unos días. Después, silencio. Hoy me pregunto: ¿dónde está esa justicia prometida? ¿Cuántos de los que devastaron toda una comunidad están realmente cumpliendo una condena? Es una pregunta que también se aplica a muchísimos otros casos: A los secuestros de chicas cristianas, a las conversiones forzadas, a las falsas acusaciones de blasfemia, a los asesinatos. Mi indignación nace de aquí: en Pakistán el problema no es solo que se cometan estos delitos. El problema es que quienes los cometen han aprendido que, muy probablemente, nunca pagarán por ello. Y mientras un país no demuestre que asesinar, perseguir o incendiar la casa de un cristiano conlleva consecuencias reales, estos delitos continuarán. No porque sean inevitables, sino porque la impunidad los tolera.
Este grave episodio se inscribe en un clima de creciente persecución de los cristianos en Pakistán. ¿Cuál cree usted que es la razón de esta escalada?
La respuesta es sencilla aunque dolorosa: Porque los delincuentes no son castigados y la protección de las minorías religiosas en Pakistán sigue siendo insuficiente. Además con demasiada frecuencia, quien persigue a un cristiano sabe que tiene muchas probabilidades de quedar impune. Y porque la comunidad internacional ejerce muy poca presión para que Pakistán garantice realmente los derechos fundamentales de sus minorías. Me enfurece pensar que estamos en 2026 y que, en lugar de asistir a una disminución de la persecución, seguimos hablando de nuevas víctimas, nuevas acusaciones de blasfemia, nuevas chicas secuestradas, nuevas conversiones forzadas, nuevas iglesias atacadas. Cada vez que ocurre decimos: “Esperemos que sea el último caso”, y en cambio, llega otro. Luego, otro más. Y otro. Nosotros, los cristianos pakistaníes, seguimos teniendo esperanza. Seguimos rezando. Seguimos creyendo que nuestro país puede cambiar. Pero sería deshonesto decir que esa esperanza no se ve puesta a dura prueba cuando casi cada día leemos una nueva historia de persecución. La persecución no continúa porque sea inevitable, continúa porque quienes deberían detenerla no están haciendo lo suficiente.
Últimamente, Islamabad aspira a labrarse un papel significativo en la escena internacional. En su opinión, ¿los Estados con los que Pakistán mantiene relaciones ignoran las violaciones de los derechos humanos que se producen en el país o fingen no saber nada?
No creo que el problema sea la falta de información, es imposible no saberlo. Las organizaciones internacionales, los gobiernos y las embajadas reciben informes. Los casos se documentan cada año. Y, sin embargo, las persecuciones continúan. Esto me lleva a pensar que, con demasiada frecuencia, resulta más conveniente mirar hacia otro lado. Me duele decirlo, pero a veces parece que la vida de un cristiano perseguido en Pakistán no tiene el mismo peso que la vida de otras víctimas en el mundo. Me gustaría ver la misma indignación, la misma presión diplomática y la misma determinación que la comunidad internacional demuestra ante otras violaciones de los derechos humanos. Porque la libertad religiosa no es un derecho de segunda clase. Y el sufrimiento de los cristianos pakistaníes no debería ser una tragedia de la que solo se recuerde cuando aparece en los titulares de los periódicos.
Por último, como pakistaní y cristiana católica, ¿cree usted que la convivencia entre religiones diferentes, entre cristianos y musulmanes, es imposible en el país?
En absoluto. Si los cristianos y los musulmanes no pudieran convivir, hoy los cristianos ya no existiríamos en Pakistán. Nuestra propia presencia demuestra que millones de musulmanes y cristianos viven juntos, trabajan juntos, estudian juntos y se respetan mutuamente cada día. Yo crecí rodeada también de amigos musulmanes a los que considero parte de mi familia. Sería profundamente injusto atribuir a toda una comunidad la culpa de los extremistas. Pero precisamente porque creo en la convivencia, también creo que no basta con hablar de diálogo. Hay que tener el valor de detener a quienes utilizan la religión para justificar la violencia. Hay que tener el valor de proteger a quienes pertenecen a las minorías. Hay que tener el valor de castigar a quienes incendian una iglesia, a quienes secuestran a una niña, a quienes matan en nombre de la religión. Porque la tolerancia no se mide con palabras, se mide por hasta qué punto un Estado está dispuesto a defender al ciudadano más vulnerable. Y el día en que un cristiano pakistaní sepa que está protegido por la ley exactamente igual que cualquier otro ciudadano, ese día podremos decir por fin que la convivencia no solo es posible, sino que se ha convertido en una realidad.
