San Pío de Pietrelcina por Ermes Dovico
ENTREVISTA

“Mis recuerdos sobre la Misa y los milagros del padre Pío”

Los milagros, la Misa, el rigor en el confesionario (“si se trataba de pecados, era duro y preciso”) unido a la dulzura (“era muy dulce, sobre todo ante el dolor”). La Brújula Cotidiana entrevista a Pía Manelli, hija espiritual del santo de Pietrelcina.

Ecclesia 23_09_2026 Italiano

“En la familia todos hemos recibido un milagro; no hay nadie que por intercesión del padre Pío no lo haya recibido”. Al otro lado del teléfono habla Pía, una de los 21 hijos (13 de ellos ya adultos) de los siervos de Dios Licia Gualandris (1907-2004) y Settimio Manelli (1886-1978). Pía siente una gratitud especial hacia san Pío de Pietrelcina, su padre espiritual, cuya memoria litúrgica se celebra hoy. La Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición original en italiano) la ha entrevistado.

Empecemos con una curiosidad: ¿le pusieron el nombre de Pía en honor al padre Pío o hay algún otro motivo?
Todos mis hermanos tienen tres nombres, como María, José, Miguel… todos nombres de santos. Cuando nací yo, en cambio, mi padre le dijo al padre Pío: “Quiero rendirle un homenaje, la llamaré Pía”. Y así es, me llamo solo Pía. No tengo otros nombres y por eso siempre me enfadaba con mi padre, porque a todos los demás les había puesto nombres de la Virgen y de otros santos protectores. Y él me respondía: “Te basta con el padre Pío”.

Sin embargo, ha tenido una gran protección por su parte…
Hablando de la protección y de mi nombre, un día, en la confesión, el padre Pío me dijo: “Hija mía, tienes suerte. Tienes mucho dolor a tu disposición”. Nunca me han faltado los dolores. Para el padre Pío, tener sufrimiento es una gracia. Estas son cosas muy grandes.

¿Este nombre le ha ayudado a adentrarse un poco en el misterio del sufrimiento aceptado y ofrecido?
No siempre he acogido favorablemente el sufrimiento, pero lo he aceptado. Y es una gracia. Cada día hago esta ofrenda: “Dios, te ofrezco todo el día y también el sufrimiento en expiación de mis pecados, para merecer el Paraíso”. En una confesión, el padre Pío me dijo: “Al Paraíso no se va en carruaje, así que tienes que acostumbrarte al sufrimiento”.

Demos un paso atrás. Antes de que su padre, Settimio, conociera a su futura esposa, se encontró con el padre Pío: ¿qué papel tuvo este encuentro en su conversión?
Fue fundamental, y la conversión le llevó al matrimonio, con todos los hijos que le concedió el Señor. Antes era un hombre de mundo, culto, elegante, amante de la buena vida, pero siempre estaba angustiado; en el fondo no era feliz. Tuvo la suerte de conocer a una mujer, que, sin embargo, era pérfida; pero un día, al verlo triste, ella le dijo: “¿Por qué no vas a ver a un frailecito que está en el sur y del que dicen que hace milagros?”. Así que un día fue a San Giovanni Rotondo, se topó con un fraile y, con aire arrogante, le dijo: “Me gustaría hablar con el padre Pío”. “Yo soy el padre Pío”. Y mi padre: “He venido aquí porque me han dicho que usted es santo”. El padre Pío se mostró modesto diciéndole que no era santo; luego, la conversación continuó y mi padre le dijo que quería confesarse. “Ya te diré yo cuándo”, le respondió el padre Pío. Le hizo esperar seis días. Fue una buena confesión y, al final, el padre Pío le dijo: “Esta confesión te traerá muchas bendiciones”. Después mi padre le pidió al padre Pío la gracia de poder encontrar a una buena mujer, para quererla, casarse con ella y estar a su lado toda la vida. Y así conoció a Licia, mi madre.

Y llegó la boda.
Cuando mis padres se casaron mi madre tenía 19 años. Mi padre, durante el viaje de novios, quiso presentarle al padre Pío y entonces ella le preguntó: “Padre, ¿protegerá usted a esta familia que está a punto de formarse?”. “Esta es mi familia y asumo el deber de protegerla”. Y, de verdad, nos ha protegido y nos sigue protegiendo a todos.

En la biografía de sus padres hay un hecho que parece casi una escena de película: el que ocurrió a la hora de la comida, en 1943. ¿Qué recuerda de aquel día?
Estábamos en Lucera, y fue aterrador, un milagro viviente. Siempre comíamos todos juntos a la mesa, pero aquel día mi padre no se encontraba bien, así que se había quedado en la cama y le había dicho a mi madre que se encargara ella de rezar la oración. A ella le daba mucha pena que papá no se sintiera con fuerzas para venir a la mesa, pero tuvo que resignarse. Así que mi madre rezó la oración y nos sirvió la comida a sus hijos en los platos. Unos instantes después, mientras ella volvía a la cocina, todos nosotros, uno tras otro, en fila, nos levantamos —unos con el plato en la mano y otros sin él— y nos dirigimos hacia la terraza. Mamá empezó a gritar: “¿Pero qué significa esto? ¿Os permitís hacer esto porque falta vuestro padre? ¡Volved a la mesa!”. Mientras decía eso, se derrumbó la mitad del techo sobre la mesa del comedor y todavía recuerdo los gritos —“¡Socorro, socorro!”— de las dos personas que se habían caído desde el piso de arriba. Nadie murió.

¿Pero por qué os habíais levantado?
No lo sé. No sé por qué nos levantamos, fue algo misterioso; mis padres lo atribuyeron a la ayuda de nuestros ángeles de la guarda, por intercesión de la Virgen María y del padre Pío. La única que no se había movido era mi hermana pequeña, Annamaria, que estaba sentada en la trona al fondo del comedor, bajo la parte del techo que no se había derrumbado.

¿Algún otro milagro que recuerdes especialmente?
Me viene a la mente un episodio relacionado con mi hermano Saulo, que se había ido con sus amigos a bañarse a un estanque cercano a casa. Mi hermano estuvo a punto de ahogarse sin que nadie se diera cuenta. En un momento dado, logró salir a la superficie hasta el punto de sacar una mano por encima del nivel del agua para pedir ayuda: sus amigos se dieron cuenta y lo salvaron. Lo bonito es que, justo en ese mismo momento, a kilómetros de distancia, el padre Pío, dirigiéndose a mi padre, le dijo: “¿Es posible que siempre tenga que estar haciendo milagros en vuestra casa?”. El padre Pío siempre ha estado presente en nuestra casa, porque siempre pasaba algo. La nuestra era una familia fantástica, educada de una manera especial, buena. Rezábamos las oraciones de la mañana y de la noche; lo más bonito era cuando estábamos todos en la cama y mi madre pasaba con el crucifijo por nuestras habitaciones y nos bendecía, dándonos las buenas noches. Son cosas que ya no existen.

¿Cómo era el padre Pío como guía espiritual?
Duro. Puedo contar un detalle de mi primera confesión con el padre Pío, o mejor dicho, la primera después de la que hice con él con motivo de la primera comunión. Cuando crecí, volví a confesarme con él y me preguntó: “¿Cuántos días hace que no te confiesas?”. “Padre, no recuerdo si son siete u ocho días”. Ojalá nunca lo hubiera dicho… “¿Cómo que siete u ocho días? ¡Tienes que ser precisa porque en un día se pueden cometer muchos pecados! ¿Lo entiendes? Tienes que prepararte bien”. Exigía precisión. Otro pecado que recuerdo bien es cuando le confesé una mentira. Y él: «”Ha causado daño?”. Yo era una niña, no sabía si había causado daño o no. Él mismo respondió: “No ha causado daño”. En la siguiente confesión, una escena similar. “Padre, he vuelto a caer en el pecado, he dicho alguna pequeña mentira”. “¿Ha causado daño?”. Yo respondo: “No”. Y él: “¿Quién te ha dicho que no ha causado daño? Lo ha causado. Tienes que dejarlo, no debes volver a decir mentiras”. El padre Pío, cuando se trataba de pecados, era brusco, te regañaba bien… pero luego se ablandaba, te decía: “Ahora dime qué necesitas, cómo te va la vida”, te aconsejaba qué hacer y qué no hacer. Pero en la confesión no admitía ni una pizca de error.

Háblanos del lado tierno del padre Pío.
Era muy tierno, sobre todo ante el dolor. Si le decía: “Padre, me tratan mal», él me respondía: «Hija mía, debes saber que en la vida todos pueden equivocarse. Pero tú intenta perdonar. No seas como ellos: si son malos, perdónalos”. Él estaba a favor del perdón. Cuando tenía algo de lo que quejarme, me decía que no dudara. Una vez me suspendieron en matemáticas, en el instituto, y le pedí que me ayudara. Y él me dijo: “No te preocupes, cuando vayas al examen, envíame a tu ángel de la guarda y yo responderé por ti”. Aquella vez le envié a mi ángel de la guarda tantas veces que, en la siguiente confesión, el padre Pío me dijo: «¿Pero tú crees que soy sordo? ¡¿Cuántas veces me has enviado al ángel de la guarda?!”.

En otra ocasión, mi hermana Sara tenía que hacer el examen para entrar como empleada en el Ministerio de Educación. Fue a ver al padre Pío y le dijo: “Padre, me he preparado bien cuatro preguntas, pero no consigo estudiar todas las demás”. “Está bien, te acompañaré a los exámenes”. En el examen le hicieron precisamente esas cuatro preguntas. Antes de terminar, un profesor le dijo: “Señorita, le haré una última preguntita”. Sara pensó en su interior en el padre Pío y se dijo a sí misma: “Ya basta, ya no sé nada más”. Entonces, un asistente llamó a ese profesor para que fuera a contestar al teléfono y renunció a la última pregunta: “Señorita, está bien, puede irse”.

Ustedes, los Manelli, pasaron varias estancias de verano en San Giovanni Rotondo cuando el padre Pío aún vivía. ¿Puede contarnos cómo celebraba la Misa?
No, mire, esto es demasiado fuerte, es demasiado impresionante. Todavía tengo recuerdos no solo de cuando era mayor, cuando ya conocía su Misa, sino de cuando era pequeña, desde que tenía como mucho cinco años, porque nuestros padres nos llevaban a Misa incluso de pequeños. En medio de toda aquella multitud que asistía a la Misa del padre Pío, yo estaba embelesada. Duraba dos horas: dos horas de pie, en medio de una multitud sin palabras que veía al padre Pío sufrir, llorar. Veía que hacía gestos extraordinarios, especialmente en el momento de la elevación, de la consagración de la Hostia, como si hubiera un demonio que le impidiera hacer lo que debía hacer. ¡Lo veía llorar y cuántas veces vi realmente cómo le brotaba sangre de las manos del padre Pío cuando las levantaba! Era precisamente la participación del padre Pío en el sacrificio eucarístico, era im-pres-ion-ante [articula las sílabas]: él vivía el Calvario, estaba en el Calvario. Era algo precioso y toda la gente estaba apiñada, unos encima de otros, en una pequeña iglesia. Y todos permanecíamos en silencio, ni siquiera se oía la respiración. Dos horas así. También estaba mi hermano, el padre Stefano, que le servía en la Misa y nos enseñaba a besar la mano al padre Pío. Yo le besé la mano muchas veces.

¿Y se hacía cola?
Sí, cada vez que pasaba el padre Pío siempre había colas. Al principio, nosotros, como críos, éramos muy educados, íbamos con mucha antelación para ver pasar al padre Pío, pero luego llegaba gente que nos echaba a empujones, así que, llegado un momento, nos volvimos incluso “violentos”, en el sentido de que intentábamos colocarnos en los primeros puestos a la fuerza… Había una multitud inmensa.