EUCARISTÍA

La Misa entre lágrimas del padre Bowman conmueve a la red

Ocurrió en Minnesota, donde un sacerdote vivió una experiencia extraordinaria de la realidad del sacramento y del “peso” de la Redención. Una señal que también cautiva a la red y que no tiene nada que ver con las liturgias creativas.

Ecclesia 22_09_2026 Italiano

En su última encíclica, Ecclesia de Eucharistia (2003), san Juan Pablo II pretendía reavivar el “asombro eucarístico” ante el “Sacramento vivo” del Cuerpo y la Sangre de Cristo, por el que “la Iglesia no ha temido ‘derrochar’ lo mejor de sus recursos”. Un asombro del que ciertamente no carecen las celebraciones tan esmeradamente preparadas de la iglesia de San Gabriel Arcángel en Hopkins (Minnesota). Sin embargo, durante la Misa del lunes 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, sucedió algo más: no un milagro visible, sino un signo extraordinario que irrumpió desde el otro “lado” de la liturgia, aquel que da al Misterio.

El protagonista involuntario —de hecho, literalmente arrollado por lo ocurrido— fue el padre Brent Bowman, capellán de la Chesterton Academy, el colegio católico que se encuentra prácticamente al lado de la iglesia. En el momento de la consagración, el sacerdote se sintió abrumado, física y espiritualmente, por la vívida percepción del sacramento que se estaba celebrando entre sus propias manos en el altar. Tan vívida que su reacción sigue impresionando a un número incalculable de personas que pudieron ver la celebración retransmitida, como es habitual, a través de las redes sociales de la parroquia.

Al consagrar el vino para que se convirtiera en la Sangre de Cristo, el padre Bowman no pudo continuar tras las primeras palabras “Tomad y bebed todos de él. Éste es el cáliz...”: a partir de ese momento, el sacerdote, con la voz quebrada, pronuncia con dificultad las siguientes palabras: “...de mi Sangre para la nueva y eterna alianza...”. Durante un minuto que parece interminable, permanece inclinado con las manos temblorosas que apenas logran elevar aquel cáliz que parece pesar tanto como el mundo entero, dando rienda suelta al llanto, bajo la mirada atónita del monaguillo arrodillado a su lado. Y solo tras un suspiro logra contener las lágrimas y entonar el “Mysterium fidei”.

“Durante la oración de consagración del vino en el altar, mientras pronunciaba las palabras, recibí lo que creo que fue un conocimiento interior del poder de esas palabras y de la realidad de su efecto, hasta el punto de tener dificultades para hablar”. Así lo ha explicado él mismo, “para la gloria y la alabanza de Dios” y también por la necesidad de aclarar y corregir las inexactitudes que circulaban al respecto, a través de una declaración publicada el 16 de septiembre en la página web de la archidiócesis de Saint Paul y Minneapolis. El primer aspecto que quiere aclarar es que esta experiencia “no es lo que la Iglesia católica considera un milagro eucarístico. Las formas del pan y del vino conservaron sus accidentes (es decir, su aspecto y su sabor) durante toda la experiencia. Nunca he visto sangre real ni carne humana con mis propios ojos”. Por lo tanto es un signo no visible pero no por ello menos impresionante en sus efectos.

“Con cada palabra, me sentía físicamente abrumado cada vez más, como se ve en el vídeo. Al mismo tiempo, percibí a nivel sensorial el peso del poder de Dios que se abatía sobre el altar, y sentí la pesadez de la presencia sustancial de Jesús en el cáliz que sostenía entre mis manos. El cáliz se volvió demasiado pesado para sostenerlo, mientras sentía que era atraído hacia abajo hasta posarse sobre el altar. Sentía mis manos inmovilizadas sobre el cáliz de la Preciosísima Sangre, y físicamente no podía moverlo”. En definitiva, el cáliz no parecía pesado, lo era. Y no se trataba de un peso puramente físico.

“Al intentar levantar la Preciosísima Sangre, cosa que no logré hacer durante un tiempo –continúa el padre Brent-, creo que he recibido la gracia de comprender más profundamente la dulce y amarga Pasión de Nuestro Señor y cuánta sangre derramó Cristo por el inmenso peso de todos nuestros pecados. Creo haber experimentado este peso en el cáliz. Esta experiencia espiritual me ha abrumado emocional y físicamente, como se desprende de la grabación de la Misa”. Lo que vivió el padre Brent no lo considera en absoluto un privilegio y advierte de que no hay que considerar hechos similares como “signos de santidad”; por el contrario, habla de “dones totalmente inmerecidos y signos del inmenso amor de Dios por todo su pueblo”, y reza para que “este breve testimonio conmueva nuestros corazones y nos impulse a contemplar más profundamente el misterio de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía y en la Preciosísima Sangre”.

Ese misterio que hacía que las Misas celebradas por el padre Pío de Pietrelcina se prolongaran interminablemente, con aún más esfuerzo y lágrimas. Interminables no porque él añadiera algo propio, como se suele hacer hoy en día, sino porque se veía abrumado por lo que vivía en el altar, tal y como le ocurrió al padre Brent. Ni la duración ni la hora, antes del amanecer, desanimaban a la gente que acudía a San Giovanni Rotondo en número cada vez mayor y también desde muy lejos. Precisamente en los años en que falleció el padre Pío se difundió la consigna de “animar” la Misa, con la ilusión de hacerla más accesible: como es sabido, las iglesias se han vaciado y, desde luego, las celebraciones más creativas o acompañadas de música no han servido para detener la ola de secularización que ha penetrado hasta en el templo de Dios. En cambio, en la era de la tecnología que se suponía que iba a dejar atrás lo sagrado, la red se agolpa y se detiene de nuevo en torno al vídeo de un sacerdote que celebra la Misa entre lágrimas, sintiendo todo el peso y el precio de la Redención.