Natividad de san Juan Bautista

El nacimiento del Precursor, que la tradición fija en Ain Karem, es la primera señal pública del comienzo de los tiempos mesiánicos

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«¿Pues ¿qué será este niño?» (Lc 1, 66). San Juan Bautista es la única criatura, junto con la Virgen María, cuyo nacimiento celebra solemnemente la Iglesia. Se celebra seis meses antes del nacimiento terrenal de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre. El nacimiento del Precursor, que la tradición fija en Ain Karem, es la primera señal pública del comienzo de los tiempos mesiánicos, precedida por su concepción milagrosa a través de la estéril Isabel e incluso antes del anuncio del arcángel Gabriel al incrédulo Zacarías. Ya en el nombre de Juan, «Dios tuvo misericordia» (cuyo significado completo se revelará con la vida, muerte y resurrección de Jesús, «Dios es salvación»), recoge su misión de «preparar al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17). Estas fueron las palabras utilizadas por el mismo arcángel a Zacarías, el cuál recuperó la voz y elevó el cántico del Benedictus justo después de haber impuesto a su hijo (en el octavo día, es decir, en el momento de la circuncisión) el nombre que le habían mandado por voluntad de Dios.

Como enseñan los Padres de la Iglesia, Juan el Bautista fue liberado del pecado original y fue santificado en la Visitación de María a su prima Isabel, sobresaltándose en el vientre materno por el saludo de la Virgen, que llevaba dentro de sí al Señor. No es casualidad que san Gabriel anunciase a Zacarías: «Estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno» (Lc 1, 15). Así actuó la Providencia a través del hombre llamado a ser el profeta del Altísimo, el que, revestido del espíritu de Elías, preparó los caminos del Señor predicando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Su actividad pública comenzó alrededor del 27-28 d.C., según el detallado marco histórico y religioso proporcionado por el evangelista Lucas (Lc 3, 1-3). A través de su ministerio, que comenzó después de fortalecer su espíritu en el desierto viviendo en oración y penitencia, se convirtió en vínculo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

El Bautista fue el último y el más grande de los profetas, porque fue el único que pudo señalar al Mesías: «¡Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!» (Jn 1, 29). El Mesías era verdaderamente Jesús, en quien Juan, en el momento del Bautismo en el Jordán, vio al Espíritu Santo descender y permanecer, según la señal que le había sido anunciada desde el Cielo para reconocer al que había de venir: «Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios». El santo había dicho de sí mismo ser la voz que grita en el desierto (según una profecía de Isaías sobre el Precursor). Así Juan testificó la divinidad de Jesús, afirmando con alegría y humildad que su misión había alcanzado su culmen y que el tiempo del Novio había llegado: «Pues esta alegría mía está colmada. Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar». A su vez, Jesús dio testimonio, llamándolo «más que un profeta» y proclamando su grandeza: «Os digo que entre los nacidos de mujer no hay nadie más grande que Juan».

La celebración del nacimiento de san Juan Bautista el 24 de junio tiene orígenes muy antiguos, como lo demuestran, entre otros, san Agustín (354-430). Su nacimiento, basado en los relatos evangélicos y los hallazgos arqueológicos, se une a la plena plausibilidad histórica de la fecha de Navidad el 25 de diciembre. En un discurso con motivo de la solemnidad, el santo obispo de Hipona dijo, refiriéndose al papel del Bautista en la historia de la salvación: «El hecho de que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: ¿Tú quién eres? (Jn 1, 19). Y él respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto (Jn 1, 23). Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que en el principio ya existía (Jn 1, 1). Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio».

Patrón de: hoteleros, baptisterios, cantantes, prisioneros, cardadores de lana, condenados a muerte, monjes, músicos, peleteros, sastres y fundidores

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