La Guerra del Golfo corre el riesgo de extenderse
La necesidad de superar el bloqueo iraní del estrecho de Ormuz está impulsando una mayor implicación de otros países, mientras que Rusia manifiesta su pleno apoyo al régimen de los ayatolás. ¿Quién podrá hacer suyo el llamamiento del Papa a “emprender caminos de paz”?
Faltan cinco días para que se cumplan las cuatro semanas de guerra previstas por el presidente estadounidense Donald Trump tras el inicio de la guerra contra Irán el 28 de febrero. Faltan cinco días pero el final de la guerra parece lejano, hasta tal punto que el Pentágono ha solicitado hace tres días al Congreso 200.000 millones de dólares para continuar la guerra y diversas filtraciones coinciden en considerar que también hay preparativos para una intervención terrestre. Por lo tanto, salvo un colapso repentino —y por ahora imprevisible— del régimen iraní, la guerra parece estar muy lejos de llegar a su fin, y tampoco hay señales de esa disminución de la intensidad anunciada por Trump.
Es más, el ultimátum de 48 horas lanzado ayer por Trump a las autoridades de Teherán para que “liberen” el estrecho de Ormuz, so pena de un ataque a las centrales eléctricas de Irán, augura una nueva escalada del conflicto, que, en cambio, ya es una realidad en el otro frente de esta guerra: el Líbano, donde los israelíes han comenzado a bombardear puentes e infraestructuras en el sur del país que, para el presidente libanés Joseph Aoun, son el preludio de una invasión terrestre. El plan (que no parece demasiado “secreto”) del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu es tomar el control del territorio libanés hasta el río Litani.
Volviendo al ultimátum de Trump, es evidente que los países del Golfo están extremadamente preocupados: según el Wall Street Journal, estarían presionando a la administración estadounidense para evitar ataques que pongan sus infraestructuras energéticas en el punto de mira del régimen iraní, Hasta el momento Teherán ha demostrado ser capaz de llevar a cabo actos de represalia contra los países que albergan bases estadounidenses a pesar de los graves daños infligidos por EE.UU. e Israel a su propio aparato militar.
En esta situación cada vez más preocupante y que sitúa a Europa como la principal víctima económica del conflicto, resulta cuando menos cínico el duelo que arrasa en los periódicos y las redes sociales: “¿Quién está ganando la guerra?”, “¿Quién ganará al final?”. Una vez más triunfan los bandos: quienes están con EE. UU. e Israel sin importar nada más —y consideran propaganda el hecho de destacar las dificultades imprevistas de esta guerra—; quienes los odian sin importar nada más y se regocijan con cada misil iraní que atraviesa las defensas israelíes y estadounidenses, esperando el triunfo de los ayatolás.
Desde nuestro punto de vista, ambas posturas son irresponsables. Como decía ayer el Papa en el Ángelus: “¡La muerte y el dolor provocados por estas guerras son un escándalo para toda la familia humana y un grito ante Dios!”, la guerra significa el “sufrimiento de tantas personas, víctimas indefensas de estos conflictos”. Hay que darse cuenta de que, sea cual sea el resultado de esta guerra, en cualquier caso las consecuencias serán muy graves y —ya lo estamos viendo— las pagará el mundo entero. Es una trágica ilusión pensar que todo se resolverá y será más pacífico con la eventual destrucción del régimen de los ayatolás, así como —por el contrario— con un nuevo Vietnam para el dúo estadounidense-israelí. En ambos casos, el escenario más probable es una nueva fase de inestabilidad y guerras.
Pero el peligro más grave actualmente es que, ante las dificultades para obtener los resultados deseados y esperados, el conflicto se extienda a actores cada vez más numerosos, precipitándose en una verdadera guerra mundial. En los últimos días, Trump está insultando a los países europeos y a los miembros de la OTAN porque no intervienen para liberar el estrecho de Ormuz —por donde pasa el 20% del petróleo mundial— y poco a poco hay respuestas “posibilistas”, por ahora con la condición de que cesen los combates, quién sabe dentro de unos días. Mientras tanto, Arabia Saudí y el Reino Unido, tras un rechazo inicial, han consentido el uso de sus bases por parte de los estadounidenses. Y anoche, el comunicado de Downing Street que informaba de la llamada telefónica entre Trump y el primer ministro británico Keir Starmer, al subrayar que “la reapertura del estrecho de Ormuz es esencial para garantizar la estabilidad del mercado energético mundial”, nos hace suponer que Londres se implicará más en el conflicto.
Por otro lado, Rusia hace alarde de su amistad con Irán: ayer, el presidente ruso Vladimir Putin ha envidado un significativo mensaje de felicitación al presidente iraní Masoud Pezeshkian con motivo del Año Nuevo persa, definiéndose como “amigo leal y socio fiable” de Teherán; mientras que el portavoz del Kremlin, Dimitry Peskov, condenaba los asesinatos de los líderes iraníes hablando de “consecuencias muy profundas”. Y también China, por ahora con discreción, ofrece su ayuda a Teherán.
Estamos caminando al borde del precipicio y, por lo tanto, se comprende el llamamiento del Papa, de nuevo en el Ángelus, a emprender inmediatamente “caminos de paz basados en el diálogo sincero y en el respeto a la dignidad de cada persona humana”. Es un llamamiento que, tal y como van las cosas, suena muy alejado de la realidad, y sin embargo es el camino más realista para evitar lo peor. Pero el problema es: ¿quién puede hoy comprender la profundidad de esas palabras y convertirlas en acción?
