La exposición sobre el feto humano que la izquierda teme
En el Parlamento Europeo se exponen catorce paneles que muestran el desarrollo del feto en el útero. La izquierda se rebela, llegando incluso a solicitar su retirada, aunque su solicitud ha sido denegada. Un caso que confirma las contradicciones de una ideología que teme la realidad.
“La aventura de la vida comienza en el momento de la concepción, cuando el espermatozoide del padre fecunda el óvulo de la madre, generando el cigoto, que es la primera etapa de un ser humano nuevo, único e irrepetible”. Son palabras que podrían leerse en cualquier libro de biología y que forman parte de una exposición de catorce paneles, titulada Just EUman - Cómo nace un ciudadano europeo, en la que se describen las distintas fases del desarrollo de la vida humana prenatal, desde la concepción hasta el noveno mes. La exposición, promovida por el eurodiputado Paolo Inselvini (Fratelli d’Italia – Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos) y organizada por Pro Vita & Famiglia, ha estado abierta al público del 14 al 17 de septiembre en Estrasburgo, en la sede del Parlamento Europeo. Solo cuatro días: ese fue el plazo de autorización, y sin embargo hay quienes —la izquierda y sus secuaces obviamente— han intentado que se retirara antes de tiempo.
“Un rechazo a los valores europeos”, “una herida a la democracia”, “una afrenta a todas las mujeres”, el inevitable “retorno a la Edad Media” y así sucesivamente. En los comentarios de los últimos días contra la exposición se encuentra todo el arsenal de eslóganes inventados en las últimas décadas por la propaganda abortista para hacer pasar como “libre elección” lo que no es libre elección: el asesinato de un ser humano inocente. Comentarios que provienen de figuras conocidas de la política italiana como Alessandra Moretti (Partido Demócrata), Ilaria Salis (Alianza de los Verdes y la Izquierda), Carolina Morace y Valentina Palmisano (Movimiento Cinco Estrellas), y también de eurodiputados extranjeros como la francesa Manon Aubry. Precisamente Aubry, copresidenta del grupo de la Izquierda, ha escrito lo que parece ser el comentario más paradójico, ya que se da el clásico tiro en el pie: “El aborto es un homicidio. Éste es, en esencia, el mensaje que el Parlamento Europeo está difundiendo en sus pasillos a través de una exposición contraria a la libertad de elección, la cual sostiene que el embrión es una vida humana desde el momento de la concepción”. ¿Y qué sería si no fuera vida humana? Un comentario tragicómico, que confirma cómo la ideología va de la mano de la ignorancia de la realidad biológica más elemental, que nos dice que la vida es un continuum, cuyo inicio es claramente la concepción.
Por si fuera poco, Aubry también ha escrito a la presidenta del Parlamento Europeo, Roberta Metsola, para pedirle la retirada de la exposición (que se ha mantenido sin incidentes hasta el día acordado). A su carta se sumaron el otro copresidente de la izquierda, Martin Schirdewan, y las presidentas de los Socialistas y Demócratas (Iratxe García Pérez) y de los Verdes (Terry Reintke). Ilaria Salis también había solicitado una intervención inmediata de Metsola, mientras que Carolina Morace llegó incluso a pedir la apertura de “una investigación interna para verificar que se hayan respetado todos los procedimientos”. La contradicción es evidente: tenemos a personas, a representantes políticos, que, por un lado, hablan de democracia y libertad de elección y, por otro, querrían censurar una exposición que ofrece información científicamente indiscutible. La exposición tenía como objetivo informar para que “quienes deben legislar puedan primero ver y comprobar de primera mano lo que demuestra la ciencia”: ¿desde cuándo estaría prohibido esto?
La cuestión es que los defensores del aborto no pueden soportar una exposición como la de Estrasburgo porque es la representación plástica de la realidad, es decir, que cada uno de nosotros ha pasado por cada una de las etapas descritas en esos 14 paneles y que no puede existir ningún “derecho” ni “valor europeo” si no se reconoce previamente el derecho a la vida, empezando por el de los no nacidos. A quienes, como Moretti, se quejan de que la exposición “pisotea el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo”, hay que recordarles que el cuerpo sobre el que se decide con el aborto voluntario es el de otra persona, que lo es desde el momento de la concepción y, por lo tanto, titular de todos los derechos que de ello se derivan (véanse Donum Vitae y Dignitas Personae). Esta verdad, evidentemente, escapa a los representantes de una institución, el Parlamento Europeo, que desde hace tiempo ya se “distingue” por sus medidas radicales, véase la votación con la que se aprobó la resolución para solicitar la inclusión del “derecho al aborto” en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea; y ello a pesar de que la materia queda fuera de las competencias de la propia UE (hasta tal punto que se necesitará el voto unánime de todos los Estados miembros para que, en su caso, dicha modificación entre en vigor).
En el funeral civil de la política italiana Emma Bonino (que ha tenido lugar la semana pasada), el secretario de +Europa, Riccardo Magi, elogió a la difunta, afirmando que “nunca tuvo miedo de criticar a las instituciones, llegando incluso a desobedecer las leyes que consideraba injustas”. Entre las que Bonino combatía como “injusticias” se encontraban las normas que prohibían el aborto. La suya fue una lucha a la inversa, que contribuyó a normalizar lo que antes todos reconocían, con razón, como un mal. Y lo que ha ocurrido con la exposición en Estrasburgo confirma que la normalización del aborto ha llegado al punto de negar al otro incluso la libertad de expresión más básica y fundada: demostrar que lo que se mata es un ser humano, el más indefenso de todos; y que es precisamente una ley de este tipo —contraria a la ley moral natural— la que resulta injusta. Pero se trata de una desobediencia que el poder no admite.
