Santa Catalina de Siena por Ermes Dovico
EL DOCUMENTO

“Familias, criad lombrices”: el Vaticano quiere salvar así el planeta

La ecología integral en la vida de la familia es el nuevo y prolijo documento publicado por los dicasterios vaticanos para el Desarrollo Humano Integral y para los Laicos, la Familia y la Vida. Una suma del ecologismo al estilo clerical, alejada del pensamiento católico.

Creación 29_04_2026 Italiano English

Ingredientes: incompetencia en temas medioambientales, escaso conocimiento teológico, abundante sumisión cultural y una pizca de clericalismo. Preparación: batir todo junto, añadiendo poco a poco un abundante deseo de activismo, hasta obtener un documento innecesariamente largo y alejado del pensamiento católico.

Es la receta del último documento elaborado en colaboración de -nada menos- que dos dicasterios vaticanos, el de Servicio para el Desarrollo Humano Integral y el de Laicos, Familia y Vida titulado La ecología integral en la vida de la familia y publicado el 27 de abril. Con sus 84 páginas, es el enésimo homenaje a la encíclica Laudato Si’ (2015), en la que el Papa Francisco invirtió gran parte de su pontificado, pero que ha tenido el efecto de introducir en el Magisterio conceptos —como el desarrollo sostenible— tomados del ecologismo dominante y, por su propia naturaleza, incompatibles con el catolicismo.

Y el nuevo documento vaticano sigue la misma línea con el fin de aplicar en todos los ámbitos esa “conversión ecológica” que tanto valoraba el predecesor de León XIV. El objetivo en este caso es la familia, que está llamada a llevar a cabo una serie de acciones —al estilo de las guías del WWF— para poder sentirse verdaderamente cristiana. Así, tras una primera parte en la que se reúnen los contenidos de Laudato Si’ y de la controvertida encíclica Fratelli Tutti (2020) para explicar en qué consiste la ecología integral, llegan los siete temas elegidos en los que las familias están llamadas a comprometerse y que relanzan los habituales eslóganes tan repetidos desde 2013 en adelante: escuchar el grito de la tierra, escuchar el grito de los pobres y los vulnerables, adoptar y promover la economía ecológica, adoptar estilos de vida ecológicos, ecología integral y educación, espiritualidad ecológica desde la perspectiva familiar, familias que participan en la vida comunitaria.

Las propuestas que se hacen a las familias son decenas y decenas, desde las más triviales y obvias, como evitar el desperdicio de agua, electricidad y comida o separar los residuos, hasta las más exigentes. He aquí solo algunas a modo de ejemplo y que ni siquiera requieren comentario: “Si se tiene acceso a un espacio exterior, crear un contenedor para el compostaje o un criadero de lombrices. Si, por el contrario, no se dispone de este espacio y el Ayuntamiento no organiza el compostaje, preguntar a la escuela o a la parroquia local si está dispuesta a acoger un contenedor de compost para uso comunitario”; “Recoger el agua de lluvia”; “Acudir a los mercadillos de segunda mano”; “Visitar con la familia granjas y talleres locales para conocer a quienes trabajan allí y fomentar así un espíritu de comunidad”; “Reparar los juguetes rotos junto con los niños. Los adolescentes pueden reparar su propio equipamiento deportivo y los adultos pueden restaurar y conservar los bienes de las generaciones anteriores (muebles o incluso viviendas)”; “Pedir a la escuela local que introduzca mejoras ecológicas en sus instalaciones”; “Pedir a la escuela local que actualice sus actividades y manuales didácticos en materia de ecología”; “Aprovechar la ocasión para rezar rodeados de la naturaleza, lo que también puede implicar una misa al aire libre, con el permiso del sacerdote local”.

La cuestión es que las propuestas más o menos extravagantes que se leen en este documento surgen de una subordinación cultural frente al ecologismo dominante; una subordinación tal que se repiten conceptos e ideas que encontramos en cualquier publicación ecologista, dando por sentadas las dimensiones, las causas y las soluciones de una supuesta crisis medioambiental global. Así, por ejemplo, ni siquiera se percibe la contradicción existente entre la deseada atención a la agricultura, obviamente sostenible, y la exigencia de utilizar paneles fotovoltaicos, que, sin embargo, están literalmente robando enormes extensiones de terreno a la agricultura para producir energía, por cierto en cantidades destinadas a seguir siendo marginales.

Aunque en algunos puntos se remite a la Centesimus Annus (1991) de san Juan Pablo II, se abandona el concepto de “ecología humana” para proponer una “ecología integral” sustancialmente diferente, siguiendo la estela del Papa Francisco. Dicha “ecología integral” sí que hace referencia al respeto por la vida, a la atención a las personas más vulnerables y a la centralidad de la familia (puntos que se destacan con fuerza en el documento), pero todo se mete indistintamente en el mismo saco, al mismo nivel que las finanzas éticas y el consumo crítico. Es más, parece evidente que el verdadero objetivo es la “conversión ecológica” y que la “santidad de la familia” es funcional a ella. Tanto es así que las familias, según el deseo del documento vaticano, son vistas como núcleos de activismo medioambiental.

Por el contrario, en la Centesimus Annus, san Juan Pablo II describe una “ecología humana” —en implícita contraposición a la ecología ambiental— en la que el necesario cuidado del medio ambiente es consecuencia del respeto al orden creado por Dios, que sitúa a la familia (fundada en el matrimonio entre hombre y mujer) y a la vida en la cúspide de la jerarquía. “La primera y fundamental estructura en favor de la ‘ecología humana’ —escribió san Juan Pablo II— es la familia, en cuyo seno el hombre recibe las primeras y determinantes nociones sobre la verdad y el bien, aprende lo que significa amar y ser amado y, por tanto, lo que significa concretamente ser una persona” (n.º 39). No es posible reconocer que la tierra es un don de Dios al hombre —“que debe usarla respetando la intención originaria de bien”— si antes el hombre no reconoce que “ha sido donado a sí mismo por Dios y debe, por tanto, respetar la estructura natural y moral de la que ha sido dotado”.

Por lo tanto, se pone de manifiesto una vez más no solo la discontinuidad del pontificado de Francisco con respecto al Magisterio de sus predecesores, sino también el desbordamiento de esas enseñanzas en el pontificado actual. Evidentemente, hay cardenales en la Curia Romana que siguen produciendo documentos siguiendo las indicaciones del Papa Francisco, tratando de forzar la mano a su sucesor. Esperar a que lleguen al límite de edad o a que expire su mandato podría no ser la mejor solución para el bien de la Iglesia.