• Miércoles de Ceniza

Entre virus y guerra, Dios nos lleva al lugar de la conversión

Comienza la Cuaresma y el anuncio del Evangelio nos toma donde estamos, para conducirnos al lugar secreto de oración y ayuno, para ofrecer a la brutal violencia de la guerra el dique de la fe. Muchos temen morir, como ya sucedió con el virus, y entonces huyen como el hijo pródigo. Así, en un momento, ya no es el virus, sino el hermano que no pensaba como nosotros que se convirtió en el enemigo a combatir. Sin Dios, el hombre está siempre en guerra con un chivo expiatorio sobre el que verter el fracaso generado por el pecado, porque un divorcio se consuma a causa del mismo pecado que origina una guerra.

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Silencio, es Cuaresma. Es hora de cerrar la puerta del corazón para encontrar a nuestro Padre. Vivimos como huérfanos, que hacen de todo para llenar el abismo que aturde y roba la alegría y la paz. Cuantos huérfanos dispersos en el mundo, lo vemos en estos días de guerra como hemos visto en los años de la pandemia. Estamos dentro también nosotros, que no tenemos un lugar secreto donde ser hijos del Padre. Con demasiada frecuencia nuestra vida no tiene secretos mientras todo es trágicamente público; siempre conectados con el mundo, recurriendo al exterior, de poseer cosas y personas para ofrecer a nuestra codicia, el sentido que de valor con el hacer a nuestro ser. Pero llega la Cuaresma como seno de la misericordia, un amor gratuito e incondicional preparado por el Padre para los hijos perdidos. La Cuaresma es una buena noticia: hay esperanza. Hay conversión, diría el Teshuvà un piadoso israelita, el regreso, en cuyo camino dejar la máscara para llevar el saco del humilde reconocimiento de los propios pecados.

La conversión es el hijo pródigo, el aguijón que le golpea el pecho, la clara percepción de haber desperdiciado su vida y de ser ahora un naufragio en seco; la dura experiencia de la soledad, anticipación del infierno que es la eterna ausencia de Dios. Muchos la vivieron en los días de la covid, y muchos la siguen viviendo hoy, en las duras consecuencias de un tiempo mal vivido por muchas razones. Y luego esta guerra, que nos roza en el tiempo y en el espacio. Muchos temen morir, como ya por el virus, y luego huyen, muy lejos, como el hijo pródigo. Se busca una salida de emergencia y, para defender el jirón de vida que nos queda, cancelamos a los que nos rodean y no piensan como nosotros. Estamos divididos en los análisis, las razones y las soluciones, sin darnos cuenta de que las sirenas ideológicas nos están seduciendo al aparecernos como un área cómoda donde nuestro ego parece estar a salvo. Pero es la falsa seguridad que ofrece la soberbia, que luego se convierte en egoísmo, rencor, odio, violencia y guerras. Porque en Ucrania, como en mil otras partes del mundo, las guerras que se están librando son idénticas a aquellas en las que también nosotros hemos entrado hace mucho tiempo. Con la esposa o el esposo, con los hijos o los padres, con el colega, el amigo, el hermano.

No es casual y no sin malicia que la narrativa oficial presentara la lucha contra el Covid con términos e imágenes de guerra. Sin Dios, de hecho, el hombre está siempre en guerra con un chivo expiatorio sobre el que verter la frustración, el dolor y la ira por el fracaso generado por el pecado. Así, en un momento, ya no es el virus, sino que el hermano se ha convertido en el enemigo a combatir. El hermano que no pensaba y no actuaba como nosotros, íntegros poseedores de la más pura verdad y moralidad. Tal como sucede en la guerra. Toda dictadura y toda ideología nace de un corazón envenenado por la soberbia, pecado original del hombre que ha roto su vínculo de vida y verdad original con Dios. Es de un corazón apegado a sí mismo y al dinero, al poder y al prestigio, que surgen toda clase de males. Declaraciones, invasiones, resistencias, bombas y sangre, que hoy vemos correr frente a nosotros son, en gran escala, los ingredientes rancios de nuestros días de guerra con el mundo. Un divorcio se consuma por el mismo pecado que origina una guerra, porque Putin y Zelenski somos tú y yo. Los análisis claros y no ideológicos que se centran en las responsabilidades son ciertamente importantes, pero no cambian el curso de los acontecimientos. A menos que los contendientes se den cuenta de que han pecado y acepten que están equivocados. Y por esto depongan sus armas. En fin, que se conviertan.

Como sucedió, por Gracia, le sucedió al hijo pródigo visitado por la misteriosa Presencia del Padre que nunca lo abandonó, respetuosa de su libertad y escondida en el fondo de su alma. Al final del descenso al abismo, vuelve en sí. Vuelve a entrar “en el secreto”, en la habitación más íntima, y ​​se encuentra con la mirada del único que ve en el secreto de su alma, que nunca ha dejado de considerarlo su hijo, a pesar de lo que hizo, sea lo que sea. El hijo encuentra la verdad que se esconde detrás de la apariencia, el lugar, el único, donde se funda y de donde su persona y su vida brotan y toman la forma bella y buena a imagen y semejanza del Padre. El hijo vuelve a entrar en sí mismo y se intuye, y se da cuenta de que había perdido el fundamento, su Padre: “Me levantaré y volveré a mi Padre”.

Comienza la Cuaresma y el anuncio del Evangelio nos toma en donde estamos, para conducirnos a un lugar secreto donde podemos conocer el secreto del Padre, donde podemos creer en su amor y convertirnos. El lugar de oración y ayuno al que el Papa nos llamó para ofrecer a la brutal violencia de la guerra el dique de la fe, el único en el que puede romperse y disolverse. Para rezar, y luego para ayunar y dar limosna, se necesita fe, como la del hijo pródigo que ha vuelto en sí. De hecho, si es cierto que en el lugar donde doblamos nuestras rodillas para orar nos reconocemos pecadores y mendigos de la vida y del amor que hemos perdido, también es cierto que podemos acudir a Dios porque no dudamos de su misericordia El hijo pródigo pudo volver a casa porque en lo más profundo de su corazón vio la dulzura, la belleza y la alegría de su hogar. El hambre, el dolor, la frustración por el fracaso y la nostalgia se han reunido en un poderoso recuerdo de la única verdad que salva, la certeza del amor incorruptible de su Padre.

Sólo este recuerdo puede hacernos resucitar del sepulcro para caminar el camino nuevo de la humilde conversión que niega el pecado. Al fin y al cabo, las guerras, el triunfo de la soberbia, tras la escalada de la violencia y la sangre inocente, llegan al epílogo de la derrota porque nadie quiere humillarse. Por eso, el único antídoto, la única solución razonable y fructífera de paz, es la conversión que se manifiesta en el hijo pródigo. Porque sólo la humildad tiene razón de la soberbia. Contra un hombre humilde el diablo no puede hacer nada.

La invitación del Papa a orar y ayunar por la Paz es, pues, una llamada a la conversión del mismo Señor. A caminar como el hijo pródigo bajando los peldaños de la humildad, despojándonos de la falsa seguridad con el ayuno para entregar nuestros pensamientos y palabras a Dios en la oración. Este camino de conversión cuaresmal de toda la Iglesia es, ante la inconsecuencia de todo hipócrita pacifismo de los poderosos, la única posibilidad de Paz. La Iglesia está nuevamente llamada a liderar esta generación aniquilada por la mentira ideológica, a abrir con Cristo un camino pascual para ofrecer a cada hombre. Un pasaje del Egipto de la esclavitud del pecado y de las bombas, a la Tierra Prometida de la verdadera libertad, a la casa del Padre donde reina el amor hasta el final del Hijo y de sus discípulos. El camino en el desierto cuaresmal donde oramos se ayuda y se ofrece limosna, para llegar al Cenáculo donde Cristo resucitado y victorioso del pecado y de la muerte, nos anunciará llenos de alegría: “¡La paz sea con vosotros!”.

El ayuno, la limosna, la oración son signos de nuestra realidad que es ante todo ausencia y, por tanto, necesidad incontenible. Ayunar para recordar el hambre insatisfecha de Dios; dar limosna, para recordar nuestra mendicidad a los ídolos, significado y sustancia para la vida; oración, para recordar la soledad de los huérfanos. Para esto se nos dan las armas de los hijos: el ayuno para combatir la carne y los afectos insanos; las limosnas para luchar contra los ídolos mudos; la oración para entrar, como hijos, en la voluntad que Dios nos prepara. El Padre está en la ventana, y estremece esperando para correr a nuestro alrededor para abrazarnos en reconciliación con él, fuente de paz verdadera y duradera porque está impregnada de perdón, única herramienta capaz de destruir las barreras del odio y de la soberbia.

* Sacerdote, misionero

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