Presentación del Señor por Ermes Dovico
SANTOS

El Purgatorio de san Patricio, un anticipo del viaje de Dante

El patrón de Irlanda está vinculado al misterioso umbral por donde cualquiera salía purificado tras contemplar las alegrías de los bienaventurados y los tormentos de los condenados. Dicho lugar se convirtió en meta de peregrinación y también en fuente de inspiración literaria, resonando en los relatos del caballero Owein y en la Divina Comedia.

Cultura 02_02_2026 Italiano English

El patrón de Irlanda

San Patricio es una de las figuras más fascinantes del cristianismo antiguo, además de ser patrón y apóstol de Irlanda. Nacido en la Britania romana alrededor del año 385, hijo de una familia cristiana y romanizada, pronto conoció la severidad de la vida: a los dieciséis años fue secuestrado por piratas irlandeses y vendido como esclavo en las tierras del norte. Allí, entre pastos solitarios y lenguas desconocidas, maduró una fe profunda y una intuición decisiva: aquel pueblo que lo mantenía encadenado no era tosco ni bárbaro, sino portador de una dignidad tribal y un sentido de lo sagrado que le impresionaron.

Tras seis años de servidumbre Patricio escapó y regresó a su patria, donde soñó con los irlandeses que lo llamaban por su nombre: interpretó esa voz como una vocación. Se formó en la Galia bajo la guía de san Germán de Auxerre, abrazó la vida monástica en Lérins, estudió los métodos misioneros de los monjes italianos y, finalmente, fue consagrado obispo para suceder a Palladio en la obra de evangelización de Irlanda.

Supo ganarse la confianza de los reyes locales con inteligencia y valentía, introdujo el monacato, fundó diócesis y formó un clero autóctono, enfrentándose a la hostilidad de los druidas y a las calumnias de los pelagianos. Murió en 461 dejando una isla profundamente transformada y un recuerdo destinado a convertirse en leyenda. En este contexto de fe, visiones y conversiones nace la historia más misteriosa relacionada con su nombre: el Purgatorio de san Patricio.

 

La puerta secreta del más allá: el nacimiento del Purgatorio de san Patricio

Entre las historias medievales que han atravesado los siglos, pocas poseen la fuerza visionaria del Purgatorio de san Patricio, una cavidad escondida en un lugar desierto de Irlanda que, según la tradición, el mismo Cristo mostró al santo como paso hacia el más allá. Quien tuviera el valor de entrar en él durante un día y una noche animado por un auténtico espíritu de penitencia, podría contemplar con sus propios ojos los castigos de los malvados y las alegrías de los bienaventurados, regresando a la tierra purificado. Alrededor de este misterioso umbral, san Patricio mandó construir una iglesia y un muro con una puerta custodiada por el prior: un lugar de peregrinación, temor y esperanza, que atrajo a multitudes de penitentes y generó relatos destinados a circular durante siglos.

 

El caballero Owein: un viaje entre la visión y la penitencia

Entre estos relatos, el más famoso es el del caballero Owein, protagonista del Tractatus de Purgatorio Sancti Patricii compuesto por H. de Saltrey. El autor asegura que la aventura se remonta a la época del rey Esteban, mientras que Matteo di Parigi la sitúa en 1153. Owein narró su experiencia al monje cisterciense Gilberto de Luda, quien a su vez la transmitió a Saltrey: una cadena de voces que ha permitido que la leyenda haya llegado hasta nosotros.

Cargado de pecados y decidido a redimirse, Owein afronta la prueba como una empresa caballeresca. Los demonios intentan inmediatamente quemarlo en la hoguera, pero fracasan; el caballero atraviesa entonces una tierra oscura y desolada, azotada por un viento que parece atravesar el cuerpo, preludio de las terribles visiones que le esperan. Su viaje se desarrolla a través de una secuencia de lugares de castigo que impresiona por la fuerza de las imágenes y por la sorprendente similitud con algunos episodios de la Divina Comedia de Dante.

 

Los campos del castigo

En el primer campo, Owein ve a hombres y mujeres desnudos, tendidos en el suelo, con las manos y los pies clavados al suelo con clavos ardientes y que gritan “¡Parce!” y “¡Miserere!” entre lamentos quejumbrosos. Es imposible no pensar en los violentos contra Dios del Infierno dantesco, tendidos sobre la arena ardiente, o en los hipócritas crucificados en el suelo en el bolgia XXIII: la postura de los cuerpos, el llanto, la lengua suelta por el dolor, incluso el léxico parecen resonar de un texto a otro.

En el segundo campo, las almas yacen boca arriba o boca abajo, envueltas por serpientes, sapos y dragones que hunden espinas ardientes en sus corazones. La escena recuerda mucho al bólgano de los ladrones (Infierno XXIV-XXV), donde las serpientes muerden, asfixian, traspasan y las almas sufren dolorosas metamorfosis.

El tercer campo muestra a hombres y mujeres atravesados por clavos por todas partes, azotados por demonios; el cuarto es un reino de fuego, donde los cuerpos están suspendidos de cadenas ardientes, colgados por el pelo o por los brazos, asados, fritos, quemados por ganchos clavados en los ojos y en las orejas. Luego aparece una gigantesca rueda de fuego que arrastra a las almas en un movimiento giratorio: cuando una mitad sube, la otra se hunde en las llamas subterráneas.

El edificio termal que sigue es uno de los lugares más impresionantes: piscinas hirvientes de metales líquidos en las que las almas se sumergen a diferentes profundidades, “hasta las cejas”, “hasta los labios”, “hasta el pecho”, “hasta las rodillas”. La precisión anatómica con la que el Tractatus describe el nivel de inmersión encuentra un paralelismo sorprendente en el Flegetonte de Dante (Infierno XII), donde los violentos se sumergen en sangre hirviente a diferentes niveles, desde las cejas hasta los pies.

Por último, Owein ve una montaña de la que desciende un río de fuego; en la cima sopla un viento helado que precipita a las almas al río ardiente, una imagen que recuerda el “astripeto regno” de Dante, donde el viento y el fuego conviven en un equilibrio terrible. El último umbral es un pozo del que sale una llama negra y fétida: las almas caen en él como chispas. Los demonios advierten a Owein de que esa es la verdadera puerta del Infierno, de la que no hay retorno.

 

Ecos dantescos: imágenes, estructuras y correspondencias sorprendentes

Después de tanto horror, el caballero llega ante un muro altísimo, con puertas doradas y un suave perfume que invade el aire: es el Paraíso terrenal. Una procesión solemne —cruces, velas, palmas, cánticos— le da la bienvenida. Dos figuras eclesiásticas le guían a una montaña desde la que se vislumbra una puerta ardiente, la entrada al Paraíso celestial. Una llama desciende del cielo y toca la cabeza de cada uno: es el alimento de Dios, nutrición eterna de los bienaventurados. Owein querría quedarse, pero no se le permite. Purificado, regresa: los demonios ya no pueden tocarlo. Tras quince días de oración, parte para la cruzada y, de vuelta a su patria, se convierte en sirviente del monje Gilberto, contribuyendo a la construcción de una abadía.

Las similitudes entre el Tractatus y la Divina Comedia no se limitan a las imágenes de los castigos. También la sucesión de tormentos presenta analogías sorprendentes: en el Tractatus, Owein se encuentra primero con almas clavadas en el suelo, luego con almas atacadas por serpientes; en la Comedia, Dante ve primero a los hipócritas crucificados en el suelo (Infierno XXIII), luego a los ladrones envueltos por serpientes (Infierno XXIV-XXV). Pero lo más fascinante es la macroestructura del Purgatorio: ambos más allá incluyen una zona frontal, siete lugares de castigo y un Paraíso terrenal con una procesión simbólica. Ciertamente, Dante lleva a cabo una revolución: sustrae el Purgatorio al mundo subterráneo, lo transforma en una montaña luminosa, introduce el contrapunto, los vicios capitales, la psicología individual, la teología tomista y la práctica de la confesión.