El otro precio de la guerra: una Semana Santa sin celebraciones en Jerusalén
Debido al conflicto entre Israel e Irán, este año la comunidad cristiana de Jerusalén no podrá vivir el tradicional camino cuaresmal ni las Misas de Pascua porque el Gobierno de Netanyahu las ha prohibido. Una Ciudad Santa suspendida entre el silencio y el miedo, pero “no renunciamos a la oración”, afirma el patriarca Pizzaballa.
Este año, en Jerusalén, la Pascua no contará con sus tradicionales oficios religiosos. El Gobierno israelí, liderado por Benjamin Netanyahu, ha prohibido cualquier ceremonia pública debido a la guerra contra Irán. Un duro golpe para los cristianos, que verán desaparecer uno de los momentos más intensos del año. Hoy, Jerusalén se presenta como una ciudad suspendida entre el silencio y el miedo. Por todas partes se percibe una sensación de “miradas apagadas” que delatan terror y desorientación. La fe, privada de sus lugares más sagrados, corre el riesgo de perder el contacto con la concreción de los ritos y de la historia: el Vía Crucis a lo largo de la Vía Dolorosa, un gesto que graba en la memoria colectiva la historia de la salvación, se convierte en una ausencia palpable, un vacío que va más allá de la simple ritualidad. La espiritualidad, en estos lugares, corre el riesgo de transformarse en algo abstracto, distante y frágil. Durante la pandemia de la COVID-19, aunque las iglesias estaban cerradas y las misas se celebraban a puerta cerrada, era posible mantener un hilo de conexión espiritual, aunque estuviera mediado por la soledad. Hoy, en cambio, el vacío es total. El silencio que envuelve la ciudad no es solo ausencia de sonidos: es la ausencia de una comunidad que reza junta, de un pasado que sigue vivo a través de la memoria compartida, de tradiciones que resisten al paso del tiempo.
Debido a la guerra, este año la comunidad cristiana de Jerusalén no podrá vivir el tradicional camino cuaresmal: las solemnes celebraciones en el Santo Sepulcro y en los Lugares Santos de la Pasión están suspendidas. Restricciones, incertidumbres, temores: el conflicto hace imposible la celebración ordinaria de los ritos más apreciados. Se ha cancelado la procesión del Domingo de Ramos, que desde el santuario de Betfage, cerca de Betania, serpentea a través del Monte de los Olivos hacia el corazón de Jerusalén; en su lugar habrá un momento de oración por la ciudad en un lugar aún por definir. Las decisiones son inevitables, el dolor palpable. “A la dureza de este tiempo de guerra que nos afecta a todos —escribe a los fieles el Patriarca Latino de Jerusalén, Pierbattista Pizzaballa—, se suma hoy también la de no poder celebrar dignamente y juntos la Pascua”. Las iglesias seguirán estando abiertas, pero la asistencia a las celebraciones será regulada, contingentada y gestionada con responsabilidad por los párrocos y los sacerdotes. El diálogo con las autoridades y con las demás Iglesias cristianas es continuo, pero la situación cambia de hora en hora: no hay directrices definitivas, solo una coordinación cautelosa día a día.
Y aun así, en este escenario marcado por profundas heridas —espirituales, civiles, humanas— la fe no se rinde. La invitación es clara: el próximo sábado, 28 de marzo, todos están llamados a unirse en oración, recitando el Rosario para invocar el don de la paz, especialmente para quienes sufren a causa del conflicto. “Si no podemos reunirnos como quisiéramos, no renunciemos a la oración”, pide el Patriarca. La esperanza sigue viva: ninguna oscuridad, ni siquiera la de la guerra, podrá apagar la luz de la Pascua, signo eterno de la victoria de la vida sobre el odio y de la misericordia sobre el pecado.
El silencio nunca ha sido tan elocuente en la Ciudad Santa. No es el silencio de la devoción, sino un vacío impuesto, tenso, interrumpido solo por el sonido de las sirenas. Las puertas de la iglesia del Santo Sepulcro permanecen cerradas. Bloqueadas, como si la historia misma se hubiera puesto en pausa. No muy lejos, el Muro de las Lamentaciones parece irreconocible: espacios vacíos, piedras mudas, ninguna multitud que llene las horas del día y de la noche. La guerra entre Israel e Irán no se libra solo en los cielos o en fronteras lejanas. Entra en la vida cotidiana, modifica los gestos más antiguos, reescribe las costumbres espirituales. Orar aquí ya no es un acto público, visible. Se vuelve privado, fragmentado, a menudo pospuesto. Las sinagogas abren de forma intermitente, cuando las condiciones lo permiten. A veces con acceso limitado, a veces cerradas por completo porque reunirse significa exponerse. Y en una ciudad donde cada sirena puede cambiar el ritmo del día, incluso la fe debe adaptarse.
Para complicar aún más la situación, un suceso ocurrido hace unos días y destinado a dejar huella: un grupo de fieles judíos se presentó en la Explanada de las Mezquitas con objetos litúrgicos. Un gesto provocador que ha sacudido un equilibrio ya frágil y delicado, celosamente custodiado desde los años sesenta. En un contexto en el que la memoria colectiva recuerda los lugares sagrados como puntos de encuentro, intercambio y convivencia entre culturas y religiones diferentes, hoy esos mismos espacios corren el riesgo de convertirse en peones silenciosos en una partida política e ideológica que se juega a costa de los ciudadanos. La libertad religiosa, que en su día fue un pilar de la vida cotidiana, queda ahora subordinada a las estrategias de seguridad y a los cálculos de poder, dejando sobre el terreno una amarga sensación de precariedad y tensión.
Jerusalén, ciudad milenaria y símbolo de promesas de diálogo entre pueblos, hoy vive encorsetada por barreras visibles —puestos de control, muros, controles estrictos— e invisibles, hechas de sospechas y desconfianzas que se insinúan entre los pliegues de la vida cotidiana. En este escenario, la libertad de movimiento y de vivir la propia fe están cada vez más restringidas, como si la propia ciudad hubiera perdido su alma de puente entre mundos. La historia, que en otro tiempo enseñaba a mirar más allá de las diferencias, hoy parece ceder el paso a la lógica de la división, donde cada gesto, cada rito, corre el riesgo de ser instrumentalizado y despojado de su autenticidad. Un futuro incierto se perfila en el horizonte y la esperanza de un retorno al diálogo se hace cada día más débil, como una voz que se pierde entre las antiguas murallas.
Jerusalén, que vive de la presencia, de las peregrinaciones, de voces entrelazadas entre diferentes religiones, se encuentra de repente en suspenso. Los lugares sagrados, que normalmente visitan fieles de todas las procedencias, se convierten en símbolos de una ausencia colectiva. Sin embargo, bajo esta superficie inmóvil, la oración no desaparece, sino que se desplaza a los hogares, a los refugios, a los pensamientos. Menos visible, pero no menos intensa. Es una fe que resiste, pero que cambia de forma, obligada a lidiar con el miedo y la incertidumbre. Queda la imagen de una ciudad que espera no solo el fin de los combates, sino el regreso de algo más profundo: la normalidad del gesto religioso, el derecho a detenerse, a reunirse y a rezar sin temor. Por ahora, en Jerusalén, incluso lo sagrado contiene la respiración.
