San Leonardo Murialdo por Ermes Dovico
EL PATRIARCA, DETENIDO EL DOMINGO DE RAMOS

El “bloqueo” a Pizzaballa limita la libertad en Jerusalén

Las razones aducidas por las autoridades israelíes tras el bloqueo del patriarca Pizzaballa y del custodio de Tierra Santa, que se dirigían al Santo Sepulcro, son injustificadas y erróneas. Durante el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada de Jesús en Jerusalén, se repite la historia 2000 años después y plantea inquietantes interrogantes sobre la libertad religiosa en la Ciudad Santa.

Libertad religiosa 30_03_2026 Italiano

Jerusalén, ayer por la mañana, solemnidad de las Palmas y una fecha importante: 29 de marzo de 2026. Un hecho sin precedentes. En el corazón de la Ciudad Santa, la policía israelí detiene al patriarca latino Pierbattista Pizzaballa. Con él está el custodio de Tierra Santa, el padre Francesco Ielpo. No encabezan una comitiva, ni una procesión. Nada llamativo ni ostentoso. Solo dos religiosos. Dos hombres que caminan como simples ciudadanos, dirigiéndose hacia la Iglesia del Santo Sepulcro. Pero no consiguen llegar hasta allí. Los detienen y los obligan a dar media vuelta. No basta el nombre ni el cargo. No basta la identidad del patriarca, la máxima autoridad católica de la ciudad. Las explicaciones no sirven y las peticiones caen en saco roto. El diálogo se apaga de inmediato. Lo que se impone es una orden seca, perentoria e inequívoca. Tienen que dar media vuelta.

La noticia corre rápido, va más allá de las fronteras. En pocas horas da la vuelta al mundo y se convierte en un suceso importante. Se impone como un precedente de peso, destinado a dejar huella. Porque aquí no se trata de un simple control o de una cuestión de orden público. Es algo más profundo, más delicado: aquí se toca el punto sensible de la libertad religiosa. El Santo Sepulcro no es una iglesia cualquiera, es el centro. El corazón palpitante de la fe cristiana. El lugar donde todo converge y desde donde se irradia el mensaje de la muerte y resurrección de Cristo. Sin ese lugar, sin ese misterio, el cristianismo pierde su fundamento histórico, su significado último.

Por ello el gesto adquiere un carácter inusual.

Se ha impedido el acceso al Santo Sepulcro al patriarca latino y al custodio de Tierra Santa, herederos de la presencia católica que se remonta a la época de las cruzadas. No se trata solo de rigidez administrativa, es más bien un golpe simbólico, universal. Les afecta a ellos, pero habla a millones y millones de fieles en todo el mundo, que precisamente en estos días miran a ese lugar como el centro de su fe. La coincidencia agrava todo. Se trata del Domingo de Ramos. No es una fecha cualquiera, sino el día que abre la Semana Santa. El día que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, entre una multitud festante que extendía sus mantos sobre el camino y agitaba ramas de palmera.

Y, en cambio, ayer se produjo un bloqueo. Un rechazo. Un cierre. La decisión se muestra tal y como es: discutible. Pero aún más, irracional y profundamente injustificada, además de gravemente errónea. Marcada por valoraciones que no convencen y que dejan interrogantes sin resolver. Que socavan principios fundamentales: lo razonable, la libertad de culto, el respeto al status quo que en este caso ha sido claramente violado.

Y luego está la historia. La que vuelve. La que pesa.

Hay un pasaje evangélico que se impone casi inevitablemente. La entrada de Jesús en Jerusalén procedente de Betfagé. Las ramas de palmera que ondean. La aclamación de la multitud que lo reconoce y lo exalta. Y luego, pocos días después, el giro. La condena. La cruz. El drama de la crucifixión. Es la paradoja de Jerusalén, una ciudad llena de contradicciones. Una ciudad de fe y de rechazo, de acogida y de exclusión, de impulsos y de cierres repentinos. Hoy, a distancia de siglos, esa paradoja parece resurgir, aunque no en los mismos términos ni con el mismo dramatismo, sino con una fuerza simbólica que impresiona: el patriarca latino que se dirigía hacia el Santo Sepulcro junto al custodio es detenido y enviado de vuelta.

No es la misma historia, pero el signo permanece y es poderoso.

Hoy como entonces, el acceso al corazón de la fe pasa por obstáculos, por tensiones, a través de muros visibles e invisibles. Hoy como entonces, Jerusalén muestra su doble rostro: capaz de acoger, pero, acto seguido, de rechazar.

Si ayer era la multitud la que se transformaba, hoy es el sistema. Es el aparato de controles, la red de prohibiciones. Es la política la que traza la frontera y establece quién puede pasar y quién no. Pero el efecto, al final, sigue siendo el mismo. Una ciudad que se abre y se cierra al mismo tiempo. Que invita y rechaza. Y quizá éste sea el punto más inquietante y el más difícil de ignorar. En el día en que se conmemora una entrada festiva, marcada por la alegría de un pueblo que agita ramas recién cortadas, a alguien se le detiene en el umbral. Justo allí, frente al lugar que guarda el corazón de esa historia.

Aunque se le impida entrar en el Santo Sepulcro, el cardenal Pizzaballa no renuncia, sin embargo, a la palabra. Su meditación para el Domingo de Ramos llega de todos modos. Una meditación densa, amarga y lúcida. Habla de un dolor que no es solo humano, sino que refleja el de Dios: “Hoy Jesús vuelve a llorar sobre Jerusalén, sobre esta Tierra Santa que aún no sabe reconocer el don de la paz”. Palabras que pesan y que no se detienen en la denuncia. Porque la invitación que sigue es clara, sin ambigüedades: no basta con el gesto simbólico, no basta con agitar ramos de olivo. “No agitemos ramos de olivo, sino que elijamos convertirnos nosotros mismos en constructores de la reconciliación”. Un pasaje que da un giro a la perspectiva y exige responsabilidad.

En la misma perspectiva se pronuncia León XIV. Desde la Plaza de San Pedro, el Pontífice interviene con tonos claros y directos. Recuerda que Dios es “el Rey de la paz” que rechaza la guerra, que no escucha oraciones manchadas de violencia, manos que “gotean sangre”. No es una llamada genérica. Es un llamamiento fuerte y urgente. “¡Tened piedad! ¡Deponed las armas, recordad que sois hermanos!”. Palabras que resuenan más allá de la plaza y que traspasan fronteras. También ha dirigido un pensamiento especial a los cristianos de Oriente Medio. Su prueba no resulta indiferente: “Interpela la conciencia de todos”. Y exige respuestas concretas, nuevos caminos, paz real.

Mientras tanto, los hechos siguen ahí. A la espera de aclaraciones, queda un dato difícil de ignorar. En Jerusalén, después de siglos, dos hombres que se dirigían a celebrar una misa son detenidos. Sin tensiones. Sin disturbios. Solo bloqueados. Es una señal que impacta. Que empaña la imagen universal de la Ciudad Santa. Que abre interrogantes y que pesa.