San Gregorio Barbarigo por Ermes Dovico
CONFERENCIAS

China-Vaticano: volver a escribir la historia para legitimar el acuerdo

Numerosos oradores chinos, videomensaje del Papa y discurso del Secretario de Estado vaticano, el cardenal Parolin: el Concilio de Shanghai de 1924 ha sido conmemorado con dos conferencias en Milán y Roma para promover “el espíritu” del acuerdo secreto sobre el nombramiento de obispos. Todo un forzamiento histórico que pagan con su propia piel los católicos chinos.

Libertad religiosa 22_05_2024 Italiano English
Shen Bin e Parolin (LaPresse)

“Esperamos desde hace tiempo poder tener una presencia estable en China, aunque al principio no tenga la forma de una representación pontificia o de una nunciatura apostólica...”. En esta perspectiva esbozada por las palabras del Secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, hay que interpretar la conferencia sobre el centenario del Concilio de Shanghai, a la que también asistió Parolin el 21 de mayo.

En realidad se trataba de una conmemoración en dos tiempos: el lunes 20 en Milán, organizada por la Universidad Católica, y al día siguiente en Roma, organizada por la Pontificia Universidad Urbaniana; ambas ocasiones facilitadas gracias a la Comunidad de San Egidio, que tanto está haciendo por promover el “espíritu” del polémico acuerdo secreto entre China y la Santa Sede firmado en 2018, posteriormente renovado cada dos años y ahora a punto de ser aprobado definitivamente.

Tanto en Milán como en Roma ha habido una gran presencia china entre los ponentes, todos ellos obviamente vinculados al régimen comunista de Pekín, obispos incluidos: en Milán ha estado el obispo mongol de Hohhot, Meng Qinglu (foto de la izquierda), que ha participado en varias ordenaciones episcopales ilegítimas, incluso después del acuerdo de 2018. En Roma, en cambio, estaba el obispo de Shanghái, Joseph Shen Bin, protagonista de la famosa “bofetada” del régimen comunista a la Santa Sede: fue instalado en Shanghái el 4 de abril de 2023 por el gobierno y el Papa, obligado por las circunstancias, lo reconoció el 15 de julio siguiente. Que ahora intervenga en una conferencia en el Vaticano dice mucho de la relación de fuerzas que ha establecido el acuerdo y, sobre todo, de la disposición del Vaticano a conceder lo que sea con tal de plantar su bandera en Pekín.

No es de extrañar, pues, que el recuerdo del Concilium Sinense de Shanghai (mayo-junio de 1924) haya sido una oportunidad para reinterpretar la historia y adaptarla así a las necesidades actuales. Pero, ¿qué fue el Concilio de Shanghai? Ante todo, fue la forma en que comenzaron a ponerse en práctica en China las indicaciones al mundo misionero que el Papa Benedicto XV había dado en su Carta Apostólica Maximum Illud (1919): el Papa constataba que, en diversas partes del mundo, la tarea misionera se veía frenada por la excesiva dependencia del clero de las potencias coloniales que controlaban esas regiones; de ahí, por ejemplo, la necesidad de promover la creación de un clero autóctono “perfectamente formado”: “Así como la Iglesia de Dios es universal y, por tanto, de ningún modo extraña a ningún pueblo, así conviene que en cada nación haya sacerdotes capaces de dirigir, como maestros y guías, a sus propios compatriotas por el camino de la salud eterna”.

Monseñor Celso Costantini, enviado como delegado apostólico a China por el Papa Pío XI a finales de 1922, fue el gran director de este viaje, y ya en 1926 tuvo lugar en Roma la ordenación de seis obispos chinos, una forma de subrayar que la “indigenización” de la Iglesia estaba estrechamente ligada a su universalidad.

El intento no demasiado velado de las dos conferencias celebratorias de estos días es crear un paralelismo entre aquel proceso de “nacionalización” y la actual “sinicización” impuesta por el presidente chino Xi Jinping a través de la Asociación Patriótica Católica China, y avalada por las jerarquías vaticanas. Así lo demuestra también un pasaje del videomensaje del Papa Francisco a la conferencia romana, cuando ha pronunciado: “En Shanghai, los Padres reunidos en el Concilium Sinense vivieron una experiencia auténticamente sinodal y tomaron juntos importantes decisiones. El Espíritu Santo los reunió, hizo crecer la armonía entre ellos, los condujo por caminos que muchos de ellos no habrían imaginado, superando incluso perplejidades y resistencias. Esto es lo que hace el Espíritu Santo que guía a la Iglesia”. En la práctica, dice el Papa, el Espíritu Santo, a través de la sinodalidad, les hizo pasar de oponerse a la ordenación del clero local a abrir “nuevos caminos”. Y lo que parece querer decir es que quienes critican el acuerdo con China no están abiertos al Espíritu Santo.

El paralelismo con el Concilio de Shanghai, sin embargo, es una evidente exageración histórica. No sólo por el contexto político y social de entonces, totalmente distinto del actual: China vivía aún en la agitación que siguió a la revolución republicana de 1911-12 que había derrocado a la dinastía Qing, a la Primera Guerra Mundial y a la época de los señores de la guerra. Una situación muy alejada de la del actual régimen totalitario que hoy controla con puño de hierro toda China y tiende a expandirse.

Pero sobre todo, en los documentos de los papas Benedicto XV y Pío XI, en la obra de monseñor Costantini, en la actuación de importantes figuras católicas chinas de la época (también recordadas en estas conferencias) queda claro que la única preocupación real era “el anuncio de Cristo”. Era el celo misionero el que impulsaba a encontrar los mejores medios para hacer llegar a Cristo a cada hombre, a cada pueblo. No había cálculos políticos, sino que se llamaba a los misioneros a su vocación original, que “no son enviados por su país, sino por Cristo”. El proceso de indigenización del clero, por tanto, fue fruto del celo misionero. En cambio, en las conferencias de Milán y Roma se percibe claramente el camino opuesto: organizar la Iglesia de forma que se legitime su “nacionalización”, pero precisamente en el sentido deseado por el régimen comunista. Básicamente, todos los discursos llevaban implícito este objetivo.

Hay un segundo aspecto muy importante y necesario para revelar la mentira artera en la que se basan ciertas posiciones. Al forzar el paralelismo entre la actitud actual del Vaticano y la del siglo pasado, se salta todo lo que ha ocurrido en los últimos cien años, y lo que sigue ocurriendo hoy. La Iglesia china, por pequeña que sea en número, ha dado grandes pruebas de fe a través del martirio: sólo desde la llegada del régimen comunista en 1949, miles de católicos chinos han pagado con sangre su pertenencia a Cristo y su lealtad al Papa. Y siguen pagando esa pertenencia con una persecución sistemática, agravada tras los acuerdos China-Santa Sede de 2018. Una persecución que ahora se ha extendido también a Hong Kong, donde hay decenas y decenas de católicos en prisión. Es el martirio y la fidelidad de tantos lo que prueba que la Iglesia se ha vuelto verdaderamente china; ésta es la verdadera “sinicización” que habría que seguir persiguiendo.

En cambio, un trágico silencio ha descendido sobre toda esta realidad desde el Vaticano en las dos conferencias sobre el Concilio de Shanghai. A un oyente inconsciente de la situación real le habría parecido que debía ser la Iglesia la que se enmendara de sus pecados contra China. Porque el oyente inconsciente no sabe que el silencio es el precio que hay que pagar por esperar “tener una presencia estable” en Pekín. A costa de los católicos chinos.

Foto grande: monseñor Shen Bin, obispo de Shanghai, y el cardenal Pietro Parolin (LaPresse)



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