• MUERTO A LOS 98 AÑOS

Vanhoye, el biblista que dijo no a las mujeres sacerdote

El 29 de julio murió en Roma el cardenal francés Albert Vanhoye, el más anciano del Sagrado Colegio y gran exégeta. Estimado por Ratzinger, se convirtió en secretario de la Pontificia Comisión Bíblica y dirigió el grupo de trabajo que redactó “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”. Un documento muy esperado, que entre otras cosas puso freno a los excesos del enfoque feminista. Como la idea de las mujeres sacerdotes, que Vanhoye se preocupó de desmontar incluso en uno de sus escritos sobre la Carta a los Gálatas.

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Con Albert Vanhoye (1923-2021), fallecido en Roma el jueves 29 de julio a la edad de 98 años, se marcha no solo el miembro más anciano del Sagrado Colegio, sino también el mayor erudito bíblico y exégeta católico en vida. Un Jesuita de la vieja escuela, nacido en Francia a pocos kilómetros de Dunkerque (lugar famoso por la evacuación de soldados británicos en 1940), fue rector del Pontificio Instituto Bíblico desde 1984 hasta 1990.

En 1990 fue el encuentro profesional con Joseph Ratzinger, quien lo tuvo como consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe, de la que era prefecto el entonces cardenal alemán, y secretario de la Pontificia Comisión Bíblica (PCB), de la que era presidente. Vanhoye fue llamado a liderar el trabajo colectivo iniciado en 1989 para la redacción de “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, documento muy esperado sobre el tema publicado en 1993. Ya en esa ocasión se hizo evidente la consideración que el actual Papa Emérito tenía para el jesuita francés, ya que le dejó carta blanca sobre la gestión de un expediente caliente.

Solo dos años antes de que Vanhoye fuera nombrado secretario de la PCB en lugar del sulpiciano Henri Cazelles -que ya había comenzado los trabajos y que fue reemplazado junto con otros diez miembros de la Comisión- el debate entre los expertos había estallado tras una conferencia celebrada en Nueva York en la que el entonces cardenal Ratzinger había criticado duramente el método de la historia de las formas literarias, quejándose de que los planteamientos metodológicos de los fundadores Bultmann y Dibelius habían “alcanzado en gran medida una autoridad similar a la de un dogma”.

Cuando salió “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, varios expertos partidistas acusaron a la Pontificia Comisión Bíblica de haber trabajado bajo el dictado del odiado Panzerkardinal. Un escenario desmentido por el propio Vanhoye en una entrevista en la que calificó a su superior de “admirablemente discreto” durante las reuniones y desmentido por el propio texto que, como recordaba el jesuita en un importante artículo, “defiende abiertamente el método histórico-crítico” pero “afirma (...) la necesidad de una interpretación plenamente válida de los textos bíblicos”, defendiéndolo así “contra sus propias tentaciones” y en particular “contra la tentación del historicismo y la de perderse en las arenas del análisis hipercrítico”.

Reclamando la autonomía de la Comisión, Vanhoye explicó en una entrevista que Ratzinger en Nueva York había argumentado que “la Formgeschichte se fundó sobre supuestos filosóficos contrarios a la fe; respondimos indicando que, en su esencia, el método histórico crítico no está ligado a los presupuestos de Bultmann y Dibelius, y que es necesario utilizar este método para liberarlo de cualquier presupuesto contrario a la Iglesia”. El planteado en Estados Unidos por el futuro Benedicto XVI, en cambio, fue un problema sentido por el propio Vanhoye a quien le gustaba recordar cómo “la Biblia no es una colección de tratados filosófico-teológicos, no es un camino didáctico-simbólico para adquirir un conjunto de verdades religiosas eternas: la Biblia habla de la iniciativa de Dios de ponerse en contacto con los hombres, en nuestra historia”.

La gestión del debate en la Comisión Bíblica convocada en la redacción de “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” no fue fácil, como lo demostró la ruptura -destacada a petición de los 'perdedores' - sobre el último apartado del párrafo que trataba del enfoque feminista. Tras archivar un texto más duro, al final pasó con 11 votos a favor sobre 19 (4 contrarios y 4 abstenciones) la línea de los miembros que, como explicó el entonces secretario, “creyeron necesario resistir con firmeza a los excesos del feminismo, que causaron graves daños a la Iglesia”. Una línea compartida por Vanhoye según la cual el “pensamiento expresado por el texto corresponde a la verdad: la exégesis feminista no debe ‘perder de vista la enseñanza evangélica sobre el poder como servicio’”.

Se trataba de “excesos” que el jesuita se preocupó de refutar, por ejemplo, en su comentario a la Carta a los Gálatas, explicando que la negación de las distinciones de Pablo presentes en un versículo (Gálatas 3, 28) “no se aplica a todos los niveles de la existencia humana y ni siquiera a todos los niveles de la vida cristiana”, al contrario, “se debería decir que para una cristiana y un cristiano el matrimonio es imposible, ya que en Cristo no hay varón ni mujer”. El gran exégeta apagó así las ilusiones de quienes se aferraban a este pasaje para defender la causa de las mujeres sacerdotes. “Es evidente que el sacerdocio ministerial no está al nivel de la negación paulina de las distinciones y, por lo tanto, el argumento tomado del texto para revindicar la ordenación sacerdotal de mujeres no tiene valor”, escribió en su libro sobre la Carta a los Gálatas.

Cuando su ex presidente del PCB se convirtió en Papa, con el nombre de Benedicto XVI, pronto se acordó de él y lo nombró cardenal en el primer Consistorio. En 2008, también quiso que predicara los ejercicios espirituales cuaresmales de la Curia romana, agradeciéndole las meditaciones sobre el sacerdocio a partir de la imagen de Jesús que lava los pies de Pedro. El cardenal Vanhoye falleció pocos días después de cumplir 98 años, en la residencia romana de los jesuitas “San Pietro Canisio”. La Iglesia perdió a un gigante que, comentando la Carta a los Gálatas, invitaba con Pablo a defender siempre la libertad cristiana porque “los riesgos, de hecho, no deben conducir al abandono de la doctrina”.

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