Pentecostés por Ermes Dovico
GUERRA Y DIPLOMACIA

Ucrania, Occidente autolesivo: nace el “frente de la negociación”

Mientras Rusia, por un lado, EE. UU. y la UE por otro, se atornillan en un enfrentamiento implacable que perjudica a todos, emerge un grupo de países interesados ​​en presionar para que termine la guerra: Turquía, Brasil e India, que temen una nueva recesión mundial y el fortalecimiento de China, debido al conflicto entre ambos bloques.

Internacional 03_05_2022 Italiano English

El canciller turco, Mevlut Cavusoglu, anunció que el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, estaría dispuesto a organizar, junto con el gobierno de Ankara, una visita conjunta de líderes de varios países a Moscú para un nuevo intento más sólido de organizar una negociación que ponga fin a la guerra ruso-ucraniana. Además, Cavusoglu confirmó que su primer ministro Erdogan continúa patrocinando un encuentro entre el presidente ruso Putin y el presidente ucraniano Zelensky. Mientras tanto, el primer ministro indio, Narendra Modi, partió para una visita a Europa que incluirá Alemania, Dinamarca y Francia. Una visita en la que, aunque no se haya concretado explícitamente, es muy probable que también se hable del conflicto en curso.

Está claro, en definitiva, que tras los infructuosos intentos de mediación llevados a cabo hasta ahora, que culminaron con la tardía y fallida visita a Moscú y Kiev del secretario general de la ONU, Guterres, se afianza una convergencia entre países alineados hasta ahora en una posición más o menos intermedia, cada vez más preocupada por la continuación y posible escalada de la guerra, y seriamente decidida a superar el estancamiento en curso, caracterizado por el aparentemente inquebrantable “muro contra muro” entre Putin y Occidente alineado con los Estados Unidos.

¿Qué tienen en común India, Turquía y Brasil? Son países, cada uno desde su punto de vista, cercanos a Occidente pero que, sin embargo, también tienen relaciones económicas y políticas con Rusia, y están decididos a no perjudicarlas. Son países populosos, jóvenes y económicamente en crecimiento, convencidos de que una guerra prolongada no sólo entraña graves peligros para su seguridad, sino que produce consecuencias económicas catastróficas, y puede conducir -de hecho, ya está conduciendo- a una nueva recesión mundial, después de la que apenas ha culminado debido a las restricciones adoptadas contra el Covid. Y finalmente, last but not least, quieren evitar a toda costa que el enfrentamiento frontal entre Estados Unidos y Rusia refuerce la posición de China, succionándola inexorablemente hacia la hegemonía de Pekín. De hecho, en lo que respecta a la guerra, es evidente la diferencia sustancial entre la actitud de esos países y la del Imperio en medio, sin ninguna intención por el momento de emprender iniciativas de paz, pues cree poder aprovechar el debilitamiento de Rusia, pero también de los occidentales.

Por tanto, está surgiendo una suerte de nuevo frente de los “no alineados” en un cuadro de conflicto mundial en donde ya no existen sólo los dos polos de Washington y Moscú, como en la época de la Guerra Fría; sino también un tercero, Beijing, que amenaza con volverse más poderoso que los otros dos. Y este frente, que es fácil prever que contará con el apoyo de otras naciones en ascenso como Sudáfrica o Indonesia, también tendrá como objetivo involucrar a algunos países europeos aliados de Estados Unidos, como Alemania y Francia, no en vano se oficializa el viaje de Narendra Modi. De hecho, Alemania y Francia han expresado hasta ahora perplejidad y reservas sobre las duras sanciones a Rusia, cuyos costes económicos se están dejando sentir principalmente en el Viejo Continente, y sobre la decisión de la OTAN de avivar el conflicto enviando cada vez más armamento, y cada vez más poderoso, a Kiev.

Lo que más sorprende de esta situación es, si acaso, el hecho de que mientras en el resto del mundo hay una clara conciencia de que la continuación de la guerra representa un daño enorme, Rusia y Occidente parecen no darse cuenta de ello, e insisten en una confrontación implacable que es objetivamente autolesiva para ambos, dilapidando ingentes recursos y empobreciéndose, saboteando sistemáticamente hasta la más mínima mediación.

Al razonable realismo de los países “tercermundistas”, interesados ​​en el crecimiento y salvaguarda de espacios para el comercio mundial, parece responder -a una nueva Cortina de Hierro cerrada en medio de Europa, aparentemente incluso más rígida que la de la Guerra Fría- al inicio de una espiral sin salida de agresiones y represalias, que pone en peligro cualquier posible convivencia en el presente y quizás también en el futuro. Un torbellino de violencia que representa un verdadero cupio dissolvi para zonas del mundo todavía poderosas y prósperas, pero demográficamente en declive, cada vez más envejecidas, desde hace algún tiempo en riesgo de estancamiento estructural, y muy necesitadas de una atmósfera de paz y confianza en donde sentar las bases de un nuevo desarrollo más sólido.

Y, sin embargo, existe una diferencia sustancial, en este sentido, entre la posición de Rusia y la de los países occidentales. La primera es, en realidad, un país-civilización con un largo pasado imperial, que tras el derrumbe de la Unión Soviética nunca logró integrarse plenamente a la economía globalizada, limitándose a explotar su posición como exportador de muchas materias primas. El impulso revanchista y neo imperialista que llevó a Putin a la redde rationem con Kiev, y a la prueba de fuerza con la OTAN, es fruto del círculo vicioso de un poder decadente, de la búsqueda de un éxito que consolide en torno al poder centralizado el consenso de la vasta federación, evitando el espectro siempre inminente de la disolución. Pero las sociedades occidentales, a ambos lados del Atlántico, no sólo no necesitarían mitos bélicos para reagruparse sino también confianza y crecimiento, sino que tendrían todo el interés en minimizar las oportunidades de división y tensión en Europa y en el cercano Oriente, y en mantener intacta una zona de convivencia pacífica y asociación euroasiática, en la perspectiva de un difícil enfrentamiento con Pekín.

La insistencia de Estados Unidos y sus aliados en perseguir una ruptura total con Moscú, y en crear un marco estable de conflicto radical en el Viejo Continente, aparece como una especie de profecía autocumplida: un Occidente redimensionado en el mundo globalizado y multipolar que hace todo lo posible para acelerar su propio posterior redimensionamiento.