Ucrania-Irán: una lección sobre la inutilidad de la guerra
Los acontecimientos de estos días ponen de manifiesto que potencias mundiales como Rusia y Estados Unidos no han sido capaces de alcanzar los objetivos por los que iniciaron una guerra, a pesar de su clara superioridad militar, y no es casualidad.
En los últimos días ha despertado interés el hecho de que el desfile de Moscú del Día de la Victoria, el 9 de mayo, que celebra la victoria sobre el nazismo, se haya celebrado con un tono más discreto que en años anteriores: apenas tres cuartos de hora, sin tanques, sin misiles, mostrando su poderío militar solo en vídeo, y un discurso del presidente ruso Putin mucho más conciso de lo habitual. Se ha hablado de miedo a posibles ataques ucranianos, pero también han circulado rumores sobre el temor a un golpe de Estado en Moscú. Siempre es difícil determinar qué hay de verdad y de propaganda en la información que circula, pero lo cierto es que, comparado con los tonos triunfalistas de años anteriores, el desfile de este año ha ofrecido objetivamente una imagen de vulnerabilidad y de un régimen que está a la defensiva.
La realidad es que, tras más de cuatro años de guerra en Ucrania, los objetivos territoriales fijados aún no se han alcanzado y no es posible prever si se alcanzarán. Es una situación que Moscú no preveía porque consideraba la campaña de Ucrania un asunto de pocas semanas; y es una paradoja si se tiene en cuenta la disparidad de fuerzas entre Rusia y Ucrania.
Si pasamos a Oriente Medio, encontramos otra situación análoga, o más bien una doble situación. Estados Unidos ha atacado Irán, impulsado por Israel, pensando en zanjar el asunto en tres o cuatro semanas como máximo, tal y como había anunciado el presidente estadounidense Donald Trump. Los golpes sufridos en los últimos meses por el régimen de los ayatolás, las grandes protestas populares del pasado enero (reprimidas sangrientamente) y las divisiones internas del régimen habían dado la ilusión del final del régimen, por lo que bastaría con un empujón para eliminarlo y, con él, la temida amenaza nuclear.
Sin embargo, como estamos viendo, las cosas han ido de forma muy diferente: ya han pasado diez semanas y la situación se ha complicado mucho, y los últimos acontecimientos lo demuestran. En su habitual publicación en la red social Truth, Trump ha calificado anoche de “absolutamente inaceptable” (“totally unacceptable”) la respuesta de Irán a la propuesta estadounidense de un acuerdo duradero. De esta manera, la situación vuelve a estar en el aire, pero ahora Estados Unidos se encuentra en grandes dificultades porque, con toda su fuerza militar, no ha sido capaz de doblegar a Irán: por este motivo, Teherán responde con un rotundo “no” incluso en cuanto a los términos de un posible acuerdo, pero para Washington reanudar los bombardeos no será fácil, tanto porque la disponibilidad de municiones empieza a escasear como porque la victoria militar sobre el terreno estaría lejos de ser segura. Y sin contar que Trump debe tener en cuenta las elecciones de mitad de mandato de noviembre, que no le permiten alargar demasiado una guerra que ya le ha provocado una caída espectacular en su índice de popularidad.
Paralelamente, también el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se encuentra en una situación similar. Tras la trágica masacre de ciudadanos israelíes sufrida el 7 de octubre de 2023, comenzó una guerra total para eliminar la presencia de Hamás en Gaza, de Hezbolá en el Líbano y del régimen iraní. Si en el caso de Irán ya lo hemos visto, lo mismo puede decirse de los otros dos frentes: Gaza ha sido arrasada, pero Hamás sigue allí; el ejército israelí ha invadido el sur del Líbano, ha bombardeado Beirut y otras ciudades libanesas, pero Hezbolá sigue vivo.
¿Cómo es posible que en todos estos casos no se haya sido capaz de alcanzar los objetivos, independientemente de si se comparten o no? Seguramente por errores de subestimación de las fuerzas del enemigo, o de sobreestimación de las propias; pero también porque —y esto es evidente en los casos de Ucrania e Irán— entran en juego otras potencias que tienen interés en detener a los “agresores” y apoyan a las “víctimas predestinadas”.
El resultado es que, para poner fin a la guerra —y siempre que a nadie se le ocurra utilizar las armas nucleares—, será necesario llegar a un acuerdo negociado, lo que implica necesariamente rebajar los objetivos, pero con una situación peor que la anterior a la guerra.
En Ucrania, un acuerdo también podría prever que Rusia se anexione los territorios ucranianos ya conquistados, pero serán territorios que habrá que rehabilitar y reconstruir, y Moscú tendrá que hacer frente a las pérdidas económicas y humanas sufridas: las estimaciones consideradas más realistas hablan de al menos 200.000 soldados muertos (algunas llegan hasta los 325.000), pero si se suman los heridos, las pérdidas superan el millón de personas. Una auténtica bomba social, a lo que hay que sumar las repercusiones políticas y militares de una operación que ha salido mal.
Respecto a la guerra en Irán, Estados Unidos se encuentra negociando un acuerdo que corre el riesgo de empeorar la situación anterior al 28 de febrero: el régimen sigue ahí, el programa nuclear quizá se retrase pero no se cancelará, podría reconocerse a Teherán algún derecho sobre el estrecho de Ormuz y, a cambio, podrían revocarse, total o parcialmente, las sanciones contra el régimen de los ayatolás. Todo ello, obviamente, sin tener en cuenta las graves consecuencias sobre el coste de la energía y la seguridad alimentaria que todo el mundo se ve obligado a pagar. A esto hay que añadir también la carga de sufrimiento y odio que toda guerra conlleva y que se transmite de generación en generación.
¿Qué nos dice todo esto? Que antes de ponernos a disertar sobre la “guerra justa” habría que reflexionar ante todo sobre la inutilidad de la guerra para alcanzar objetivos políticos y económicos. No se trata de pacifismo, sino de realismo. El pacifismo, con su utopía, favorece la violencia y la ley del más fuerte; el realismo, en cambio, junto con una inversión adecuada en defensa, sugiere buscar por todos los medios resolver los conflictos conciliando los distintos intereses, rechazando la idea de que la paz se pueda obtener eliminando a una parte, por pequeña o grande que sea, de la humanidad.
