Trump fuera de control: el ataque a León despierta recelo incluso entre los católicos
El ataque injustificado de Trump al Papa, que le ha respondido con la misma claridad, echa por tierra el apoyo que muchos católicos sentían por el presidente de EE.UU. y despierta recelo, mientras que la perspectiva de borrar por completo la civilización iraní huele a simpatía por la ideología sionista.
“No tengo intención de entrar en un debate con él”, así ha cerrado el Papa León el triste capítulo de los ataques del presidente estadounidense contra su persona. Y la frase suena más a desprecio que a pacificación.
Tras la vigilia de oración en el Vaticano del sábado 11 de abril, Donald Trump había descrito al Papa como “débil frente a la delincuencia y pésimo en política exterior”, con una advertencia aún más contundente: “Sin mí no estaría en el Vaticano”. El Papa León, en el avión de camino a África, ayer 13 de abril, y como respuesta a la advertencia, ha aseverado: “No le tengo miedo a la administración Trump”, “hablo del Evangelio” y “seguiré alzando la voz contra la guerra”. León ha concluido diciendo: “No creo que se pueda abusar del Evangelio de la forma en que algunas personas lo están haciendo”.
Sin duda se trata de algo inaudito y muchos se preguntan cuáles pueden ser los motivos de unas actitudes tan descaradamente desmesuradas, si es que existen. El plano político no ha querido tener en cuenta su propia diversidad respecto al plano religioso. Trump, de hecho, ha considerado al Papa como un actor político que se entromete en los asuntos ajenos y no como el Pontífice de la catolicidad. En este sentido, se leen en la prensa críticas procedentes de diversos sectores, no solo de los obispos estadounidenses, sino también de instituciones y figuras políticas de diversa orientación.
Por lo general, el lenguaje de la política tiende a ser evasivo para salvaguardar los “arcana imperii”, es decir, los oscuros secretos del poder. Cuando el poder quiere decir algo, lo hace mediante alusiones y en clave, habla en voz baja y no a voz en grito. No es así en el caso del presidente estadounidense, que de hecho habla directamente en su plataforma Truth, considerada un espacio apolítico donde se puede publicar de todo.
A este tipo de comunicación se oponen las palabras del Papa León con igual claridad. Los dos sistemas comunicativos han entrado en colisión porque ambos han querido hablar con claridad, aunque su concepto de “claridad” sea diferente.
Hablando de claridad, hay que señalar que algunas intervenciones recientes del Papa León no se habían limitado a un discurso general y genérico sobre la guerra, sino que se habían referido a la administración estadounidense. Una característica de las intervenciones de León sobre la guerra es su precisión. Desde los primeros días de este 2026, el Gobierno estadounidense ha dado muchas muestras de malestar, hasta el punto de convocar al nuncio apostólico en Estados Unidos el pasado 22 de enero. También la difusión de una frase sobre un “traslado del Papa a Aviñón”, que primero circuló y luego se relativizó, había marcado un aumento de la tensión en las relaciones.
La fase aguda ha estallado, como es sabido, el pasado 7 de abril, tras las siguientes palabras del presidente Trump: “Toda una civilización morirá esta noche, para no volver jamás a la vida. No quiero que eso ocurra, pero probablemente sucederá”, lanzando además un ultimátum a Irán para las siguientes 48 horas. Al ser consultado de inmediato, el Papa León calificó de “inaceptable” la amenaza “contra el pueblo de Irán”, precisando que “aquí hay cuestiones, ciertamente de derecho internacional, y aún más, una cuestión moral”. Probablemente, a la Casa Blanca tampoco le había gustado un llamamiento al Parlamento estadounidense contenido en una nota vaticana.
Ahora bien, la afirmación del presidente sobre la destrucción de una civilización era verdaderamente inaceptable, al igual que tantas otras expresiones pronunciadas por él y su equipo, en particular el secretario de Guerra Hegseth, con sus diversas promesas groseras: “Los mataremos”, “los exterminaremos”. Lo dicho por Trump sobre la destrucción de una civilización que habría supuesto la destrucción de un pueblo, tanto si pretendía prometer algo real como si se trataba de una advertencia intimidatoria, merecía con creces la condena moral del Papa.
Antes de esa intervención, las observaciones del Papa León sobre la guerra habían sido equilibradas y se dirigían a todos los actores, dado que en ese complejo conflicto las responsabilidades son múltiples, pero tras la amenaza de destruir toda una civilización, los llamamientos generales ya no bastaban. Era necesario condenar un proyecto específico. Y específica fue también la frase pronunciada ayer en el vuelo hacia Argelia y ya recordada: “No creo que se pueda abusar del Evangelio de la forma en que algunas personas lo están haciendo”. Aquí la referencia fue a las numerosas invocaciones a Dios del secretario Pete Hegseth y a la famosa oración del personal presidencial en el Salón Oval de la Casa Blanca, con las manos extendidas sobre la cabeza de Trump.
En cuanto a los motivos que estarían detrás de este ataque al Vaticano, es muy difícil aventurar hipótesis, dado el estilo de quien lo ha lanzado. Es más fácil observar los efectos negativos sobre su autor. Muchos católicos tenían motivos válidos para depositar sus esperanzas en Trump, no solo entre su base estadounidense, sino también en todo el mundo. El ataque gratuito al Papa dilapida este patrimonio de consenso y suscita sospechas, mientras que la perspectiva de borrar toda la civilización de Irán huele a simpatía por la ideología sionista. En términos más generales, muestra una obstinación en la arrogancia que normalmente los políticos arrogantes suelen disimular. Parece que Trump continúa su denodada búsqueda de nuevos oponentes.
