Transfiguración del Señor

En el prefacio, la liturgia de la Transfiguración recita que Nuestro Señor «hizo resplandecer una luz incomparable para preparar a sus discípulos al escándalo de la cruz»

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Cuando introdujo los misterios de la luz en el rezo del Rosario, san Juan Pablo II escribió que la escena evangélica de la Transfiguración de Nuestro Señor puede ser considerada un «icono de la contemplación cristiana». Y nuestro fin, como el de los apóstoles anonadados y extasiados ante la divina majestad, es «fijar la mirada sobre el rostro de Cristo». Como testimonios del inefable misterio de su Cuerpo glorioso, Jesús quiso consigo a Pedro, Santiago y Juan, es decir, a su vicario en la tierra, al primer mártir de los Doce y al discípulo predilecto, que es quién escribió el libro que cierra la Sagrada Biblia. Precisamente en el epílogo del Apocalipsis, Jesús da una última definición de Sí mismo llamándose  «la estrella radiante de la mañana» (Ap 22, 16), que resplandecerá sobre quien tiene sed de Él, en unión con su Cuerpo místico, la Iglesia.

Sobre el santo monte (2 Pt 1, 18), identificado con el Tabor, los tres apóstoles tuvieron un anticipo del premio del cual gozarán eternamente los redimidos: «(…) su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz» (Mt 17, 2). Quienes conversaron con Jesús fueron Moisés y Elías, que representan la Ley y los Profetas, por lo tanto la continuidad del único plan de salvación de Dios que se revela entre la Antigua y la Nueva Alianza. Como ya en el Bautismo en el Jordán, otro misterio de la luz, también en esta epifanía el Padre da testimonio del Hijo que ha venido para estar en medio de los hombres: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». La voz viene de una nube luminosa, símbolo del Espíritu Santo, que completa la unidad trinitaria. Frente a tanta gloria los apóstoles caen de bruces, llenos de sagrado temor. Pero llevarán dentro de sí esa alegría que Pedro, incluso siendo humanamente incapaz de penetrar ese misterio de salvación, había expresado antes así: «¡Qué bueno es que estemos aquí!».

El episodio de la Transfiguración acontece después de la solemne confesión petrina («Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo») y el primer anuncio de la Pasión, en el cual Pedro había protestado ante la idea de que Jesús tuviese que sufrir y ser asesinado. Se puede decir que este es el contrapunto del misterio doloroso del Huerto de los Olivos, donde los testigos elegidos serán, de nuevo, Pedro, Santiago y Juan. En Getsemaní, en vez de la luz divina del Hijo, se manifestarán las tinieblas del pecado que Jesús, para redimirnos, asumirá en su sagrada humanidad, sudando lágrimas de sangre. Es el preludio doloroso al Calvario.

Precisamente en los días entre el primer anuncio de la Pasión y la Transfiguración, Jesús había dicho: «Si alguno de vosotros quiere seguirme, que reniegue de sí mismo, coja su cruz y me siga». En el prefacio, la liturgia de la Transfiguración recita que Nuestro Señor «hizo resplandecer una luz incomparable para preparar a sus discípulos al escándalo de la cruz». Una prefiguración de la gloria futura, en definitiva, que pasa por la cruz, según el camino enseñado por Jesús, abrazado por María y después imitado por los apóstoles. Ejemplos seguros para ganar el Paraíso.

 

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