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“Señor, todo esto es difícil, ¿qué quieres que haga?”. Propuesta: Hagamos un voto

Estamos a merced del miedo y el pánico, así que tenemos que intentar entender el lenguaje de Dios, preguntarle con un corazón dispuesto y humilde: “Señor, ¿qué quieres que haga?”. Hagamos algo inteligente: hacer votos. Dios está hablando con elocuencia: ¿Estamos encerrados? Entonces hagamos un voto para dedicar más tiempo al Señor el domingo. ¿No podemos ir a misa? Hagamos un voto para que, cuando podamos volver a las celebraciones, lo hagamos sin orgullo.

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Cada día un poco más difícil. Ahora ni siquiera podemos ir a dar un paseo. Hay que quedarse en casa. No importa si uno vive en ciudad o en montaña, si puedes cruzarte con otras doscientas personas en el parque o como mucho a dos corzos y un buitre, no hay ninguna diferencia. Tienes que quedarte en casa. Punto. Hasta hace poco, se nos decía que caminar al aire libre era bueno para el sistema inmunológico, y más aún si las temperaturas exteriores son bajas. Lo llaman “Nordic-walking”. También nos decían que el sedentarismo tiene un impacto negativo en nuestras defensas naturales y que el estrés prolongado aumenta el riesgo de enfermedades. Ahora tenemos contraorden, camaradas.

Está claro que estamos a merced del miedo y del pánico; no me sorprendería que nos prohibiesen hablar y que nos ordenaran respirar con moderación. A nivel eclesial, la situación no parece mejor; aquí también predomina el miedo: al virus, a las ordenanzas, a la reacción de la gente presa del terror.

¿Qué se puede decir? Sacudamos la cabeza, sonriamos y sigamos adelante. Hay un episodio muy significativo en la vida de san Benito, en el que el gran patriarca del occidente cristiano queda un poco mal. En el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno, en el capítulo veintitrés, se cuenta la visita anual que Benedicto hizo a su hermana Escolástica. Esta última, deseosa de seguir bebiendo de la ciencia divina que brotaba de los labios de su hermano, le rogó que pasara la noche allí para seguir hablando de Dios. San Benito, que de ninguna manera quería que los monjes pasaran la noche fuera del monasterio sin una necesidad real, se negó. Santa Escolástica se dirigió entonces directamente a Dios y su oración fue rápidamente escuchada: hubo relámpagos, truenos, relámpagos y tal rugido de agua que Benedicto se vio obligado a quedarse con ella, no sin antes reprocharle a su hermana su insolente oración. Pero Escolástica respondió con sencillez: “Mira, te lo he pedido y no me has escuchado. Se lo he pedido al Señor, y Él me lo ha concedido”.

Muchos han intentado pedir a los gobernantes y a los pastores que tomen mejores decisiones y no prohíban lo que es bueno para el cuerpo y el espíritu, pero nadie los escucha. Al contrario, a estas alturas se nos acusa de ser irresponsables y de arriesgar la vida de otros. Así que nos dirigimos directamente a Él, al Señor. Y esto podemos hacerlo no sólo con la oración, sino ante todo con esa súplica que es el cambio en nuestras propias vidas.

En efecto, no se nos debe escapar el hecho de que Dios se sirve de cualquier cosa para llamar al hombre a la verdadera conversión: acercar a los lejanos, calentar a los tibios, hacer perfectos a los que ya desean ardientemente amarlo y seguirlo. En esta situación particular en la que nos hemos encontrado de la noche a la mañana, podemos y tenemos que intentar entender el lenguaje de Dios, preguntándole con un corazón dispuesto y humilde: “Señor, ¿qué quieres que haga?”.

“Haced votos y cumplidlos a Yahveh” (Salmo 76, 12). Hacer votos, como muy bien explica santo Tomás (Summa Th. II-II, q. 88, a. 4), es algo bueno, porque significa prometer al Señor cosas que nos hacen bien a nosotros mismos, a nuestra alma. En el voto no añadimos nada a Dios, sino que le ofrecemos algo que Él mismo espera de nosotros, para nuestro bien. Porque Dios no quiere nada más que nuestra conversión y santificación. ¿Pero cómo podemos saber lo que es más agradable para Dios?

Me parece que en esta situación el Señor ha hablado de manera bastante elocuente: ha permitido que estemos encerrados en nuestras casas, que nuestra vida económica y de entretenimiento estén prácticamente aniquiladas, que no tengamos ya posibilidad de ir a misa o de tener una vida sacramental normal. Es la forma con la que Dios nos comunica la sed que tiene de nosotros, de nuestras almas, de nuestro tiempo, el deseo que tiene de estar con nosotros, la voluntad de elevarnos a las cosas de allá arriba.

Todos los lugares de recreo y entretenimiento han sido cerrados, lugares donde muy a menudo se ha consumado el pecado en todas sus formas, lugares que nos han mantenido alejados mucho tiempo de ese silencio y soledad en los que Dios habla. Hagamos un voto al Señor para reducir el tiempo que desperdiciamos de esta manera, o más bien para reajustarlo, para pasar ese tiempo en la oración, en la meditación, en la vida familiar, en las amistades sanas.

Los domingos ahora prácticamente todas las tiendas están cerradas y ya no se puede ni siquiera ir al parque; ¿cuántas veces ha sido el domingo una oportunidad para ir de compras, divertirse o incluso hacer más negocios? Eliminemos decididamente estas prácticas que han profanado el día del Señor y hagámosle un voto de que, de ahora en adelante, el domingo será Su día: un día dedicado a profundizar nuestra fe, un día de oración más intensa, un día para vivir más caridad con nuestros seres queridos y hacia los necesitados. Borremos la mentalidad de fin de semana y volvamos a entender y vivir el domingo como dies Domini.

No podemos ir a misa. ¿Pero cómo eran las celebraciones de la Eucaristía hasta ayer? Hemos dedicado ya más de un artículo a denunciar que las misas y las iglesias se estaban convirtiendo en una oportunidad para hacer todo excepto dar culto a Dios. Y ahora el Señor ha dicho “basta”. Quitemos la iniquidad de delante de sus ojos, empezando por nosotros mismos, por todas las veces que hemos puesto excusas para no ir a la misa dominical, por la superficialidad con la que hemos participado en ella, por todas aquellas situaciones en las que la misa se ha convertido en una vacía y soberbia celebración de nosotros mismos, de nuestras comunidades, del compromiso social, etc. Y después hagamos votos: cuando la emergencia termine, prometamos no sólo asistir a la misa del domingo, sino también a alguna entre semana; y los que ya asisten a la misa entre semana, que prometan prestar más atención a la preparación y a la acción de gracias. Roguemos al Señor que nos devuelva la Santa Misa por lo que es: Su sacrificio por la salvación del mundo.

Dios está llamando en voz alta a la conversión y está llamando a su pueblo en primer lugar. De ahora en adelante, hagamos un corte radical con todo el pecado, sacudámonos la mediocridad, purifiquémonos de la mundanidad y de la superficialidad de la vida. Propongamos sinceramente, con determinación y generosidad, cambiar nuestras vidas, dar más espacio a Dios. Y habiendo eliminado el pecado, hagamos votos. Y Dios escuchará nuestra súplica, especialmente si va acompañada de lágrimas de arrepentimiento.

Y consagremos al Inmaculado Corazón de María, a quien Dios ha elegido como refugio de todo mal, a nuestro pueblo, nuestras familias, nuestros países, nuestras parroquias, nuestras diócesis. Recemos para que nuestros obispos consagren solemnemente nuestro país a este Inmaculado y bendito Corazón, que intenta por todos los medios protegernos, pero que constata siempre que no queremos estar bajo su protección maternal.

“Mira, te lo he pedido y no me has escuchado. Se lo he pedido al Señor, y Él me lo ha concedido”: que esta fe simple y fuerte nos obtenga la tan esperada gracia. Apaguemos el televisor, no nos aferremos a la búsqueda ansiosa de noticias y actualizaciones, sino oremos con fe y elevemos nuestras almas a Aquel que puede liberarnos de todo mal.

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