Santos Ana y Joaquín

Hoy la Iglesia celebra conjuntamente a los santos Ana y Joaquín, padres de la Virgen María

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Hoy la Iglesia celebra conjuntamente a los santos Ana y Joaquín, padres de la Virgen María y, por lo tanto, instrumentos elegidos en el plan de salvación de Dios. Su historia no se relata en los Evangelios canónicos, pero aparece por primera vez en el apócrifo Proto-Evangelio de Santiago, un texto escrito hacia mediados del siglo II y que tiene acentos gnósticos. De este, sin embargo, la tradición cristiana ha aceptado como verdades algunas informaciones, principalmente en referencia a la presentación de María en el templo y los nombres de sus padres.

El nombre Ana tiene un origen hebreo y significa “favor”, “gracia”. Hebreo es también el nombre de Joaquín, que según las dos posibles derivaciones tiene el significado de “establecido por YHWH” (el tetragrammaton sagrado que indica el nombre de Dios) o “elevado por YHWH”. Después del Proto-Evangelio citado, los relatos sobre los dos santos se han enriquecido a lo largo de los siglos con detalles, a veces discordantes, que han estimulado una vasta producción iconográfica.

Santa Ana a menudo es representada con un manto verde, símbolo de la esperanza que ha dado al mundo al concebir a María Inmaculada, Madre del Salvador. En este sentido, el jesuita Giovanni Croiset (1656-1738) escribía: «No se puede dar una idea más noble, más elevada y, al mismo tiempo, más justa del mérito extraordinario, de las virtudes eminentes y de la santidad sublime de santa Ana, quien dijo ser la madre de la Madre de Dios; esta augusta cualidad encierra todos los títulos de honor; ella sola vale para todos los elogios; y como el Espíritu Santo no ha podido decir nada de mayor alabanza de María que decir: ser Ella, de quien nació Jesucristo, [...] entonces nada puede decirse más glorioso de santa Ana que decir: ser Ella, de quien nació la Virgen María».

La iconografía nos devuelve también la bella imagen del encuentro de Ana y Joaquín, de cuyo matrimonio aún no habían nacido hijos, en la Porta Aurea de Jerusalén. Aquí se intercambiaron un casto beso, después de que ambos habían sido advertidos por un ángel de la inminente concepción. También hay una huella de este misterio al comienzo de la vida de María en las revelaciones extáticas de la beata Ana Catalina Emmerick (1774-1824), quien dijo de la Virgen: “Ella también fue concebida bajo el corazón de su madre por intervención del Espíritu Divino en el momento solemne cuando Joaquín y Ana se encontraron debajo de la puerta de oro del templo”.

Joaquín era de estirpe davídica, un detalle que concuerda con la profecía de Isaías, relativa a la venida del Mesías: “Pero brotará un renuevo del tronco de Jesé, y de su raíz florecerá un vástago” (Is 11: 1). La Gracia divina los convirtió a él y a Ana en abuelos de Jesús. Ciertamente, su existencia terrenal tenía que ser rica en virtudes, que transmitieron ante todo a la gloriosa hija. San Juan Damasceno decía de ellos: “Como tenía que acontecer que la Virgen Madre de Dios naciera de Ana, la naturaleza no se atrevió a preceder a la semilla de la Gracia; pero se quedó sin su propio fruto para que la Gracia produjera el suyo. De hecho, la primogénita debía nacer y de la cual nacería el primogénito de cada criatura, pues Él es anterior a todo y todo se mantiene en Él (Col 1:17). ¡Oh, feliz pareja, Joaquín y Ana! Cada criatura está en deuda con vosotros, porque a través de vosotros la criatura ha ofrecido al Creador el don más grato, es decir, aquella casta madre, que solo era digna del Creador”.

Su culto se extendió primero en Oriente y luego en Occidente, aunque en fechas separadas. La Iglesia Católica ha unificado su celebración litúrgica con la reforma del calendario de 1969. Múltiples congregaciones, iglesias y patronatos (madres, mujeres parturientas, ebanistas, lavanderos, orfebres, sastres, torneros, etc.) están vinculados al nombre de santa Ana.

 

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