Santa Teresa Benedicta de la Cruz

La peregrinación existencial de santa Teresa Benedicta de la Cruz, en el siglo Edith Stein (1891-1942), proclamada copatrona de Europa por Juan Pablo II, contiene gran parte de la dramática historia del siglo XX. Siglo en el que la santa, hija de Israel, emergió descubriendo y encarnando totalmente en sí misma el misterio de Cristo crucificado y resucitado

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La vida de esta brillante filósofa, durante mucho tiempo atea, luego enamorada de Dios, carmelita descalza, mística, autora de obras de intensa espiritualidad y víctima de la Shoah, sigue fascinándonos. La peregrinación existencial de santa Teresa Benedicta de la Cruz, en el siglo Edith Stein (1891-1942), proclamada copatrona de Europa por Juan Pablo II, contiene gran parte de la dramática historia del siglo XX, con sus fracasos y contradicciones. Siglo en el que la santa, hija de Israel, emergió descubriendo y encarnando totalmente en sí misma el misterio de Cristo crucificado y resucitado.

Edith nació el 12 de octubre de 1891 en Breslavia (actualmente territorio alemán), en una familia de origen judío. Quedó huérfana de padre cuando aún no había cumplido dos años. La madre trató de educarla en el judaísmo, pero la joven al final dejó de creer: «Con plena conciencia y libre elección dejé de rezar», recordaba más tarde. Se unió a una asociación que defendía el derecho al voto de las mujeres («... era una feminista radical. Luego perdí todo interés por la cuestión. Ahora estoy buscando soluciones puramente objetivas») y se apasionó por la filosofía, en concreto por la corriente fenomenológica de Husserl. Sedienta de conocimiento, se matriculó en la Universidad de Gotinga, y allí siguió las lecciones del famoso filósofo; por sus extraordinarias cualidades intelectuales pronto se ganó la estima de sus maestros, incluido Husserl, de quien se convirtió en su asistente.

En los círculos filosóficos conoció a algunos colegas de fe cristiana, algo que fue como una semilla en su búsqueda de la verdad. En su tesis de licenciatura sobre la empatía, escribió en las páginas finales: «Hay personas que, después de un cambio repentino en su personalidad, creyeron encontrarse con la misericordia divina». En ese periodo un hecho la marcó. Vio a una mujer ir, con su cesta de la compra, a una iglesia católica para rezar brevemente «como si tuviera una conversación íntima. Nunca he podido olvidar lo sucedido». Una noche de verano de 1921, estando sola en casa de unos amigos, sus ojos se posaron sobre un libro: la Vida de santa Teresa de Ávila. «Comencé a leerlo y no lo pude dejar hasta que lo terminé. Cuando lo cerré, me dije: esta es la verdad». Fue la chispa definitiva. El 1 de enero de 1922, Edith se bautizó.

En el cristianismo redescubrió toda la belleza de sus raíces: «Había dejado de practicar mi religión judía y me sentí judía nuevamente después de mi vuelta a Dios». Por entonces ella quiso entrar en el monasterio, pero la persuadieron para que esperase. Durante los siguientes diez años su vida estuvo marcada por la oración y el trabajo: enseñó en tres escuelas católicas diferentes, tradujo el De Veritate de santo Tomás de Aquino, escribió ​​un ensayo sobre la filosofía tomista que más tarde amplió y se convirtió en su obra principal (Ser finito y Ser eterno). Siguiendo el consejo de un sacerdote, viajó para dar conferencias sobre los ricos significados de la feminidad a la luz cristiana. Hizo todo queriendo ser «un instrumento de Dios». En una de sus hermosas oraciones reza: «Señor, dame todo lo que me conduce a Ti. Señor, toma todo lo que me distrae de Ti. Señor, sácame de mí y dame del todo a Ti. Estas son tres gracias, de las cuales la última, la más grande, contiene las otras dos. Se ora justamente para recibirlas».

En 1933 Hitler ascendió al poder, hecho del que predijo el alcance dramático que tendría en una carta dirigida a Pío XI. Ese año Edith Stein fue admitida a formar parte de las carmelitas. Ella, que había meditado durante mucho tiempo sobre la Pasión de Jesús y los dolores de María, tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz, casi una profecía de su vida. En 1938 hizo la profesión perpetua de obediencia, pobreza y castidad. Mientras el nazismo iba revelando su rostro, meditó sobre una mujer de las Escrituras: «Pienso en la reina Esther, que fue elegida para interceder ante el rey por su pueblo. Soy una pequeña Esther, pobre e impotente, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Y esto es un gran consuelo». El 31 de diciembre de 1938, para protegerla de la persecución, las superioras la trasladaron al Carmelo de Echt, en Holanda. Pero los nazis, en represalia por el mensaje que los obispos holandeses habían hecho leer en todas las iglesias, la capturaron de todos modos, junto con su hermana Rosa (también conversa). Era el 2 de agosto de 1942. «Ven, vayamos por nuestro pueblo», dijo a Rosa.

Pasaron unos días en el campo de tránsito en Westerbork, donde la reconoció un judío de Colonia, que la recordaba así: «Se la distinguía por su comportamiento pacífico y su actitud tranquila. Los gritos, los gemidos, la sobreexcitación angustiada de los recién llegados eran indescriptibles. Sor Benedicta caminaba entre las mujeres como un ángel de consolación, tranquilizando a unas, cuidando a otras. […] Se ocupó de los niños pequeños, los lavaba, los peinaba y les procuraba los alimentos y cuidados indispensable. Durante todo el tiempo que estuvo en el campo realizó tal labor caritativa que, al pensarlo, me conmuevo». Al cabo de un tiempo fue trasladada con su hermana al campo de Auschwitz, donde murió en las cámaras de gas el 9 de agosto. Como un cordero inocente, como el amado Esposo, ahora preparada para brillar con Él en la gloria eterna.

 

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