Santa Lucía

Modelo de pura fidelidad a Cristo hasta su glorioso martirio, santa Lucía († 13 de diciembre de 304) es una de las figuras más queridas de la piedad cristiana, ejemplo para los fieles en su camino hacia Dios y fuente de inspiración para artistas y escritores

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Modelo de pura fidelidad a Cristo hasta su glorioso martirio, santa Lucía († 13 de diciembre de 304) es una de las figuras más queridas de la piedad cristiana, ejemplo para los fieles en su camino hacia Dios y fuente de inspiración para artistas y escritores, especialmente para Dante, que sanó después de haber pedido su intercesión y la celebró en la Divina Comedia como “enemiga de todo corazón cruel” y guía segura. Consciente de las virtudes de la joven mártir siciliana, san Gregorio I (540-604) introdujo su nombre en el Canon romano de la Misa, confirmando un culto ya muy extendido. Una inscripción en griego descubierta en las catacumbas de Siracusa y que se remonta a finales del siglo IV, en la que se lee el epitafio de un hombre de esta región escrito a su difunta esposa llamada Euschia, atestigua la antigüedad de su fiesta: “Euschia, irreprochable, vivió buena y pura durante unos veinticinco años, murió en la fiesta de mi santa Lucía [...]”.

La vida de la santa está narrada en varias hagiografías, entre ellas una Passio latina de principios del siglo V, considerada auténtica por las investigaciones hagiográficas más recientes por la precisión de los términos jurídicos adoptados y la exactitud descriptiva del contexto histórico. Nacida en el seno de una noble familia cristiana a finales del siglo III y educada en la fe, Lucía ya se había consagrado en secreto a Dios de joven, ofreciéndole su virginidad perpetua, pero luego fue prometida en matrimonio con un joven rico atraído por su belleza. Su angustia terminó cuando propuso a su madre Eutiquia, gravemente enferma, peregrinar juntas a Catania para rezar en la tumba de santa Águeda. Durante la oración, el 5 de febrero de 301, se le apareció la virgen y mártir de Catania: “Lucía, virgen consagrada a Dios, ¿por qué me pides lo que tú misma puedes obtener para tu madre? Por tu fe, ella está curada”, le dijo santa Águeda y profetizó que se convertiría en la patrona de Siracusa.

En el camino de regreso, Lucía confió a su madre su voto de consagración y su firme voluntad de respetarlo. Obtuvo la posibilidad de entregar sus bienes a los huérfanos, a los pobres, a las viudas y a los pastores sagrados, dedicándose durante tres años a obras de misericordia material y espiritual, hasta que -durante la Gran Persecución de Diocleciano (303-305)- el pretendiente que la había pedido en matrimonio la denunció ante las autoridades romanas por ser “muy cristiana”. Después de su arresto, el juez Pascasio le ofreció la oportunidad de abjurar haciendo un sacrificio a los ídolos paganos, pero Lucía no aceptó negar a Cristo. “La religión pura e intachable ante Dios Padre es ésta: visitar a los huérfanos y a las viudas en su tribulación”, respondió, citando un pasaje bíblico (Santiago 1,27). “Yo sigo las órdenes del César”, le respondió Pascasio en ese momento, recibiendo otra respuesta que revelaba la santidad contracorriente de Lucía: “Y yo la ley de mi Señor”.

En el interrogatorio siguiente, el magistrado tuvo otras pruebas de la fuerza de la joven virgen, que llena del Espíritu Santo respondió con citas de las Sagradas Escrituras. Pascasio perdió la paciencia, amenazó con exponerla a las prostitutas (“el cuerpo sólo se contamina si el alma lo permite”, le explicó la santa) y ordenó que fuera llevada por la fuerza al prostíbulo: todos los intentos, sin embargo, resultaron vanos porque Lucía, que se había vuelto milagrosamente pesada, no pudo ser movida ni un centímetro. Al final fue asesinada con una espada en la garganta, pero antes de su último aliento terrenal volvió a profesar su amor por Cristo, predijo el final inminente de las persecuciones de Diocleciano (que abdicó a causa de una enfermedad en el año 305) y la libertad para la Iglesia (que vendría unos años después, con los edictos de los años 311 y 313).

Una versión reciente del Martirologio la recuerda con una bella imagen del Evangelio, síntesis de su vida: Memoria de santa Lucía, virgen y mártir, la cual, mientras vivió, conservó encendida la lámpara esperando al Esposo, y llevada al martirio en Siracusa, en Sicilia, mereció entrar con él a las bodas y poseer la luz que no conoce el ocaso.

Patrona de: niños enfermos, ciegos, campesinos, electricistas, notarios, oftalmólogos, prostitutas arrepentidas, tapiceros, tejedores, vidrieros, contra enfermedades oculares y hambrunas

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