Santa Gertrudis la Grande

Precursora del culto al Sagrado Corazón de Jesús, fue una mística que transcurrió casi toda su vida en ese excepcional centro de espiritualidad y cultura que fue el monasterio de Helfta

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Precursora del culto al Sagrado Corazón de Jesús, santa Gertrudis (1256-1302), llamada la Grande, fue una mística que transcurrió casi toda su vida en ese excepcional centro de espiritualidad y cultura que fue el monasterio de Helfta, «donde nacieron algunas obras maestras de la literatura religiosa femenina latino-alemana» (Benedicto XVI).

Gertrudis entró con cuatro años en la escuela del monasterio, donde aprendió las disciplinas del trivium y el quadrivium, mostrando una inteligencia de gran viveza y una pasión especial por la literatura y la música. Su maestra fue santa Matilde de Hackeborn y como hermana de comunidad tuvo también a santa Matilde de Magdeburgo, también ellas místicas alemanas. Un hecho este que confirma el extraordinario clima de santidad que se respiraba en esa época en el monasterio de Helfta, en el que se seguía la Regla benedictina con una importante influencia cisterciense.

Durante el Adviento de 1280 hubo un giro en su camino espiritual, hasta ese momento obstaculizado por la atracción que sentía hacia el mundo y por «una tal obnubilación de la mente […] que habría sido capaz de pensar, decir o hacer, sin remordimiento alguno, todo lo que me hubiera placido, allí donde hubiera podido, si Tú no me hubieras advertido», escribió más tarde dando gracias al Señor. Sintió rechazo por la vanidad de su juventud. El 27 de enero de 1281 tuvo su primera visión de Jesucristo, que se le apareció «más brillante que toda la luz, más profundo que cualquier secreto, empezando a aplacar, con dulzura, las turbaciones que había encendido en mi corazón». Abandonó los estudios profanos y se entregó totalmente a lo sagrado, profundizando el conocimiento de la Biblia y los Padres de la Iglesia. Intensificó la oración, los ayunos y las vigilias nocturnas.

Su cambio radical estuvo seguido por una serie de experiencias místicas, acompañadas por enfermedades que forjaron su espíritu. Un día, durante la fiesta de san Juan Evangelista, se vio a sí misma apoyando la cabeza en el costado de Jesús, y sintió el latido del Sagrado Corazón. Le preguntó al apóstol si durante la Última Cena había sentido esos latidos y por qué no había hablado de ellos en el Evangelio: Juan le respondió que esa revelación estaba reservada a las generaciones futuras para hacer redescubrir al mundo, que se había convertido en un lugar frío, el fuego del amor de Jesús. Entre los otros dones que le concedió Dios estaban los estigmas y una protección especial de la Virgen, dones de los que Gertrudis se sentía indigna: «He aprovechado tan poco tus gracias que no puedo creer que se me hayan concedido a mí sola; tu divina Sabiduría no puede sentirse defraudada por ninguno».

Compartió esas gracias a través de escritos como el Heraldo del Amor Divino (o Revelaciones), los Ejercicios espirituales y varias oraciones, con las que se familiarizaron, posteriormente, santos como Felipe Neri, Francisco de Sales y Teresa de Ávila. El valor del sufrimiento ofrecido a Dios, la preparación a la muerte y la piedad por las almas del Purgatorio son algunos de los temas recurrentes en la obra de la santa. Poco antes de morir Jesus la consoló después de haber sido tentada por el diablo, que la había turbado diciéndole que con sus sacrificios por las otras almas había descuidado la suya. «Hija mía, ¿por qué te turbas? Debes saber -le dijo el Señor- que tu caridad hacia los demás es muy amada por mí y yo ahora te libero de todos los sufrimientos a los que estabas destinada. Puesto que he prometido una gran recompensa a quienes se ofrecen por la salvación de sus hermanos y hermanas, yo centuplicaré tu alegría en el Cielo».

Para saber más:

Catequesis de Benedicto XVI sobre santa Gertrudis (audiencia general del 6 de octubre de 2010)

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