Santa Francisca Romana

Invocada contra las pestes y para la liberación de las almas del Purgatorio, enseñaba: «Que la finalidad de vuestra actividad sea siempre y únicamente la gloria de Dios»

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La santa recordada como madre y esposa devota, adornada de gracias extraordinarias, invocada para la liberación de las almas del Purgatorio, amadísima por el pueblo por su conmovedora caridad, no quería el matrimonio, pero el matrimonio se convirtió en su camino hacia la santidad. ¿Cómo? Aceptando los santos e inescrutables designios de Dios.

Santa Francisca Romana (1384-1440) había nacido en una familia noble, cerca de la Plaza Navona, y vivió toda su vida en Roma, entonces marcada por el Cisma de Occidente (que no se concluyó hasta 1417), que desgarró a la Iglesia durante cuarenta años y minó la autoridad del Papa. En ese tiempo, la ciudad se encontraba expuesta a saqueos frecuentes, y la miseria se extendía por todas partes. Francisca, que acompañaba a su madre en las visitas a las iglesias, creció con una gran fe, y desarrolló muy pronto la vocación a la vida monástica, a la que tuvo que renunciar porque el padre la prometió como esposa, con doce años, al noble Lorenzo Ponziani.

La decisión paterna conmocionó a la joven, que lloró ante su primer director espiritual porque no podía realizar el deseo de ser esposa de Cristo. El sacerdote escuchó y después le dijo: «¿Lloras porque quieres hacer la voluntad de Dios o porque quieres que Él haga la tuya?». Francisca se casó, pero los primeros tiempos en el palacio de los Ponziani fueron para ella una dura prueba, y por el sufrimiento cayó en la anorexia y llegó a rozar la muerte. El 16 de julio de 1398 se le apareció en sueños san Alejo: «Tú debes vivir. El Señor quiere que tú vivas para glorificar su nombre». Al despertar, Francisca rezó, dio gracias al santo, y dijo: «La voluntad de Dios es la mía». Abrazó su cruz, y la Providencia la sostuvo haciendo que descubriera la preciosa amistad de su cuñada Vanozza, con la que compartía el propósito de hacer la Voluntad divina.

Ella y Vanozza comenzaron a orar y a ir a Misa juntas, dedicando su tiempo libre a la visita a los enfermos y encarcelados. La vida conyugal que Francisca había aceptado, por obediencia, se convirtió en el primer motivo de su alegría y elevación espiritual. La fortaleza y la piedad crecieron luto tras luto. A los 16 años fue madre del primero de sus seis hijos, tres de los cuales fueron al cielo recién nacidos. En 1401, a la muerte de su mujer, el suegro Andreozzo le confió las llaves de las despensas y los graneros, que en pocos meses se vaciaron, porque la santa multiplicó las ayudas a los pobres. El suegro, al que, sin embargo, no le faltaba la caridad (había fundado el Hospital del Santísimo Salvador), se quedó de piedra al ver lo que su nuera había hecho con sus bienes, pero al final le dejó las llaves, constatando un prodigio que fue conocido en todo Trastevere: los graneros y las cubas del vino se habían llenado milagrosamente.

El marido, un hombre bueno que fue herido en batalla en 1409 quedando semiparalizado, le dio el permiso de vender sus vestidos y joyas. Francisca comenzó a moverse por Roma ataviada con un hábito de paño áspero, pidiendo limosna para los pobres, sin preocuparse de las ironías de muchos nobles, que la llamaban «la pobrecilla de Trastevere». Durante la epidemia de peste que afectó a la ciudad, abrió el palacio a los enfermos: la peste le arrebató dos hijos cuando aún eran niños, Evangelista e Inés, pero no dejó de confiar totalmente en Dios. Al final de la epidemia se le apareció en sueños su hijo Evangelista en compañía de un ángel que, a partir de ese momento, vio siempre a su lado. Era su ángel de la guardia, como confió a su confesor Juan Mariotto, al que reveló sus visiones del Purgatorio (del que liberó a muchas almas con la oración) y del Infierno, las luchas con Satanás (que la odiaba de manera particular), además de los frecuentes éxtasis que Dios le concedía.

El 15 de agosto de 1425, con nueve mujeres a las que les atraía su ejemplo, todas procedentes de ricas familias romanas, constituyó las Oblatas olivetanas de María (hoy “Oblatas de Santa Francisca Romana”), a las que en julio de 1433 Eugenio IV concedió el privilegio de conducir vida regular. El 25 de marzo de ese año las nueve empezaron a vivir bajo el mismo techo en Tor de’ Specchi donde, tres años más tarde, a la muerte del marido al que asistió amorosamente hasta el final, se les unió Francisca. La santa volvió a la casa del Padre el 9 de marzo de 1440, y durante tres días todo el pueblo de Roma, de la que es compatrona con san Pedro y san Pablo, rindió homenaje a sus restos. Enseñaba: «Que la finalidad de vuestra actividad sea siempre y únicamente la gloria de Dios».

Patrona de: Roma; automovilistas, oblatos benedictinos, viudas; invocada contra las pestes y para la liberación de las almas del Purgatorio

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