Santa Brígida de Suecia

Es uno de esos modelos de santidad capaces de abrazar múltiples vocaciones. En su vida fue esposa, madre, dama de corte, terciaria franciscana, viuda, mística, fundadora de una orden religiosa, exhortadora de pontífices y reyes...

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El 1 de octubre de 1999 fue proclamada por Juan Pablo II copatrona de Europa. Y no fue por casualidad. Santa Brígida de Suecia (1303-1373) es uno de esos modelos de santidad capaces de abrazar múltiples vocaciones, que hace de ella una de las figuras más ricas y luminosas del siglo XIV, además de un estímulo constante hacia la perfección cristiana. En su vida fue esposa, madre, dama de corte, terciaria franciscana, viuda, mística, fundadora de una orden religiosa, exhortadora de pontífices y reyes.

Nació en el castillo de Finsta, un pueblo en la provincia sueca de Uppland, de familia noble. Sus padres la llamaron así por devoción a santa Brígida de Irlanda. En la infancia se quedó huérfana de madre. En torno a los 13 años fue entregada como esposa al noble Ulf Gudmarsson. El marido fue bendecido con la dulce presencia de Brígida, demostrando ser un pío cristiano y formando con ella una auténtica pequeña «iglesia doméstica», entre oraciones, mortificaciones y ayuda a los necesitados. Brígida y Ulf tuvieron ocho hijos, cuatro chicos y cuatro chicas, una de ellas santa Catalina de Suecia. Fundaron un pequeño hospital, al que acudían a menudo para asistir personalmente a los enfermos. Cuando Magnus IV de Suecia se casó con Blanca de Namur, Brígida fue llamada a la corte para asistir a la joven reina. En 1341, en el 25 aniversario de matrimonio con Ulf, los dos fueron a Santiago de Compostela. Cuando regresaron de la peregrinación decidieron vivir en continencia, abrazando la nueva vocación a la que Dios los había llamado. El marido ingresó en el monasterio cisterciense de Alvastra, cerca de sus feudos, donde murió en 1344.

Después de la muerte del cónyuge, Brígida se mudó a una casa cerca de la abadía y aquí, mientras meditaba intensamente sobre los dolores y las glorias de Cristo y la Virgen, empezó a tener las extraordinarias revelaciones celestiales que la acompañarán durante el resto de sus días terrenales y que ella dictará a sus confesores. Estos las tradujeron en latín, recogiéndolas en los ocho libros titulados Revelationes (Revelaciones). «Hija mía, a quien he elegido para mí, ámame con todo tu corazón… más que cualquier cosa en el mundo», le dijo Jesús. Brígida le pedía continuamente al Señor que le revelara cuántos golpes había recibido durante la Pasión porque deseaba honrar cada dolor Suyo. Un día, Jesús le reveló que había sido golpeado 5.480 veces y le dictó 15 oraciones para rezar todos los días durante un año, junto con el Padre Nuestro y el Ave María.

En el retiro de Alvastra concibió la idea de la que nació la Orden del Santísimo Salvador. El castillo de Vadstena se convirtió en el primer monasterio «doble» brigidino. Según la Regla, aprobada por Urbano V en 1370, los monasterios brigidinos debían hospedar 60 monjas y 25 frailes, rigurosamente separados: su único punto de encuentro era la iglesia para la Misa y la oración en común (por parte masculina tenía que haber 13 sacerdotes, en recuerdo de los Doce más san Pablo, 4 diáconos, en recuerdo de los primeros Doctores de la Iglesia, y 8 hermanos laicos). Tenían que vivir bajo la autoridad de la abadesa - siguiendo el ejemplo de María, Reina de los Apóstoles - y con un confesor general.

En 1349 dejó Suecia y se fue a Roma. Consiguió obtener del papa Clemente VI - residente en Aviñón, sede pontificia durante gran parte del siglo XIV - la indicción del Jubileo en la Urbe para el año siguiente. Como conocía bien la voluntad divina, Brígida se dedicó en cuerpo y alma a la empresa de convencer a los distintos pontífices de Aviñón a devolver el papado a Roma, donde san Pietro había establecido su sede como Vicario de Cristo y había sufrido el martirio. Con este fin escribió numerosas cartas y ofreció oraciones y sacrificios.

Como la auténtica madre espiritual que era, Brígida no dejó de exhortar al pueblo y el clero a vivir según las virtudes cristianas. Pero siempre mantuvo un devoto respeto por la autoridad. Para muchos fue un punto de referencia; otros se mostraron hostiles. «En Brígida se observa la fuerza de la profecía. A veces, su tono parece un eco del de los antiguos profetas. Habla con seguridad a príncipes y pontífices, desvelando los designios de Dios sobre los acontecimientos históricos», dijo de ella Juan Pablo II en la Spes Aedificandi. Satanás intentó hacerla caer, pero Brígida afrontó cada combate espiritual y cada turbación del exterior como le había enseñado la Virgen: «Cualquier tentación que te suceda, tú no te preocupes; no dejes de rezar».

En Italia visitó muchos lugares, sobre todo para venerar las reliquias de los santos; fue a Milán, Pavía, Asís, Ortona, Bari, Benevento, Pozzuoli, Nápoles, Salerno, Amalfi, hasta llegar al santuario de San Miguel Arcángel, en el monte Gargano. Hizo su última peregrinación en 1372 a Tierra Santa, donde durante cuatro meses visitó los lugares de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, entregándose aún más a Él. Contrajo una enfermedad que se fue agravando a su regreso a Roma y la llevó a la muerte el 23 de julio de 1373, cuando tenía setenta años. Su confesor reveló: «Cinco días antes de que Brígida muriese, llegó Nuestro Señor Jesucristo, se sentó ante el altar que había en su habitación y le dijo: He hecho contigo lo que hace el Esposo cuando se esconde a la Esposa para hacerse desear más ardientemente…».

Patrona de: peregrinos, viajeros; Suecia, Europa

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