San Vicente

Este gran español afrontó el martirio con tanta fe y fortaleza que su fama se difundió rápidamente por toda la antigua cristiandad; ya san Agustín (354-430) escribía: “¿Cuál es el la localidad, la provincia en la que se extiendan el imperio romano y el nombre de Cristo que no celebre con alegría el aniversario del martirio de san Vicente?"

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Este gran español afrontó el martirio con tanta fe y fortaleza que su fama se difundió rápidamente por toda la antigua cristiandad; ya san Agustín (354-430) escribía: “¿Cuál es el la localidad, la provincia en la que se extiendan el imperio romano y el nombre de Cristo que no celebre con alegría el aniversario del martirio de san Vicente?”. No sólo por Agustín, su martirio fue honrado en la antigüedad por santos como Ambrosio, León Magno e Isidoro de Sevilla, a la par que surgían varias hagiografías, mientras tres ciudades se contendían ser su lugar de nacimiento (Huesca, Zaragoza y Valencia): según la tradición más acreditada, nació en Huesca, en la que hay una iglesia construida sobre el lugar de su casa natal.

Vicente nació en una familia noble que le dio una educación cristiana y, después, le mandó a estudiar a Zaragoza, donde el joven creció en virtudes bajo la guía espiritual del obispo Valerio, venerado por la Iglesia como confesor de la fe. A  los 22 años, el obispo le nombró diácono y le confió la predicación, tal vez porque sufría de tartamudez. Desarrolló fielmente las tareas que Valerio le había encomendado y, cuando llegó el momento, afrontó con él las persecuciones bajo Diocleciano, que a partir del año 303 reiniciaron con ferocidad, con una serie de medidas que incluían la quema de libros sagrados, la destrucción de iglesias, la prohibición de reunión para los cristianos, y hasta la obligación de honrar a los falsos dioses, a lo que muchos cristianos opusieron resistencia.

El prefecto Daciano, llamado a ejecutar las órdenes imperiales en tierras españolas, hizo que Vicente y Valerio fueran conducidos a Valencia, donde los dos santos llegaron a pie entre las vejaciones de los soldados. Fueron encarcelados y durante días no les dieron de comer ni de beber. Cuando Daciano hizo que los trajeran ante él, se quedó asombrado por su serenidad y del buen estado de sus cuerpos a pesar del ayuno prolongado. Vicente le explicó: “Nuestra fe es una sola. Jesús es el verdadero Dios: nosotros somos sus siervos y testimonios. En nombre de Jesucristo no tememos nada y antes os cansaréis vosotros de torturarnos que nosotros de sufrir. No nos doblegaréis ni con la promesa de honores, ni con amenazas de muerte, porque de la muerte que vosotros nos ocasionéis, seremos llevados a la vida”. Enfurecido, Daciano ordenó que el obispo fuera exiliado y probó con todo tipo de torturas si las palabras de Vicente eran verdad.

En el primer suplicio, el santo fue despojado de su ropa y atado con cuerdas a ruedas que le dislocaron los huesos; pero como al prefecto le pareció un castigo demasiado leve, ordenó que utilizaran unos ganchos de hierro para lacerarle la carne. Instándole a abjurar, Vicente replicó: “Te engañas, hombre cruel, si piensas que me afliges destruyendo mi cuerpo. En mí hay un ser libre y sereno que nadie puede violar. Intentas destruir una jarra de arcilla destinada a romperse, pero en vano intentarás llegar a tocar lo que hay dentro, dado que está sometido sólo a Dios”.

Cada vez más fuera de sí, Daciano sometió a Vicente al tormento de ponerlo en una parrilla en ascuas, pero tampoco así consiguió doblegar la resistencia del diácono que, al final, fue devuelto a la cárcel encadenado; habían recubierto el suelo de su celda con piedras puntiagudas y trozos de barro cocido para agravar sus heridas. Prudencio, que le dedicó al mártir un himno en su Peristéphanon, escribe que en ese momento la celda se iluminó con una luz celeste, las cadenas se rompieron, el suelo se cubrió de flores y el santo murió beatíficamente entre voces de ángeles que lo alababan por su testimonio.

Su nacimiento al cielo acaeció el 22 de enero del 304 (ó 305). Es considerado el primer mártir de Valencia, que según Lorenzo Riber entonces estaba escasamente evangelizada y era muy pagana, por lo que Vicente, con su martirio y la fe en Cristo resucitado, contribuyó enormemente al desarrollo de la Iglesia de esa ciudad, que lo venera como su patrón.

Patrón de: los viticultores, los navegantes, los fabricantes de tejas; Lisboa, Valencia y Vicenza.

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