San Macario el Grande

Discípulo de san Antonio abad, ha sido uno de los Padres del Desierto que más ha contribuido a la difusión del monaquismo

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Algunos monjes lo llamaban «la lámpara del desierto», no sólo por sus virtudes, sino también porque su rostro resplandecía en la oscuridad. Más allá de los apelativos, san Macario el Grande (c. 300-390), discípulo de san Antonio abad, ha sido, ciertamente, uno de los Padres del Desierto que más ha contribuido a la difusión del monaquismo.

Nacido en el Alto Egipto, en su juventud trabajó como camellero, transportando salitre. Cuando tenía unos treinta años, su vida dio un giro: Macario decidió vivir ascéticamente y durante un tiempo estuvo bajo la guía de Antonio, fortaleciéndose entre ayunos y oraciones, y dedicando una parte de la jornada a hacer cestas. Al cabo de un tiempo se separó de su maestro y fue ordenado sacerdote, y pasó casi todo el resto de su existencia terrenal en el desierto de Escete (Wadi al-Natrun), donde hacia mediados de siglo fundó el célebre monasterio que hoy lleva su nombre y que llegó a acoger a cientos de monjes. Era el periodo en el que Egipto y los territorios vecinos, gracias a la influencia de otros Padres del Desierto y a discípulos de Antonio como san Pacomio (c. 292-348), se llenaban de monasterios, llevando el monaquismo hacia la forma cenobítica.

Junto a su coetáneo y amigo san Macario el Alejandrino (†395), con el que no hay que confundirlo, el santo, fiel al Credo de Nicea, fue exiliado hacia el 373-375 a una pequeña isla en el Nilo debido a la hostilidad del hereje arriano Lucio, que gracias al apoyo del emperador Valente había usurpado la sede episcopal de Pedro II de Alejandría, el legítimo sucesor de san Atanasio (†373). Durante el exilio de estos dos santos homónimos sucedió que la hija de un sacerdote pagano enfermó y la gente del islote pensó que estaba poseída por algún espíritu maligno. Macario el Grande y Macario el Alejandrino rezaron junto a la joven, que se curó, causando una gran impresión en muchos habitantes, que se convirtieron al cristianismo y construyeron una iglesia. Cuando les llegó la noticia, temerosos de que hubiera más conversiones, Lucio y Valente les permitieron volver a su región.

La atribución a san Macario de cincuenta homilías no es segura; de hecho, ninguno de la mayor parte de los autores cristianos del siglo IV las menciona. El sacerdote e historiador del siglo V Genadio de Marsella, en su De Viris Illustribus (continuación ideal de la homónima obra de san Jerónimo, con breves biografías de cristianos importantes), atribuye al santo la paternidad de una carta dirigida a los monjes más jóvenes.

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