San Macario de Jerusalén

Se le atribuye un papel importante en la redacción del Símbolo niceno, primer núcleo de nuestro Credo. Era obispo de Jerusalén cuando santa Elena encontró la Cruz de Cristo y, con la ayuda de la gracia, fue decisivo en identificarla

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Bastan tres elementos para intuir la grandeza de este santo. Se le atribuye un papel importante en la redacción del Símbolo niceno, primer núcleo de nuestro Credo. Era obispo de Jerusalén cuando santa Elena encontró la Cruz de Cristo y, con la ayuda de la gracia, fue decisivo en identificarla. Tercero, un defensor de la ortodoxia, tal como san Atanasio, escribió a los obispos egipcios y libios definiendo a san Macario (c. † 335), ya fallecido al tiempo de la carta, un ejemplo de «estilo honrado y sencillo de los hombres apostólicos».

Macario se convirtió en obispo de Jerusalén en 312, cuando la Ciudad Santa se llamaba Aelia Capitolina. Después de la destrucción del Templo en el 70, los romanos habían puesto fin en el 135 a la larga rebelión hebrea guiada por Bar Kokheba (que muchísimos hebreos, no habiendo reconocido a Jesús, continuaban creyéndole el Mesías, porque los tiempos de las profecías habían ‘caducado’). Y por orden del emperador Adriano habían devastado la ciudad, después reconstruida dándole un nuevo nombre y erigiendo templos paganos en lugar de los antiguos lugares sagrados. Entre estos había uno situado fuera de los antiguos muros originales de la ciudad, en una zona sepulcral. Allí se reunían los cristianos para hacer memoria de la Pasión y Resurrección de Jesús: los romanos lo cubrieron con tierra y piedras y edificaron un templo dedicado a Venus.

El santo se encontró rigiendo la diócesis jerosolimitana cuando la Iglesia, después de tres siglos de persecuciones, había obtenido finalmente la libertad de culto; sin embargo, seguía enfrentándose a diferentes herejías sobre la Santísima Trinidad. Macario, informado por san Alejandro de Alejandría, se opuso firmemente al arrianismo, como se comprende también por la manera como Arrio (que negaba la divinidad de Cristo) habló de él en una carta a Eusebio de Nicomedia, su compañero de herejía. En el Concilio de Nicea del 325, junto con san Eustaquio de Antioquía, Macario tuvo un papel fundamental en la primera redacción del Credo, sobre la definición de la consustancialidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (completada después en el Concilio de Constantinopla del 381). Al mismo tiempo, invitó a Constantino a destruir los diferentes templos paganos en Jerusalén. Fue entonces, con la demolición del templo de Venus y las sucesivas excavaciones, cuando se redescubrió el Santo Sepulcro.

En toda esta obra san Macario estuvo ayudado por la madre del emperador, santa Elena (c. 248-329), que encontró la Cruz, de lo que existe un testimonio escrito ya en las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, fechadas entre el 348 y el 350. En su Historia Eclesiástica, Sócrates Escolástico (nacido hacia el 380), basándose en una consolidada tradición que conoció en su Constantinopla natal, refirió después que santa Elena encontró tres cruces, los clavos de la pasión y el Titulus crucis con los tres escritos en hebreo, griego y latín (cfr. Jn 19, 20). ¿Cómo se llegó a identificar con seguridad la verdadera Cruz en la que Nuestro Señor derramó su Sangre? De nuevo Sócrates Escolástico, así como otros históricos cristianos que fueron contemporáneos suyos, cuenta que Macario hizo poner las tres cruces, una detrás de otra, sobre el cuerpo de una mujer gravemente enferma: la mujer se curó milagrosamente al toque de la tercera cruz, que fue así identificada con el leño en el que Jesús fue crucificado.

Santa Elena se encargó de la construcción de la que se convertirá en la Basílica del Santo Sepulcro, en el lugar de la crucifixión, sepultura y Resurrección de Jesús. También en este caso colaboró con san Macario, que recibió una larga y conmovedora carta de Constantino, que deseaba edificar una iglesia magnífica para corresponder a la «gracia de nuestro Salvador, que ninguna lengua puede expresar adecuadamente», es decir, el don de reencontrar «el monumento de su Santísima Pasión». Al escribirle acerca de las columnas y el mármol, le recomendó: «[…] sé diligente enviándonos informaciones, de manera que cualquier cantidad o tipo de material que se crea necesario en base a tu carta, pueda ser procurado en cualquier parte, como se pide, porque es justo que el lugar más espléndido del mundo deba ser dignamente decorado». Las iglesias del Anastasis (Resurrección) y del Martyrion, que componían la basílica de Constantino, fueron consagradas el 14 de septiembre del 335, día en que la Iglesia universal celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz.

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