San Felipe y Santiago el Menor

Los dos apóstoles Felipe y Santiago el Menor se recuerdan con una sola fiesta litúrgica porque sus reliquias, trasladadas respectivamente de Hierápolis y Jerusalén, fueron colocadas juntas en la Basílica de los Doce Apóstoles en Roma

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Los dos apóstoles Felipe y Santiago el Menor se recuerdan con una sola fiesta litúrgica porque sus reliquias, trasladadas respectivamente de Hierápolis y Jerusalén, fueron colocadas juntas en la Basílica de los Doce Apóstoles en Roma. Su culto conjunto se estableció con la reforma del calendario en 1969.

SAN FELIPE (5-80). Felipe era de Betsaida, de la misma ciudad que Andrés y Pedro. Fue uno de los primeros apóstoles en encontrarse con Jesús, que le dijo: «Sígueme». Ese primer encuentro dejó una huella en el corazón de Felipe, quien tan pronto como vio a Natanael (es decir, Bartolomé) le informó con entusiasmo: «Aquel de quien escribieron Moisés en la Ley y los Profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret». Es significativo que al primer escepticismo pasajero de su amigo («¿De Nazaret puede salir algo bueno?», preguntó Bartolomé), Felipe respondió de inmediato: «Ven y verás» (Jn 1, 43-51).

Más tarde, Felipe es citado en el diálogo con Jesús con motivo de la multiplicación de los panes y los peces (Jn 6, 1-15). En la Última Cena, mientras el Hijo de Dios va revelando poco a poco el misterio trinitario (en el cual los apóstoles fueron profundizando solo después de la Resurrección y la venida del Espíritu Santo), Felipe pregunta: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». La respuesta de Jesús es conocida: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto ha visto al Padre».

Después de Pentecostés, Felipe cruzó Asia Menor y, según algunas fuentes apócrifas (tomadas de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine), evangelizó Escitia. Lo que es seguro es que los primeros cristianos ya dieron testimonio de su muerte y sepultura en Hierápolis (Frigia). Ahí es donde entre 2008 y 2015 los arqueólogos italianos identificaron los restos de una basílica construida alrededor de la tumba del apóstol. Hay numerosas inscripciones que atestiguan un culto muy antiguo atribuido a él. Fue en Hierápolis, una ciudad que albergaba un oráculo pagano, donde Felipe convirtió a muchos y murió mártir, clavado boca abajo en un árbol o en una cruz con forma de X.

SANTIAGO EL MENOR (5-62). Se debe distinguir de Santiago el Mayor, hermano de san Juan Evangelista y mártir alrededor del año 44. Por el Nuevo Testamento se sabe que era el hijo de Alfeo, también padre de otro apóstol, san Judas Tadeo. El historiador Hegesipo (110-180) relata que Alfeo era hermano de san José y, por lo tanto, Santiago era primo de Jesús; es por esto que san Pablo lo llama «hermano del Señor» (Gal 1, 19; véase también Mt 13, 55 y Hch 12, 17), según una expresión a menudo presente en el Antiguo Testamento para indicar parientes cercanos. Basándonos en la interpretación católica tradicional - corroborada por la comparación entre las Sagradas Escrituras y los textos de algunos autores antiguos como los mencionados Hegesipo y Flavio Josefo (37-100) - Santiago el Menor y Santiago el Justo, primer obispo de Jerusalén, son la misma persona.

Santiago jugó un papel muy importante en la Iglesia primitiva, tanto que san Pablo le consideró una de «las columnas» junto con Pedro y Juan (Gal 2, 9). En el Concilio de Jerusalén, celebrado alrededor del año 50 para resolver la disputa sobre la circuncisión, Santiago hizo una intervención importante apoyando el discurso de Pedro, citando al profeta Amós para vencer la resistencia de los judíos y proponiendo una solución para los paganos convertidos (Hch 15, 7-21). También es el responsable de la Carta de Santiago, en la que exhorta a los fieles a pedirle a Dios la verdadera sabiduría y subraya la necesidad de mostrar buenas obras junto con la fe: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras?».

Sufrió el martirio en el año 62. Los escribas y fariseos le pidieron renegar de Jesús desde el pináculo del templo para que así fuese oído por todos. Pero Santiago, según el relato de Hegesipo (según la Historia de la Iglesia de Eusebio de Cesárea), dice: «¿Por qué me preguntáis acerca del Hijo del hombre? Él se sienta en el cielo a la derecha de la suma potencia y vendrá sobre las nubes del cielo». Muchos creyeron en su palabra. Así fue como los escribas y fariseos lo tiraron desde el pináculo, gritando: «¡Oh! También el Justo se ha equivocado».

Como Santiago todavía vivía, fue apedreado y finalmente golpeado con un palo en la cabeza, mientras le pedía a Dios que perdonara a sus verdugos. La impresión del martirio fue tal que algunos judíos llegaron a atribuir posteriormente el asedio de Jerusalén y la destrucción del Templo (70 d.C.) a la injusticia cometida contra el santo. Flavio Josefo, originario de Jerusalén, en la obra Antigüedades judías, escribió al respecto: «Todo esto les sucedió a los judíos para castigarlos por lo que le hicieron a Santiago el Justo, que era hermano de Jesús llamado Cristo, y que fue asesinado por los judíos a pesar de haber sido justísimo».

Patrón de los agonizantes, sombrereros, cardadores y farmacéuticos

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