San Eusebio de Vercelli

Bajo Constancio II, fue uno de los pocos obispos que defendió firmemente, aunque a costa de ser perseguido, la fe recta en el Hijo de Dios «generado, no creado, de la misma sustancia que el Padre», así como había sido confirmada solemnemente por el Credo niceno.

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Mientras Constancio II usaba cada método disponible para imponer la herejía arriana en todo el Imperio Romano, san Eusebio de Vercelli (finales del siglo III - 371) fue uno de los pocos obispos que defendió firmemente, aunque a costa de ser perseguido, la fe recta en el Hijo de Dios «generado, no creado, de la misma sustancia que el Padre», así como había sido confirmada solemnemente por el Credo niceno.

Originario de Cerdeña, en su juventud se mudó con su familia a Roma, donde fue ordenado sacerdote. Eusebio se ganó la admiración de la comunidad cristiana de la Urbe, que durante tres años se convirtió en el refugio del exiliado Atanasio de Alejandría. En el 345 san Julio I lo nombró obispo de Vercelli, el primero del que se tienen noticias certeras. Gracias a su obra de evangelización se convertirá en el patrono de Piamonte, en esa época aún bastante pagano, especialmente en las zonas rurales.

Uno de los hechos más relevantes de su episcopado fue la fundación de una comunidad sacerdotal que realizaba vida común, siguiendo el ejemplo de los monjes reunidos en los cenobios. Por esta comunidad, convertida en una fábrica de santos, se ganó un elogio post mortem por parte de san Ambrosio. El obispo de Milán, en una carta a los ciudadanos de Vercelli (escrita hacia el 394), expresó todo su cariño por Eusebio que había gobernado su diócesis «con la austeridad del ayuno» y educado al clero al «cumplimiento de las reglas monásticas, incluso «viviendo en medio de la ciudad».

Eusebio fue, por tanto, una verdadera luz en la Iglesia del siglo IV. Un brillante testimonio de su santidad se dio en el Concilio de Milán del 355, cuando la verdadera fe en Cristo corría el riesgo de desaparecer. El concilio había sido convocado por el emperador, que desde hacía tiempo perseguía a san Atanasio (un pilar de la fe) y dos años antes había exiliado a san Paulino de Tréveris, también el fiel a la ortodoxia católica.

Constancio II quería obtener la firma de algunas declaraciones arrianas y otra condena de Atanasio por parte de toda la asamblea conciliar, inicialmente reunida en la Basilica Maior (donde hoy se encuentra el Duomo). Pero la llegada de Eusebio, con su carisma, complicó los planes. El santo pidió anular la condena de Atanasio y exhortó a los obispos a firmar la procesión de fe en el Credo de Nicea, encontrando claramente la oposición de los arrianos. Al final intervino personalmente el emperador, que hizo trasladar el concilio a su palacio e impuso la confirmación de la sentencia contra Atanasio: Eusebio fue uno de los tres obispos, junto a Lucifer de Cagliari y Dionisio de Milán, que se negaron a firmar. La consecuencia fue el exilio para los tres (la misma suerte correrá, un año más tarde, en otro pseudo-concilio, san Hilario de Poitiers).

Eusebio pasó siete años en el exilio, de los cuales cinco en Beit She’an (en Tierra Santa) y el resto entre Capadocia y Tebaida. Sufrió maltratos pero continuó, como un verdadero pastor, preocupándose por su grey. «Os ruego que custodiéis la fe con gran vigilancia, conservad la concordia, rezad con frecuencia y acordaros de nosotros para que el Señor se digne liberar a su Iglesia que sufre en toda la tierra», escribió en una de las tres cartas que escribió desde el exilio y que han llegado hasta nosotros. Pudo volver a Vercelli en el 362, pocos meses después de la muerte de Constancio II († 3 de noviembre del 361). Como escribirá san Jerónimo, que lo incluyó también en su De Viris Illustribus, «a la vuelta de Eusebio, Italia dejó el luto». Según la tradición fue el quién trajo consigo, a su vuelta de Oriente, estatuas que representaban una Virgen Negra; también se le atribuye el origen inicial de los santuarios marianos de Oropa y Crea, que se revelaron determinantes para la conversión a Cristo de las poblaciones rurales.

Para saber más:

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Eusebio de Vercelli (17 de octubre de 2007)

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