San Columbano

Benedicto XVI lo ha definido «uno de los Padres de Europa», porque la vida de san Columbano recuerda de manera ejemplar las raíces cristianas del Viejo Continente

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Benedicto XVI lo ha definido «uno de los Padres de Europa», porque la vida de san Columbano recuerda de manera ejemplar las raíces cristianas del Viejo Continente. Sus monjes y él anunciaron el Evangelio incidiendo profundamente en la cultura europea a través de los distintos monasterios fundados en diversos países. Consciente de estas raíces comunes, hoy renegadas por el relativismo dominante, el santo irlandés fue el primero en utilizar la expresión totius Europae («de toda Europa») en una carta a san Gregorio Magno, refiriéndose a la presencia de la Iglesia en el continente.

Su vocación monástica lo indujo a dejar su familia a los 15 años, a pesar de que su madre intentó retenerlo. «Quien ama a su padre y a su madre más que a mí no es digno de mí», le dijo Columbano, decidido a ser peregrino por Dios. Se formó en el monasterio de Cleenish Island, mudándose más tarde al monasterio de Bangor, en el que se vivía en un estrecho ascetismo bajo la guía del abad Congall: la vida de los monjes estaba marcada por la oración, las mortificaciones corporales y el trabajo, incluido el estudio de pergaminos y códices antiguos. Cuando tenía unos 50 años, tras vencer la resistencia de san Congall, que esperaba que fuera su sucesor, dejó su patria con otros doce monjes, todos animados por el ideal irlandés de la peregrinatio pro Christo.

Columbano sentía la urgencia misionera de evangelizar las regiones europeas, en varias de las cuales había vuelto a aparecer el paganismo a causa de las continuas migraciones desde el norte y el este. Fundó un monasterio tras otro. A menudo recuperó antiguas ruinas, como en el caso del monasterio de Luxeuil (en Francia), una antigua ciudad termal que estaba en ruinas y que con sus compañeros convirtió en un centro vivísimo, que giraba alrededor de la abadía, como sucedió posteriormente en Bobbio (Italia). Esos monasterios surgieron para responder a las numerosas vocaciones atraídas por el ejemplo de los monjes. Los fieles se acercaban tanto para recibir ayuda espiritual como consejos prácticos: por ejemplo, cómo cultivar y arar la tierra.

En los monasterios surgieron los scriptoria, que se especializaron en copiar los manuscritos y revelaron ser fundamentales para la transmisión de los libros religiosos y los textos de la antigüedad griega y latina. Además de la penitencia y la oración, la Regla de san Columbano (con el tiempo asimilada a la benedictina) preveía la lectura y escritura diaria como medios de elevación del espíritu, claro signo del estrechísimo vínculo entre fe y cultura.

Dio gran importancia al sacramento de la Reconciliación. Introdujo en el continente la confesión privada y reiterada y la penitencia llamada «tarifada» por la proporción establecida entre la gravedad del pecado y la penitencia ordinaria del confesor. Su rigor moral le hacía rechazar el compromiso. Reprendió las costumbres de algunos monarcas (que lo hicieron arrestar) y también de miembros del clero. Le movía la conciencia que solo en la fidelidad a Dios puede el alma alcanzar la felicidad para sí y para el prójimo: «Si el hombre utiliza rectamente las facultades que Dios ha concedido a su alma, entonces será semejante a Dios. Recordemos que debemos devolverle todos los dones que ha depositado en nosotros cuando nos encontrábamos en la condición originaria. La manera de hacerlo nos la ha enseñado con sus mandamientos. El primero de ellos es amar al Señor con todo el corazón, pues Él nos amó primero».

Patrón de: los motociclistas

Para saber más:

Catequesis de Benedicto XVI sobre san Columbano (audiencia general del 11 de junio de 2008)

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