San Buenaventura

Junto con el dominico santo Tomás de Aquino, su amigo, fue uno de los grandes protagonistas del pensamiento filosófico y teológico del siglo XIII, cuando la fe cristiana mostró toda su capacidad para incidir en la cultura

Italiano English

«Nadie puede alcanzar la beatitud si no se trasciende a sí mismo, no con el cuerpo, sino con el espíritu. Pero no podemos elevarnos de nosotros mismos sino a través de una virtud superior. Cualesquiera que sean las disposiciones internas, estas no tienen ningún poder sin la ayuda de la Gracia divina. Pero esto se concede sólo a quienes lo soliciten [...] con ferviente oración. La oración es el principio y la fuente de nuestra elevación». Así escribía en una de sus obras maestras, el Itinerario de la mente hacia Dios (Itinerarium mentis in Deum), san Buenaventura de Bagnoregio (c. 1217-1274). Junto con el dominico santo Tomás de Aquino, su amigo, fue uno de los grandes protagonistas del pensamiento filosófico y teológico del siglo XIII, cuando la fe cristiana mostró toda su capacidad para incidir en la cultura.

Su nombre de Bautismo era Juan, como el de su padre, que era médico. Su madre era muy devota de san Francisco (1181-1226). Cuando, siendo niño, contrajo una enfermedad de la que no lograba curarse, fue precisamente la intercesión del Pobre de Asís la que le hizo obtener la curación, como relatará el propio Doctor Seraphicus. En 1235 se fue a París para perfeccionar sus estudios, primero en artes y luego en teología. Unos ocho años más tarde hizo su ingreso en los franciscanos, asumiendo el nombre religioso de Buenaventura. El santo vivió plenamente la era de la polémica de los maestros seculares contra los maestros de las nuevas órdenes mendicantes (franciscanos y dominicos). Con el paso del tiempo, gracias a sus virtudes de piedad y ciencia, adquirió una creciente estima dentro de la Orden Franciscana, quien lo eligió ministro general en 1257 y, con posterioridad, lo consideró como un segundo padre.

Buenaventura logró preservar la unidad entre los Frailes Menores, quienes al comienzo de su mandato ya eran 30.000. Se posicionó tanto contra la llamada corriente espiritual - influenciada por las ideas de Joaquín de Fiore († 1202) - como contra la progresiva tendencia a lo mundano dentro de la Orden. El Capítulo general del año 1260 en Narbona fue decisivo a este respecto. Contribuyó a la redacción de un texto destinado a unificar las normas de vida de los franciscanos (las Constituciones de Narbona) y tuvo la tarea de escribir una Vida de San Francisco, para transmitir su carisma de manera auténtica. La obra estaba ya lista en 1263, después de llevar a cabo un cuidadoso trabajo de recopilación de los testimonios de quienes habían conocido al santo de Asís: se la llama Legenda Maior (del latín legenda, «para ser leído») y, junto con la Legenda Minor, una versión más reducida, se convirtió en la biografía oficial de san Francisco. En uno de sus escritos afirmará: «Confieso ante Dios que la razón que me llevó a amar más la vida del beato Francisco es que esta se parece a los comienzos y al crecimiento de la Iglesia. La Iglesia comenzó con simples pescadores, y después se enriqueció de doctores muy ilustres y sabios; la religión del beato Francisco no fue establecida por la prudencia de los hombres, sino por Cristo».

Nutría un gran amor por el Santísimo Sacramento. Mientras Tomás estaba a cargo de escribir el oficio litúrgico para la nueva fiesta del Corpus Christi, establecida en 1264 por Urbano IV, tuvo que dar un sermón ante el papa sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Más tarde, Gregorio X le encargó que preparara el Segundo Concilio de Lyon (1274), en el que se intentó acercar la Iglesia latina a la griega. Justo cuando la asamblea conciliar se estaba llevando a cabo, el santo regresó a la casa del Padre. Alrededor del año 1450, durante un traslado de las reliquias, la lengua de Buenaventura fue encontrada incorrupta. El mismo prodigio ya había sucedido - él mismo fue testigo ocular - con otro gigante franciscano: san Antonio de Padua.

Sixto V lo proclamó Doctor de la Iglesia en 1588. Buenaventura argumentó que tanto las diversas artes como la filosofía deben estar al servicio de la teología, ya que para todas las disciplinas la vía solo puede ser una: Jesucristo. Explicaba que la medida de la verdad se adquiere gracias a la luz de la fe, respecto a la cual la razón es como una criada que ayuda a comprender el sentido armónico de toda la Revelación, a partir de lo creado, descrita como «una escalera compuesta de seis escalones». Seis como los días de la Creación, que tienen una correspondencia en lo que Buenaventura llama las seis potencias del alma. A través de estas, el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, puede -si lo desea ardientemente y es sostenido por la Gracia- elevarse «de las realidades inferiores a las superiores, de las externas a nosotros a las internas, de las temporales a las eternas».

Para saber más:

Itinerario de la mente hacia Dios

Dona Ora

Italiano English