San Apolinar

Las dos basílicas paleocristianas de Rávena que llevan su nombre, San Apolinar in Classe y San Apolinar el Nuevo, son conocidas en todo el mundo gracias también a sus espléndidos mosaicos

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Las dos basílicas paleocristianas de Rávena que llevan su nombre, San Apolinar in Classe y San Apolinar el Nuevo, son conocidas en todo el mundo gracias también a sus espléndidos mosaicos. Menos conocida es, por el contrario, la vida de este santo obispo, venerado como mártir, a quien la tradición señala como discípulo de san Pedro. Apolinar era originario de Antioquía, una ciudad cuya iglesia fue fundada precisamente por el Príncipe de los Apóstoles y donde san Pablo también predicó.

Se nos ha transmitido que el santo, que se convirtió al cristianismo con sus padres, siguió a Pedro a Roma. Luego sus padres le enviaron a Rávena, convirtiéndose en el primer obispo de la ciudad. Obró muchas conversiones y curó a la esposa de un tribuno, que luego se hizo bautizar con toda la familia. Esto lo convirtió en el blanco de las persecuciones de los paganos, quienes trataron de obligarlo a ofrecer sacrificios a Júpiter. Pero Apolinar no quiso hacerlo y les advirtió contra la idolatría: “No quiero sacrificios, sería mejor usar vuestro oro y vuestra plata para aliviar a los pobres, en lugar de usarlo para honrar a los demonios”. Lo golpearon y lo dejaron medio muerto. Y como siguió negándose a ofrecer sacrificios a los ídolos, le obligaron a exiliarse. Pero el santo, salvado de un naufragio, finalmente logró regresar a Rávena. Aquí, alrededor del año 70, fue golpeado tan salvajemente que murió siete días más tarde a causa de las heridas.

En este sentido, es comprensible por qué san Pedro Crisólogo, Doctor de la Iglesia y obispo de Rávena (entre los años 433 y 450, aproximadamente), en un bonito sermón, lo llamó dos veces “confesor” (y así también lo conmemora el Martirologio Jeronimiano, el 23 de julio, mientras que el Martirologio Romano habla expresamente de “ilustre martirio”). Crisólogo advierte, sin embargo, que se debe tributar a Apolinar el mismo honor que a los mártires, porque él trae a esta gloria la constante confesión de fe en medio de las persecuciones: “No tanto la muerte, sino la fe y la devoción hacen al mártir: y del mismo modo que es prueba de valor sucumbir en la batalla, en un enfrentamiento por amor del propio Rey, también es indicio de virtud perfecta mantener y llevar a cabo las luchas durante mucho tiempo. Se demostró que era un mártir, no porque el astuto enemigo le infligió la muerte, sino porque no pudo extorsionar su fe. [...] El confesor, a menudo, derramaba su propia sangre y testificaba a su Creador con sus heridas y con la fe de su alma. Mirando al cielo, despreciaba la carne y la tierra”.

Justo en el lugar del martirio, la antigua Civitas Classis, se erigió la Basílica de San Apolinar in Classe, consagrada el 9 de mayo del 549. Todavía hoy se puede admirar el famoso mosaico del ábside que representa al santo en actitud de oración, flanqueado por doce ovejas (seis a cada lado) que simbolizan el rebaño de Cristo, con el mismo número que los apóstoles y las tribus de Israel. La hagiografía más antigua y completa que ha llegado hasta nosotros es la Passio sancti Apollinaris, que se remonta a la época del arzobispo Mauro (642-671). Pero la tradición relacionada con el mandato que le dio el apóstol Pedro tiene, desde un punto de vista realista, un origen mucho más remoto que la mencionada Passio. Esto puede intuirse a partir de las cartas del año 599 del papa Gregorio Magno al arzobispo de Rávena Mariniano y al notarius Castorio, en el que concede a Máximo, obispo de Salona, ​​en Dalmacia, culpable de simonía y excomulgado, la posibilidad de hacer penitencia y volver a la comunión con la Iglesia ante corpus sancti Apollinaris, es decir, frente a la tumba del santo en Rávena.

Tal acto penitencial se hacía generalmente en Roma - como se puede ver en la correspondencia de san Gregorio - ad beati Petri sacratissimum corpus: si el motivo de la excepción se puede rastrear en las dificultades para llegar a Roma, por los conflictos entonces en marcha, la indicación del sepulcro de Apolinar, como lugar “equivalente” para la reconciliación con la Iglesia, se explica con el mandato que le confirió san Pedro, según una tradición evidentemente ya bien arraigada en la época del papa Gregorio. Su memoria litúrgica está prevista hoy por el Calendario General Romano, tres días antes de su dies natalis, para evitar superponerse con la fiesta de santa Brígida, copatrona de Europa.

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