• CONCORDISMO

Relaciones Iglesia-Estado: Un verdadero cambio de época

Desde sus orígenes hasta ayer mismo, el poder espiritual de la Iglesia nunca había aceptado situarse al mismo nivel que el poder temporal del príncipe. Pero hoy en día eres un buen católico si apoyas los objetivos de la ONU para 2030, si te vacunas y si apoyas la transición ecológica. Es la culminación del proceso de secularización.

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En la relación entre lo que antes se llamaba poder espiritual y poder temporal hay ahora un cambio sustancial que contrasta con la tradición de la Iglesia católica desde su fundación hasta ayer mismo. El cambio es de una magnitud considerable. Se ha ido preparando durante mucho tiempo y ahora parece que todo el mundo lo ha aceptado tácitamente.

Todos sabemos -aunque no seamos expertos en la historia de la Iglesia- que a lo largo de los siglos cristianos el poder espiritual de la Iglesia católica nunca ha aceptado situarse al mismo nivel que el poder temporal del príncipe, y mucho menos depender de él. En realidad se han producido algunas veces episodios de este tipo, pero fueron anomalías, desviaciones temporales debidas a la debilidad humana o a contingencias históricas.

De hecho, recordemos que Jesús advierte a Pilato que no tendría ningún poder si no se lo hubieran dado desde lo Alto. San Ambrosio no permitió que el emperador Teodosio entrara en la iglesia tras la masacre de Tesalónica. Gregorio VII excomulgó y posteriormente perdonó al emperador Enrique IV en Canossa. Santo Tomás decía que “en los asuntos espirituales hay que obedecer al Papa, en los temporales es bueno obedecer al príncipe, pero mejor aún es obedecer al Papa, que ocupa la cumbre de los dos órdenes”. Otros dos tomistas –Beckett y Moro- hablaron claro sobre la inmoralidad de sus gobernantes. Cuando surgieron los estados modernos, los episcopados apelaron al Papa para no quedar prisioneros de las iglesias nacionales, como la galicana.

La Iglesia del siglo XIX fue el principal desafío a la soberanía absoluta del Estado moderno, y fue una lucha sin cuartel. Durante el totalitarismo la Iglesia representó una reserva de libertad basada en la verdad a pesar de las dificultades y los fracasos. La Iglesia siempre ha alzado su voz ejerciendo una acción propia y específica sobre la vida política comparable a la acción de la gracia sobre la naturaleza y de la fe sobre la razón. Esta acción es de otro orden, de un orden superior, pero la distinción entre los dos órdenes no significa que esta acción no exista o que sea lejana e indirecta. En realidad se refiere a lo temporal, pero con vistas a un fin que no es temporal, un fin sin el cual lo temporal no puede ni siquiera ser lo que es.

Si ahora tratamos de observar la situación actual, podemos ver que esta relación ya no existe y los dos poderes parecen coincidir. La dialéctica mantenida durante siglos parece haber terminado hoy en la concordia. La Iglesia ya no levanta su voz para recordar al poder político sus obligaciones con la justicia y la religión verdadera. Esto ni siquiera ocurre cuando el príncipe aprueba leyes y aplica políticas inhumanas y anticristianas en estado puro. Ningún hombre de Iglesia levanta su voz hoy para desafiar abiertamente a un jefe de gobierno, a un gobernador autonómico o a un alcalde, ni tampoco para recordar las reglas de la justicia en cuestiones radicales del bien y del mal. Las conferencias episcopales median. Dialogan e invitan al diálogo. Los obispos guardan silencio y dejan que los aburridos comunicados de las conferencias episcopales hablen. La dirección de la Iglesia no interpela en ningún sentido a ciertos regímenes políticos llenos de aspectos inhumanos. Nunca hemos leído ningún pronunciamiento de los Consejos de las Conferencias Episcopales Europeas (Comece y CCEE) criticando las políticas de las instituciones supranacionales continentales. Incluso las agendas de los congresos, las semanas sociales católicas y las jornadas de reflexión se copian de las de las instituciones políticas, de modo que hoy toda actividad asamblearia de la Iglesia se ocupa de las “transiciones” establecidas por el poder político (y económico): las prioridades del príncipe son también las del poder espiritual.

Nunca hemos visto una Iglesia tan interconectada con las instituciones políticas, un poder espiritual tan a gusto en sus relaciones con el poder temporal, atento a no molestar y a cooperar. Hay que olvidar el dedo de Fra Cristoforo levantado al cielo y diciendo “¡Un día llegará...!” (cf. “I promessi sposi” de Alessandro Manzoni).

La posición adoptada por la Iglesia con respecto al Covid ha coronado luego todo este cuadro. El católico es hoy un buen católico cuando está contento con sus propios gobernantes (si son liberales), cuando está dispuesto a dar su propia contribución acrítica a las políticas anti-Covid y a las famosas “transiciones”, cuando trabaja por la consecución de los objetivos de la ONU para 2030, cuando cree en la actual Unión Europea y tiene confianza en la presidencia de Biden. Y se me olvidaba: …también cuando tiene fe en la ciencia.

Visto así, la situación parece un poco ridícula, aunque en realidad es bastante grave. Es la realización política de la secularización que el padre Fabro ya señaló con estas palabras: “Hemos pasado del dominio de lo sagrado a la invasión de lo profano en la vida de lo sagrado y a la expulsión del mismo sagrado”: Dios sólo puede ayudarnos si está confinado fuera del mundo. No tiene sentido ser sutiles y distinguir entre secularización, laicismo, laicidad y laicismo. Aquí es todo un camino que salta. Si fuera como hoy, san Ambrosio habría tenido que abrir una mesa de diálogo con Teodosio, Gregorio VII habría tenido que disculparse con Enrique IV y Pío VII habría tenido que alegrarse de su traslado a Francia por orden de Napoleón.

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