• EL RECUERDO

“Quiero ir al Gólgota”: La “santa obstinación” de Wojtyla en cumplir su misión

Era el 26 de marzo de 2000, último día de la peregrinación de Juan Pablo II a Tierra Santa. Todo estaba listo para la salida hacia el aeropuerto, pero el Santo Padre, ya con Parkinson, insistió en ir al Gólgota. Una larga espera, los servicios de seguridad desconcertados, el Pontífice sumergido en la oración. Al final Wojtyla volvió al lugar de la crucifixión para unir sus sufrimientos a los de Jesús. Y también para introducir a la humanidad con renovada esperanza en el tercer milenio. Por primera vez un testigo cuenta esa ascensión al Gólgota.

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En la última década del siglo XX, Juan Pablo II había comprendido plenamente que el Señor de la vida y de la historia le había confiado la tarea de introducir el cristianismo en el tercer milenio. Y comprendió también que este tiempo tenía que transcurrir en el sufrimiento. Un sufrimiento que le había sido revelado con el ataque de Alí Agca el 13 de mayo de 1981, al que había sobrevivido milagrosamente y que una década más tarde había madurado con la aparición de la enfermedad de Parkinson que, de forma lenta pero segura, acabaría paralizándolo y llevándolo a la muerte el 2 de abril de 2005.

Pero su testimonio nos habla de cómo había querido acompañar el tránsito de la humanidad del segundo al tercer milenio con la adoración del sufrimiento y la muerte de Jesús, Nuestro Señor, en Jerusalén. Debido a mi profesión he sido cronista de este testimonio y debido a mi fe he sido testigo. Hoy esta fe se enriquece con otros detalles que cuentan los que también estuvieron presentes.

Era el 26 de marzo de 2000, el último día de la peregrinación de Juan Pablo II a Jordania, los Territorios Palestinos e Israel, que había comenzado seis días antes. Por lo tanto eran días “febriles” en lo que respecta a mi trabajo en Israel: por aquellos tiempos era huésped del Patriarca Michel Sabbah en el Patriarcado Latino; también era codirector de los Annales de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén, y responsable de la redacción temporal de la Radio Vaticana, compuesta por una docena de religiosos de varios idiomas.

La peregrinación se concluía en el Patriarcado con un almuerzo oficial en el gran refectorio, un espacio que también acogía en las paredes laterales los retratos de los Patriarcas fallecidos desde su reconstitución en 1847, y en la pared del fondo un mural,  la “Última Cena” del artista Ferdinando Michelini. Yo me sentaba en la mesa cercana a la izquierda, y desde allí tuve la oportunidad de anotar lo que podría parecerle relevante a cualquier periodista.

Luego abandoné mi sitio para trasladarme al atrio del palacio patriarcal y cuando llegué allí, justo en el centro del patio, estaba Juan Pablo II sentado en el Papamóvil con el que hasta pocas horas antes había cruzado las estrechas y empinadas calles de la “Ciudad Vieja” de Jerusalén. De hecho, a bordo de ese vehículo había llegado al Patriarcado desde la Basílica del Santo Sepulcro. Precisamente allí, justo delante del santuario que alberga la tumba de Jesús Resucitado, había presidido la celebración de la Eucaristía y había lanzado un fuerte mensaje ecuménico en su homilía. Una ceremonia inolvidable a la que asistieron los obispos católicos de los distintos ritos. 

Desde una distancia de unos pocos metros esperé a que se fuera hacia el aeropuerto, tal y como el programa oficial preveía. Aproveché la feliz e inesperada oportunidad de estar cerca de él y empecé a “hablarle en silencio”, a expresarle en primer lugar mi gratitud por esa circunstancia, y la emoción al compartir la enfermedad que intuía en su rostro, mi oración que se entrelazaba con la suya. Era evidente que el Papa estaba inmerso en una oración incesante. Lo miré, no me cansé de descubrir las reacciones que la espera (que estaba durando), provocaría en él. Pero no se alteró.

Cuando me di cuenta de que había transcurrido más de media hora, intenté averiguar qué estaba pasando: ¿Por qué el Papa se había quedado solo dentro de ese coche, en esa situación?

Descubrí entonces que había decidido no marcharse de Jerusalén para ir al aeropuerto de Tel Aviv y no volver a Roma hasta que no hubiera ido una vez más a la basílica del Santo Sepulcro, y más concretamente, al Gólgota.

La petición, me cuenta hoy un testigo ocular, monseñor Giacinto Boulos Marcuzzo, (entonces obispo residente en Nazaret, hoy vicario general del Patriarcado Latino de Jerusalén), se hizo durante el almuerzo: el Papa hizo explícita al Patriarca Michel Sabbah, que se sentó a su lado, la intención de ir al Gólgota a rezar.

Era la única etapa del peregrinaje que se le había impedido por el acceso complicado que suponían las escaleras estrechas y empinadas para un paciente con Parkinson como él. “Recuerdo incluso –me explica monseñor Marcuzzo-, que los organizadores de la peregrinación, incluyendo el Vaticano, decían: ‘Por suerte, en una misma basílica están incluidos el Gólgota y el Santo Sepulcro. Al ir al Santo Sepulcro, podemos decir razonablemente que el Papa también ha estado en el Gólgota, y así le ahorramos un esfuerzo inútil e... ¡imposible!’. Pero el Papa no pensaba lo mismo”.   

Tampoco incluso ante un hecho consumado como éste: la policía israelí había desmantelado completamente el aparato de seguridad y restaurado la libre circulación por las empinadas calles de la “Ciudad Vieja”, entre la basílica del Santo Sepulcro y el Patriarcado. Rehacerlo todo de nuevo, los puntos de control y los controles posteriores, y además justificarlo a las personas y vehículos que ya están en sus bases, fue una tarea difícil. El obispo Marcuzzo recuerda “muy bien los detalles del cambio de programa en el Patriarcado: la conversación entre el Papa, el Patriarca y la Policía, también la larga espera en el patio del Patriarcado”. Una espera que para mí resultó ser una oportunidad inesperada y memorable: ¡Estuve cerca de él durante casi una hora y media!  Había pedido que lo llevaran de vuelta al Papamóvil para estar preparado para volver a la Basílica y subir al Gólgota.

Hay que reconocerle a la eficiente organización de seguridad israelí que hiciera todo lo posible por satisfacer al ilustre huésped. Monseñor Marcuzzo continuó: “Yo no pude ir al Gólgota porque teníamos que estar listos en el aeropuerto para el saludo oficial. Pero un franciscano del Santo Sepulcro, un testigo presencial, me explicó cómo fue capaz el Papa de subir los escalones del Gólgota y cómo llevó a cabo una empresa que parecía imposible para todos”. Una historia que hoy se divulga, me gustaría estar seguro, por primera vez: no utilizó la subida que está a la derecha, justo después de entrar en la Basílica; esa que suelen hacer los peregrinos y que es paralela a la escalera exterior que se utiliza para las fotos de grupo.

En su lugar “se enfrentó a la ‘subida litúrgica’, en la parte norte, la que tiene los escalones rectos y empinados. Y quiso estar solo, simplemente acompañado por el secretario (el obispo Stanislav Dziwisz), que estaba a su lado justo detrás. Subió todos los escalones prácticamente solo, deteniéndose y descansando más o menos brevemente después de cada escalón, con una mano en la barandilla derecha y la otra, o en la barandilla izquierda o bien, en algunos escalones, en la mano del secretario que lo acompañaba”.

“Quien estuvo presente afirma que fue un espectáculo no sólo conmovedor, sino también impresionante, impactante y trágico. Hizo pensar a los pocos presentes –explica monseñor Marcuzzo- en la ascensión de Jesús que lleva la cruz en el Calvario. Es el Papa que lleva las cruces del mundo, como Jesús y con Jesús, en el umbral del nuevo milenio. ¡Sólo a la luz de este concepto “profético”, se puede entender “la santa obstinación” del santo papa Juan Pablo II, de querer ir a toda costa y a pesar de todos los numerosos obstáculos (sanitarios, policiales, de seguridad, de protocolo oficial...) al Gólgota!

“Un signo profético y de gran esperanza para nosotros hoy: los sufrimientos de nuestro tiempo en el tercer milenio ya han sido llevados al pie de la cruz de Cristo, lavados por su sangre redentora y transformados con el poder misterioso y regenerativo de la Resurrección”, concluye monseñor Marcuzzo.

Es un testimonio que confirma lo que pensé entonces: Juan Pablo II quería adorar los sufrimientos y la muerte del Salvador, quería llevar su sufrimiento personal ante la Cruz y quería llevar a Jerusalén a toda la cristiandad que entraba en la historia del tercer milenio, también en medio de tanto sufrimiento.

Pero con el mismo acto de adoración Juan Pablo II reafirmó, y no podía dejar de hacerlo, el valor salvífico del sufrimiento y la derrota de la muerte, porque ese mismo lugar ha sido siempre y para siempre testigo del duelo que ha visto triunfar la vida.

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