• ORIENTE MEDIO

Paz entre Israel y los Emiratos, pero queda el nudo palestino

No es una exageración hablar de un acuerdo “histórico” entre los Emiratos Árabes Unidos e Israel. ¿Y ahora cosa sucede? La Autoridad Palestina está en contra. Nunca aceptará la presencia del Estado judío y le basta la ayuda de la UE y la legitimación de la ONU.

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Si la política -especialmente la italiana- abusa del adjetivo “histórico” para hechos de importancia irrelevante, o al menos de limitada importancia, sólo para desacreditarlos, hay que reconocer que no fue indebidamente atribuido por el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, artífice del acuerdo que ha consagrado el reconocimiento de Israel por parte de los Emiratos Árabes Unidos, sorprendentemente anunciado el jueves pasado. Pues llegó cuarenta años después de un precedente idéntico, marcado por el imprevisible viaje (19-21 de noviembre de 1977) del presidente egipcio Anwar Sadat a Jerusalén.

Egipto, el más importante de los países árabes y musulmanes, había sido derrotado en tres guerras por el Estado judío y quería cerrar la disputa para abrir un futuro de convivencia, con un tratado de paz firmado en Washington el 26 de marzo de 1979. Sin embargo, tuvo consecuencias trágicas con el asesinato de Sadat; y funestas con el aislamiento diplomático agravado por el desprecio árabe; pero ha evitado -y no es poca cosa- nuevas guerras. Quince años después, el reino de Jordania -otro país confinante de Israel- siguió el ejemplo egipciano, incluso firmando un tratado de paz en la Casa Blanca el 25 de julio de 1994.

Los acontecimientos de las últimas cinco décadas se pueden resumir en repetidos y siempre vanos esfuerzos diplomáticos de la comunidad internacional, sobre todo estadounidenses, encaminados al nacimiento del Estado palestino junto al judío. Y además en el fortalecimiento de los extremismos palestinos, incluidos los militares, en Gaza (Hamas y Jihad) y en el sur del Líbano (Hezbollah) con el apoyo de Irán y de algunos países del Golfo Árabe.

¿Y ahora qué podría suceder? La realidad regional se ve afectada por cambios significativos, que son consecuencias sobre todo del largo y grande conflicto sirio y de la implicación en él de Irán, Turquía y Rusia, además de la persistencia de Israel y Estados Unidos. Amenazas y oportunidades, de diverso tipo y de efecto retardado, están presentes de manera realista en el contexto de la antigua división del universo islámico, es decir, entre sunitas y chiitas. Israel es considerado por muchos países sunitas del Golfo, comprometidos en una carrera de inversiones y de logros asombrosos, como una realidad positiva y en rápido desarrollo, tecnológicamente avanzada y militarmente reconfortante. Porque se opone al Irán chiíta y cercano, no tan distante como Estados Unidos, y que es necesario tener de amigo.

En esta dirección se movió en los estados del Golfo el Mossad, el poderoso servicio secreto israelí, una sorpresa dentro de otra sorpresa. Por el insólito y explícito agradecimiento que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu le dio a su jefe, Yossi Cohen. El reconocimiento fue por la “asistencia en el desarrollo de los lazos” entre Israel y estos países en donde ha estado varias veces. Cohen fue su “hombre clave”.

Gracias al acuerdo firmado con Israel, los Emiratos Árabes Unidos prevén acelerar la cooperación en todos los campos, no solo diplomático y luego sanitario para combatir la epidemia en curso, sino también en el energético, hidrológico, medio ambiente, cultura, seguridad, transporte aéreo, turismo y telecomunicaciones. Y sobre todo “unidos a Estados Unidos” lanzando, como Jared Kushner, yerno y asesor de Trump, introduciendo “agenda estratégica para el Oriente Medio”. Es predecible, pero está por verse, que otros países del Golfo sigan a los Emiratos.

¿Y se realizarán los otros puntos del acuerdo, los relacionados con el proceso de paz entre Israel y Palestina? Trump, al anunciar el “gran avance por la paz”, dijo que, como primera consecuencia del acuerdo, Israel detuvo los planes de anexar algunos centros judíos en Cisjordania (en Judea y Samaria: se trataría al momento de la extensión de la soberanía a las grandes ciudades de Maale Adumin y de Ariel y de las aldeas de Gush Etzion) que han levantado las protestas de la Autoridad Nacional Palestina. Benjamin Netanyahu al confirmar que el proyecto de extender la soberanía “queda sobre la mesa”, aclaró: “No he cambiado mi plan”.

Es interesante el comentario del ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos, Anwar Gargash, a la reacción de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), que rechazó enérgicamente el acuerdo de Washington -marcándolo de “traición” y de “agresión contra el pueblo” - ordenando el retiro de su embajador en los Emiratos y exigiendo una reunión inmediata de la Liga Árabe. “Esperábamos escuchar los habituales rumores”, dijo el ministro. “Sufrimos, pero al final decidimos seguir adelante, que nos dejen hacer”.

Si el presidente Trump cree que el “gran avance” y “el histórico acuerdo de paz entre dos grandes países amigos” de Estados Unidos representa una ayuda en su difícil campaña electoral, se basa en cambio en la persistente negativa a seguir el camino de la cooperación con Israel y sobre el desprecio de la oportunidad y del privilegio de ser el primero en disfrutarla; reafirmado no solo por la ANP, sino también por los líderes de las organizaciones extremistas y terroristas palestinas, la previsión de una continuación de la parálisis del proceso de paz.

Los palestinos nunca podrán aceptar una realidad territorial extranjera y, por tanto, un enemigo, como el Estado judío. Para ellos, el camino a seguir parece ser el de mantener la complacencia y la ayuda (incluso financiera) de aquellos países y organizaciones, especialmente europeas, que los han apoyado hasta ahora. Satisfechos con el consenso del que gozan en el ámbito internacional y, sobre todo, con las resoluciones de la ONU que los ha beneficiado y con los éxitos que siguen cosechando. Como la reciente sentencia del Tribunal de Roma que, aceptando las denuncias de dos asociaciones palestinas en Italia (una de Milán y la otra de Génova), reconoció que Jerusalén no es la capital de Israel.

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