• EL PROYECTO Y LA POLÍTICA

¿Notre Dame o Disneyland? Aquí está en juego la identidad francesa (y la nuestra)

La contestada restauración de Notre Dame en clave kitsch-Disneyland afecta la campaña electoral. Zemmour y los intelectuales franceses, incluidos los no católicos, ven en la tutela de Notre Dame como una oportunidad para defender el cristianismo y la identidad francesa. La disputa ya no es entre laicos y católicos, dado que, entre los defensores de la tradición, también hay laicos, agnósticos, protestantes y judíos; mientras que del lado de los que quieren “deconstruir” están Macron y el clero progresista francés. Pero el proyecto esconde el objetivo de deconstruirlo todo: nación, género y familia. Un riesgo que corre todo Occidente.

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Ahora que el candidato casi presidencial Eric Zemmour también ha entrado en el asunto de la restauración de Notre Dame, con una intervención en el semanario “Le Point” del 12 de diciembre, se ha vuelto político en su máxima expresión. Con un proyecto, gestionado por la curia, para la rehabilitación del interior según los criterios “modernos” con bancos móviles, cambio de luces con las estaciones y proyecciones de vídeo. Un centenar de intelectuales se movilizaron para impugnarlo, encabezados por Stephane Berne, Pierre Nora y Alain Finkielkraut, con un comunicado publicado en “Le Figaro” el 7 de diciembre, en el que definen la restauración como “estúpida” y “kitsch”, mientras que el mismo periódico, en un comentario al día siguiente, compara la Notre Dame restaurada con un “futuro Disneyland”; y no es un cumplido.

Presentado el proyecto, aunque de forma vaga, lamentablemente se confirman los rumores de la víspera. Entonces aquí está Zemmour listo para atacar a Macron directamente. Sería él, según el escritor-candidato, el verdadero creador de un plan para la “deconstrucción” de Notre Dame, el “centro de gravedad de la Francia cristiana y el símbolo de nuestra nación”. Después de todo, recuerda Zemmour, el creador del proyecto, un “sacerdote progresista”, fue recibido en el Elíseo. Para el candidato, todo esto es un ejemplo más de lo mucho que Macron “no ama a Francia”, de cómo su objetivo es “deconstruir el corazón de nuestra civilización”.

Hasta aquí la noticia, que se presta a algunas consideraciones.

La primera es el tiempo. Zemmour lanza su llamamiento mientras está en una misión para los cristianos de Oriente, una causa que en Francia siempre está muy viva. Y no empezó solo: le acompaña Philippe De Villiers, uno de los padres de la soberanía en los noventa, quien, habiendo abandonado la política activa, es desde hace tiempo autor de ensayos interesantes ​​y sobre todo de un proyecto de tutela de la memoria histórica y de la historia de Vandea: un gran parque histórico, el de Puy du Fou, pero muy diferente a Disneyland. El mensaje es claro: la defensa de los cristianos fuera de las fronteras debe ir acompañada de la protección de la religión y de sus iglesias dentro de las fronteras.

El segundo elemento a tener en cuenta es que De Villiers es católico, descendiente de una familia noble con largas tradiciones vendeanas; Zemmour es judío, al igual que Finkielkraut, el promotor del comunicado; mientras que Nora es uno de los principales historiadores franceses, laicos y republicano. Aparte de De Villers, nadie forma parte de la llamada cultura católica. Sin embargo, todos, desde diferentes ángulos, ven la protección de Notre Dame como una oportunidad para defender el cristianismo y, a través de éste, la identidad francesa. Si Finkielkraut y Zemmour se sintieron y se sienten, como judíos, ante todo franceses, es también gracias al catolicismo: aunque no sean practicantes y, de hecho, no son realmente católicos.

Todo esto mientras otro gran intelectual católico, quizás el más grande filósofo político francés vivo, Pierre Manent, autor de obras fundamentales traducidas en todo el mundo, publicó un estudio que también fue enviado al Papa y que cuestiona el informe de la Comisión Sauvé sobre pedofilia en la iglesia. Para Manent, las conclusiones de la Comisión se caracterizan por “falta de rigor científico”, “hostilidad hacia la Iglesia”, “a priori ideológico”, según el cual la Iglesia es “sistemáticamente” culpable de pedofilia. De ahí el consiguiente riesgo de la “deconstrucción del sacerdote católico”. Con el absurdo, concluye Manent, que es una comisión “católica”, a pedir “una reforma integral de la Iglesia católica” (Figaro, 10 de diciembre).

Curiosamente, Zemmour y Manent utilizan la misma palabra, la “deconstrucción”, en este caso del catolicismo, que conduce, al menos según Zemmour, a la destrucción simbólica de la nación. No es casualidad: el “deconstruccionismo”, corriente filosófica lanzada en la década de 1970 por Michel Foucault y Jacques Derrida, es la base de la ideología actual del diferencialismo inclusivo que pretende deconstruirlo todo: la nación, el género, la familia, etc.

El tercer elemento interesante a observar es que la disputa ya no es, según la tradición francesa, entre laicos y católicos, sino entre “republicanos” y “creyentes”, dado que entre los defensores de la tradición hay laicos, agnósticos, protestantes, judíos y, obviamente, católicos; mientras que, del otro lado, entre los que quieren “deconstruir” hay partes importantes del clero francés: “progresistas”, los define Zemmour pero se trata de entender qué significa este término.

El cuarto elemento para señalar es más bien una confirmación: Francia es más que nunca el último puesto avanzado del Occidente cristiano. Italia está hasta cierto punto protegida (¿pero hasta cuándo?) por la presencia del Vaticano y también por unas raíces católicas más extendidas y ramificadas. En Francia, en cambio, el proceso de secularización es mucho más intenso y, de hecho, históricamente, es de allí que todo empezó. Pero es también de allí que, desde la Revolución Francesa, un intento de “descristianizar” el mundo, se alzó más fuerte la reacción.

Como conclusión provisional, recordamos el famoso pasaje de otro gran filósofo, siempre judío, pero esta vez alemán, Walter Benjamín: “Ni siquiera los muertos están a salvo del enemigo, si él gana. Y este enemigo no ha dejado de ganar”. Escrito en 1940, cuando Benjamín huía de los nazis que habían invadido Francia, donde se había refugiado años antes, y poco antes de suicidarse para no caer en sus manos. Entonces este enemigo era el nacionalsocialismo. Pero el progresismo de hoy no parece animado por un sentimiento diferente de la cancelación de la identidad y la tradición.

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