San Hugo de Grenoble por Ermes Dovico
El misterio de la iniquidad

Miércoles Santo, cuando Judas traicionó

En este día, la Iglesia conmemora la traición de Judas, quien se puso de acuerdo con los jefes de los sacerdotes para entregarles a Jesús. Un acto que supuso el colofón de una serie de decisiones del Iscariote en contra de Dios. Presciencia divina y libertad del hombre.

Ecclesia 01_04_2026 Italiano

«En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, se dirigió a los jefes de los sacerdotes y les dijo: “¿Cuánto queréis darme para que os lo entregue?”. Y ellos le fijaron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una ocasión propicia para entregar a Jesús» (Mt 26, 14-16).

El Miércoles Santo la Iglesia recuerda la traición de Judas. Un episodio claramente crucial, presente en los cuatro Evangelios, en los que los sinópticos relatan también el encuentro del apóstol traidor con los sacerdotes, mientras que san Juan omite este antecedente, pero en el relato de la Última Cena nos dice que «el diablo ya había puesto en el corazón de Judas» la idea de traicionar a Jesús. Una traición que evidentemente llegó a la culminación de una serie de actos y decisiones que enfrentaban al Iscariote contra el Maestro, rechazando su misión divina. Es interesante lo que escribe al respecto don Dolindo Ruotolo (1882-1970) al comentar el capítulo 22 del Evangelio de san Lucas, dentro de su monumental Comentario a la Sagrada Escritura. Judas Iscariote «llevaba mucho tiempo siguiendo a Jesús con ánimo falso y perverso; estaba entre sus discípulos con el cuerpo, pero no con el alma; es más, mantenía una actitud sutilmente hostil. (…) Se había puesto a seguir a Jesús con el entusiasmo de quien espera grandes triunfos y grandes ventajas temporales y había visto desvanecerse estas ilusiones; es más, el recrudecimiento de las persecuciones contra el divino Maestro le había convencido de que se había topado con un falso profeta. Había perdido esa pizca de fe, más natural que sobrenatural, que antes había tenido y se había convertido en un crítico despiadado de todas las acciones de Jesús, tanto más peligroso cuanto que no se manifestaba».

La traición no fue, pues, un acto improvisado, sino la consecuencia lógica de un corazón que se había cerrado, por su libre elección, al amor de Dios. El gran místico napolitano y siervo de Dios, que escribía su Comentario de un tirón después de haber rezado y flagelado, subraya el contraste entre el pacto de Judas y la unción de Betania, ocurrida pocos días antes de la Pasión. Precisamente el gesto de caridad que María de Betania (así la llama san Juan; los sinópticos, con algunas diferencias, hablan genéricamente de una mujer) —identificada por don Dolindo con María Magdalena (identificación sobre la que se discute desde hace siglos: actualmente la posición oficial de la Iglesia es la de separar las dos figuras y, por lo tanto, celebrarlas en dos fechas diferentes)— realizó hacia Jesús podría haber sido el "gatillo" definitivo en la mente de Judas. Se produce la unción. Y pocos días después, Judas se reúne con los sacerdotes para venderles a Jesús. «Esto nos puede hacer suponer —escribe don Dolindo, esta vez comentando el Evangelio de San Mateo— que quiso así recuperar la ganancia que, según él, habría obtenido del ungüento malgastado», utilizando a los pobres como pretexto.

La traición de Judas había sido predicha, pero no estaba predeterminada, es decir: el apóstol la cometió por su libre albedrío, sin corresponder a la gracia que el Señor nunca dejó de concederle. La presciencia divina, en esencia, no niega la libertad del hombre; y no hay hombre que se pierda sin que Dios haya intentado repetidamente que le abra las puertas del corazón. Don Dolindo se detiene en este punto fundamental y a menudo malinterpretado, explicando que «Jesús no eligió a Judas para que fuera un traidor, sino para que fuera apóstol, y ciertamente, al elegirlo, quiso mejorarlo. Sabía, por presciencia divina, que sería traidor y que esto sería utilizado por Dios para el cumplimiento de su designio, y lo eligió con el Corazón angustiado, en perfecta obediencia al Padre» (Comentario al Evangelio de san Juan). Una angustia que nacía de saber que perdería a un hijo para la eternidad.

Y esto se relaciona con la pregunta que surge periódicamente: ¿dónde se encuentra hoy Judas? Aunque, incluso recientemente, no faltan quienes ponen en duda esta verdad, la Iglesia ha enseñado durante dos mil años que se encuentra en el Infierno, basándose en las palabras del mismo Jesús, que habla de Judas como del «hijo de la perdición» (Jn 17,12) y dice también que para el apóstol hubiera sido mejor no haber nacido (cf. Mt 26,24; Mc 14,21). Es erróneo pensar que el Salvador pudiera hacer afirmaciones similares sobre un hombre que hubiera ganado —aunque fuera por los pelos— la vida eterna. Al mismo tiempo, como se ha mencionado, el Señor ofreció a Judas hasta el último momento la posibilidad de salvarse. En L'Orologio della Passione, libro recomendado por san Pío X e impreso por orden de san Aníbal María de Francia, Luisa Piccarreta nos ofrece una conmovedora visión de este amor de Jesús, quien incluso con el gesto extremo del lavatorio de los pies intentó vencer la dureza de Judas, apretando sus pies contra el Sagrado Corazón, rezando en su interior para que el apóstol le entregara su alma y no fuera al Infierno. Pero fue en vano.

El Nuevo Testamento nos cuenta además el ignominioso final de Judas, que se ahorcó (Mt 27,5) y se le desparramaron las entrañas (Hch 1, 18-19). El apóstol había sentido remordimiento, pero este no se tradujo en un verdadero arrepentimiento ni en una petición de perdón: un perdón que el Señor le habría concedido sin duda, a pesar de la gravedad de su pecado. En cambio, Judas, sumando pecado a pecado, perdió la esperanza de la salvación, desconfiando de la infinita misericordia de Dios. Así lo dice san Agustín: «Si hubiera rezado en nombre de Cristo, habría pedido perdón; si hubiera pedido perdón, habría tenido esperanza; si hubiera tenido esperanza, habría esperado la misericordia». Y pidiéndola con rectitud de ánimo, precisamente la habría obtenido.

Puesto que, como nos recuerdan los santos, la traición de Judas se repite a diario de mil formas, pequeñas y grandes, debemos velar continuamente y pedir con humildad saber amar a Dios, siguiendo el ejemplo de aquella que lo ungió con generosidad antes de la Pasión.