San Romano de Condat por Ermes Dovico
ESTADOS UNIDOS

Masacres escolares en EEUU: Las armas no son el problema

La respuesta común a otro tiroteo masivo causado por un joven armado es la habitual polémica sobre la libre circulación de armas en Estados Unidos. Pero es una visión muy simplista que no tiene en cuenta todos los factores implicados. Lo que aflora en los autores de estas masacres es una profunda desesperación, una falta de sentido que impulsa a la muerte. Y sobre esto hay que empezar a reflexionar.

Internacional 26_05_2022 Italiano English

La nueva masacre de niños en Texas a manos de un joven de 18 años armado que irrumpió en la escuela primaria Robb de Uvalde no ha dejado indiferente a nadie y hace que uno se pregunte cuál es la causa de la repetición de estos tiroteos masivos. Por desgracia, parece un ritual inútil que se repite con cada masacre, ya que tras los días de luto y las polémicas políticas todo sigue igual hasta el siguiente tiroteo.

Una de las razones de esta inutilidad radica en que siempre se reacciona dando por sentada la respuesta: la culpa es de las armas que circulan libremente en Estados Unidos, y por tanto es el lobby armamentístico el que impide que el Congreso intervenga para limitar o prohibir su compra. Desde ayer todos los periódicos están llenos de estos análisis que repiten la misma tesis. Pero, ¿es realmente así? ¿O hay otros factores que hay que tener en cuenta y que a la larga son mucho más decisivos que las armas?

La realidad es que la tesis de que “todo es culpa de las armas” es muy simplista por varios factores, entre ellos el hecho de que “es el hombre el que mata, no su espada”, como recordó Juan Pablo II en su Mensaje del Día de la Paz de 1984. Por lo tanto, tenemos que mirar con más realismo al hombre, su corazón y sus motivos, y no tanto su espada o su fusil.

Dejemos a un lado el hecho de que la posesión personal de armas en los Estados Unidos tenga sus raíces en los orígenes que sitúan la libertad y la propiedad privada como fundamento de la identidad americana. Hay otros datos sobre la difusión y el uso de las armas que hacen dudar de que ésta sea la verdadera causa del problema. En primer lugar, Estados Unidos no es el único país en el que hay muchas posibilidades de tener armas en casa. Tan sólo hace dos años que Canadá puso límites al prohibir la compra de rifles de asalto, pero hasta entonces los tiroteos masivos han sido muy raros. En muchos otros países, además, es muy fácil conseguir armas de forma más o menos legal –pensemos sin ir más lejos en México y Venezuela-, pero no existe este fenómeno aunque la violencia esté muy extendida. Además, el hecho de que –como dice un informe del FBI publicado hace unos días y citado por la BBC- los ataques armados por parte de ciudadanos particulares se hayan duplicado desde el inicio de la pandemia de Covid-19 desmiente una relación directa entre la disponibilidad de armas y los tiroteos masivos (las armas no se han duplicado en el mismo periodo). Más bien debería plantear algunas preguntas sobre las consecuencias de ciertas políticas de gestión de la pandemia.

Por supuesto, es innegable que el hecho de disponer de armas facilita y hace mucho más eficaces las acciones de quienes, en su fuero interno, han decidido volcar su ira sobre los inocentes. Pero esto sería un factor decisivo si tales masacres fueran impulsivas. Es decir, una reacción inmediata a un supuesto agravio sufrido, como ocurre, por ejemplo, en los conflictos de tráfico (asesinatos por un adelantamiento indebido o por una plaza de aparcamiento “robada”) o en los asesinatos pasionales (un marido que descubre a su mujer con su amante): en estos casos, por supuesto, un arma preparada marca la diferencia.

Pero los tiroteos masivos de los que hablamos son masacres cuidadosamente planificadas, atentamente preparadas durante días y semanas, incluso anunciadas en algunos casos en las redes sociales. Esto significa que los que tienen estas intenciones también tienen mucho tiempo para obtener las armas necesarias de alguna manera, incluso ilegalmente. Y ante esta determinación, aunque no hubiera armas, podría utilizar otro medio: por ejemplo, podría lanzarse con un coche a toda velocidad contra la multitud a la entrada o a la salida de la escuela.

Volvamos entonces al hombre, a su corazón, a su mente. ¿Qué impulsa a cometer actos tan terribles? No pretendemos tener una respuesta exhaustiva, ya que el misterio del mal es imposible de explorar completamente. Pero podemos observar ciertos factores que coinciden en la mayoría de estos tiroteos masivos. El primer elemento es la escuela, sin duda el lugar más afectado: en diez años, desde el ataque de diciembre de 2012 en las escuelas primarias de Sandy Hook (Connecticut) con 27 muertos, ha habido nada menos que nueve tiroteos en escuelas, prácticamente uno por año. Antiguos alumnos del mismo centro, en su mayoría, que en ese entorno sienten que han sufrido injusticias, han acumulado frustraciones, se han descubierto fracasados: como Salvador Ramos, el joven de 18 años protagonista del atentado de esta semana. El “sueño americano” se ha convertido en una pesadilla para ellos.

Otro factor, la juventud: salvo un caso, todos los protagonistas de los ataques escolares desde 2012 tenían entre 15 y 25 años. Y todos ellos vivían situaciones familiares complicadas, padres divididos y ausentes, historias de abuso y, obviamente, también tenían problemas psicológicos o psiquiátricos. Jóvenes, solitarios, infelices, desesperados. Y suicidas: sí, porque todos ellos se han suicidado después de disparar o bien se han dejado matar por la policía. Todos mataron queriendo morir ellos mismos: casi un último y desesperado intento de experimentar la compañía, al menos en la muerte.

Controlar las armas; evitar que lleguen a manos de personas ya señaladas por problemas mentales, prevenir las manifestaciones extremas no abandonando a las personas problemáticas a su suerte: todo esto puede ciertamente ayudar a limitar los daños, quizás a evitar algunas tragedias, pero no deja de ser una intervención sobre los síntomas.

Lo que hay que hacer es ir a la raíz del mal: se necesita un sentido para vivir, en primer lugar, un encuentro que corresponda a las verdaderas necesidades del corazón. Pero este es un tesoro cada vez más raro de encontrar en una sociedad que pretende construirse sin Dios o incluso contra él. Esto es lo que hay que reflexionar en primer lugar.