Martina, una niña en misión para la Virgen
“Desde que nació alguien la guiaba, aunque solo lo comprendimos con claridad cuando enfermó: María Rosa Mística entró en su vida después de que le regalaran una estampa”. Hablamos hoy de la historia de Martina Kluzer, fallecida a los 7 años a causa de un cáncer, tras haber ofrecido su vida a Jesús y a María por la conversión de los corazones: nuestra revista ha entrevistado a sus familiares.
El Señor ha querido manifestarse de manera extraordinaria entre los viejos edificios de las afueras de Milán, en el seno de una familia humilde. Un hecho ocurrido hace unos veinte años, guardado en secreto durante mucho tiempo y que se ha dado a conocer solo ahora a través de un relato publicado por la Editorial Ares y titulado Martina, il Cuore e la Rosa. Así, mientras la santidad parece el legado de un pasado que se cerró con la muerte de figuras públicas como san Juan Pablo II o santa Teresa de Calcuta, en un siglo que atenta contra la inocencia haciendo así menos nítido para los hombres el rostro de Dios, los gigantes de la fe y de la mística hoy son los niños santos. Parece que Dios los instruye y los guía pidiéndoles una entrega total, y se los lleva antes de que la sociedad pueda seducirlos. Así lo hizo también con Martina Kluzer († 7 de junio de 2007), mostrando al mundo cómo vivir y morir (a los siete años) sin el miedo que hoy lo asalta.
Junto a sus otras tres hijas y a su marido, Giovanna Pupillo Kluzer, madre de Martina y autora del libro junto con el periodista Riccardo Caniato, explica a la Brújula Cotidiana (La Nuova Bussola Quotidiana en su edición italiana original): “Era 1999, mi marido Claudio y yo teníamos veintitantos años cuando concebimos a Martina. Nos queríamos, pero no conocíamos a Jesús ni sus enseñanzas; sin embargo, Dios tuvo misericordia de nosotros”. Giovanna, de hecho, había soñado con san Pedro y san Carlos Borromeo, que le dijeron que recibiría un don: “Al principio no lo entendí, pero luego descubrí que estaba embarazada de Martina. El embarazo resultó difícil debido a algunas infecciones que contraje. En el hospital soñé con el padre Pío, a quien reconocí porque mi familia de origen es de Puglia pero, a pesar de los antibióticos, los médicos dijeron que la pequeña corría peligro. Esa noche, mientras dormía, vi una mano grande que estrechaba una manita. Por la mañana, los índices de infección habían bajado. Pocos días después me casé”.
Martina nació y “notamos algo especial desde su más tierna infancia: había un misterio en su interior. No era difícil criarla, sino entenderla. Tenía que ser delicada, también porque ella era respetuosa, reflexiva, nada egocéntrica”. En el libro se entiende que había alguien que la educaba, además de sus padres: “Era una niña normal: le encantaban las Barbies y el chocolate. Le gustaba disfrazarse. Sin embargo, ya en la guardería, si su padre y yo discutíamos, nos regañaba; y si él miraba a las presentadoras de la tele, ella apagaba la televisión y le echaba la bronca”. Pero los padres pensaban simplemente que era peculiar, “aunque a veces me preguntaba cómo conseguía enseñarnos el bien y el mal con tanta autoridad”. Martina, además, solía pensar en los demás: “Si recibía dinero de la abuela, me compraba ropa. Se privaba de sus cosas para dárselas a quienes pedían limosna y, con la enfermedad, aún más”.
Su hermana Doriana, que vivió los primeros cinco años de su vida junto a Martina, cuenta: “Recuerdo el pasillo de la planta del hospital y, al fondo, una sala con mesas para los niños, juguetes, el rincón de los dibujos y las pulseras. A ella la recuerdo allí, feliz, creando cosas nuevas para regalárselas a los pequeños enfermos que estaban en cama”. Solo ahora Doriana comprende lo excepcional que era una “niña sometida a tratamientos intensos, pero llena de vida. Yo estaba deseando estar con ella porque su objetivo era hacerme pasar un buen rato, preocupada por el esfuerzo que yo tenía que hacer debido a sus hospitalizaciones. Antes de morir, cuando solo quería rezar, me hizo sitio en la cama porque yo quería ver un dibujo animado con ella. Luego volvió a rezar”. La familia explica que “en el hospital se lo pasaba bien. Durante una sesión de terapia se puso a bailar en la cama con el gotero puesto y, cuando entró un médico y la regañó preguntándole qué estaba haciendo, ella le respondió que estaba bailando. Él se echó a reír, algo que en esa planta los médicos no suelen hacer”.
Los padres ya se habían dado cuenta de que Martina veía a la Virgen y hablaba con Jesús. Explica Giovanna: “Desde que nació, alguien la guiaba, aunque solo lo entendimos con claridad cuando enfermó: María Rosa Mística entró en su vida después de que le regalaran una estampa. Al mismo tiempo, empezamos a rezar en el santuario de la Bozzola: íbamos a ver a mi hermana, que entonces era budista y hoy es cristiana gracias a Marti, pero nos perdimos y nos encontramos frente al santuario. Mi hija quiso entrar y la dejamos. Conoció al padre Gregorio, que la invitó a ir a rezar allí todos los miércoles por la tarde, participando en la Misa de sanación y liberación. No se quería perder ni una sola. Cuando pasaba entre los bancos bendiciendo, Marti me decía que veía a Jesús al lado del sacerdote, que tocaba a la gente; en ese momento, ella se inclinaba, juntaba las manitas y rezaba. En esa misma época empezó a pedirnos sin cesar que fuéramos a Montichiari, donde se encuentra la capilla de Rosa Mística (la Virgen se le apareció a Pierina Gilli y la Iglesia ha concedido el nihil obstat al culto, ndr). El viaje en coche duraba más de una hora. Mi marido dijo una vez que no: estaba cansado, Doriana también, y además, como había dejado el trabajo para estar con ella, teníamos que controlar los gastos. Pero ella, llorando, suplicó: ‘¿No lo entendéis? La Virgen me está llamando’. Ya no pudimos oponernos”.
La Virgen realizaba muchas peticiones a Martina, pero aquel día fue especial porque “había estado en el hospital de las 7 a las 16 para la quimioterapia. Cuando llegamos a Montichiari, corrió primero hacia Jesús Crucificado, luego a la capilla de la Virgen y, a continuación, bajó hacia la iglesia, todo ello descalza. Antes de entrar, besó la cruz (que ahora se encuentra bajo la escalinata, ndr), luego sumergió los pies en la fuente helada, se quedó allí un buen rato dando vueltas y rezando. Por último, como siempre, subió y bajó la escalera de rodillas”. ¿Qué siente un padre al ver a su hija sumar sacrificios a los que ya le exigen unos tratamientos tan duros? Giovanna lo recuerda así: “La regañábamos porque se hacía daño subiendo y bajando las escaleras así, pero al final cedíamos ante su fuerza y su fe”. ¿Y ella?: “Aquella vez respondió que había niños en el internado que no podían ir a ver a la Virgen, y que tenía que hacerlo por ellos”. Martina tampoco lo tuvo fácil en el colegio: “Había niños que, por ignorancia, limpiaban la silla de la que se había levantado y se mantenían alejados de ella. Yo la animaba a que se defendiera y ella me explicaba que incluso Jesús sufría maldades, pero que el mal se vence con el bien”. A Giovanna le costaba entenderlo, pero “ella ganó: todos sus compañeros vinieron a verla en el ataúd y decían que olía bien, que estaba guapa, sonrosada y sonriente. Al funeral acudieron doscientos alumnos del colegio”.
Era buena, pero no ingenua: “Cuando se le acercaba alguien en quien no había ignorancia, sino malicia, bajaba la cabeza y guardaba silencio. Si veía que yo me abría, se ponía seria; yo lo entendía y me callaba”. El padre Serafino Tognetti, en el epílogo del libro, habla de una niña de una claridad extraordinaria porque “como exige la vida cristiana, su bien es el bien de los demás”. Su madre lo confirma: “Cuando fuimos a Lourdes quiso llenar la autocaravana de bidones de agua para llevarlos al instituto oncológico: entró en todas las habitaciones, pidió a todos que bebieran y, aunque la gente decía que no creía, ella respondía: ‘Hacedlo de todos modos y, si queréis, rezad el Ave María, que es mejor’. También dio agua a los médicos. La mayoría de las personas estaban alejadas del Señor, pero todas bebieron. Fue una gran gracia”. Martina “se enfadaba si los médicos no se reían, si el sacerdote que le llevaba la Eucaristía (que ella recibía por adelantado, ndr) estaba triste, y me decía que le recordara que estaba contenta de entregar su vida a Dios”.
Pero, ¿qué significa que decidiera ofrecerse a Jesús? Su madre nos responde: “Nos demostró, en primer lugar, que a través de la oración y la fe Dios lo puede todo y, después, que el fin de la vida es el cielo”. Conmovida junto a su marido, Giovanna subraya: “Se había curado por completo, pero cuando nos lo comunicaron no se sorprendió porque estaba segura de que Dios respondería a las oraciones”.
En definitiva, Martina no se rendía hasta conseguirlo, como se desprende de otros episodios. “Pero nos reveló más”: tras una Misa en La Bozzola, se quedó dormida en el coche y soñó con la Virgen, que le preguntó si quería ir con ella. “Le pregunté qué había respondido y, cuando me dijo ‘sí’, me enfadé. Pero ella replicó que no debía hacerlo, porque a cambio había conseguido el Paraíso para mí, mi marido y Doriana, y la gracia de sentirla siempre presente. Incluso el padre Gregorio, molesto, le preguntó el motivo de su elección: la respuesta fue que debíamos confiar en la Virgen”.
En un mundo que rechaza el sufrimiento, Martina, ya agonizante, rechazaba incluso la morfina. “Decía que, de lo contrario, no podía dialogar con Jesús y que Él era el único capaz de aliviar su sufrimiento”. En su lecho de muerte ocurrieron prodigios: “La veía dialogar con alguien y moverse tocando cosas que yo no veía. Le hacía preguntas y ella me decía en un susurro que estaba acariciando a Jesús, que era precioso y que la estaba curando”. De hecho, Martina, en un momento dado, comenzó a moverse a pesar de la parálisis en las piernas, “pero luego me dijo que Jesús le había preguntado si quería ser curada en el cuerpo o seguirlo al Cielo para llevar a cabo un proyecto que Él tenía para ella. Quiso irse con Él y dijo su segundo ‘sí’. Después de eso, las piernas se le volvieron a paralizar; solo al día siguiente, a las 15:00, las cruzó colocándose en la posición del crucificado. Intenté bajarle la pierna por el susto, pero fue imposible. Le ofrecimos agua porque había dicho que tenía sed, pero la rechazó. Subió al cielo esa noche, con el rostro radiante de alegría”.
Así es como Martina se aparece hoy en sueños a varias personas, curando a niños y enfermos. Un proyecto que se está haciendo realidad: “Y es cierto, la siento presente”, confirma Giovanna junto con sus hijas: “Cuando le rezamos por alguna decisión importante, nos da señales claras para indicarnos el camino; pone cerca de nosotras formas o animales que a ella le encantaban, como corazones, mariquitas o mariposas”. De hecho, Martina parece estar viva en esta casa, conocida y custodiada como un tesoro también por sus dos hermanas, nacidas después de ella. Gracias a Martina, personas alejadas de Dios se convierten hoy, al igual que durante su vida terrenal. “El primer converso soy yo”, aclara papá Claudio: “La enfermedad fue un duro golpe, pero ella nos mostró a Jesús vivo y activo. Era una luchadora y me fue concedida para que tuviera la fe y la esperanza con las que afronto el presente”.
