Taybeh: donde los últimos cristianos son rehenes de la seguridad
En Taybeh, la última localidad íntegramente cristiana de Cisjordania, a las afueras de Ramala, la seguridad corre el riesgo de convertirse en un pretexto para imponer nuevas restricciones una vez más. El llamamiento del patriarca Pizzaballa no basta para detener el éxodo.
Hay una nueva barrera que se baja y, tras ella, se encuentra una comunidad milenaria: casas, iglesias, familias, olivos y tierras de cultivo. Una vez más la seguridad corre el riesgo de convertirse en un pretexto para nuevas restricciones en Taybeh, el último pueblo íntegramente cristiano de Cisjordania, a las puertas de Ramala. De hecho, el ejército israelí ha declarado la localidad “zona militar cerrada” para los israelíes no residentes, aclarando que la medida se ha adoptado por la necesidad de prevenir nuevos actos de violencia en la zona.
Formalmente, la ordenanza no prohíbe a los palestinos entrar o salir. Pero la decisión esconde un peligro: un derecho se puede reconocer formalmente pero ser difícil de ejercer. Para los habitantes de Taybeh, desplazarse significa enfrentarse a continuos controles, puestos de control, esperas y una incertidumbre que se cuela inexorablemente en la vida cotidiana, creando las condiciones para un estado de aislamiento. Ir al trabajo, llegar a un colegio o a un hospital puede convertirse en una carrera de obstáculos. El control del territorio organizado así podría hacer que cada desplazamiento sea más incierto y cada regreso menos seguro.
El verdadero peligro es que Taybeh acabe viviendo en una libertad cada vez más restringida, hasta el punto de transformar lo que debería ser un pueblo normal en una comunidad en suspenso, separada del mundo. Éste es el punto que no puede ocultarse tras la terminología administrativa. Taybeh es una pequeña comunidad que ya está expuesta a la emigración, a las dificultades económicas, a la presión sobre las tierras y a las tensiones con los asentamientos israelíes circundantes. La nueva medida se inscribe en un territorio en el que la circulación ya está condicionada por una densa red de controles y restricciones. No hace falta pronunciar la palabra “expulsión” para producir un efecto de desarraigo. Una comunidad también puede debilitarse haciendo que la permanencia resulte más ardua, más incierta y más costosa. Cuando la normalidad se convierte en una carrera de obstáculos, la marcha deja de parecer una opción lejana y empieza a convertirse en una alternativa concreta.
El cardenal Pierbattista Pizzaballa ha asegurado que la situación de Cisjordania es “muy frágil” y en continuo empeoramiento, subrayando el peso de los controles de seguridad y las restricciones sobre la vida de las comunidades. Y precisamente en los últimos meses la presión se ha hecho palpable en Taybeh. El pasado mes de junio, un gran incendio arrasó los terrenos cercanos al pueblo. Según la Protección Civil palestina, los colonos israelíes obstaculizaron las operaciones de extinción, mientras que el ejército israelí habría retrasado inicialmente el acceso de los bomberos debido a los procedimientos de coordinación de seguridad. El incendio finalmente se controló, pero el episodio se suma a una serie de agresiones e intimidaciones.
En los primeros meses de 2026 ya se habían denunciado confiscaciones de tierras, incursiones, actos de vandalismo e intimidaciones contra los residentes. Pizzaballa, al referirse a la situación de la comunidad cristiana en Tierra Santa, ha asegurado que su presencia se está reduciendo progresivamente y que resulta difícil pedir a las familias que se queden cuando ya no se vislumbra un futuro posible. “Se necesita mucho valor para quedarse”, admite el patriarca.
En este contexto cobra especial relevancia la investigación de las Naciones Unidas sobre la violencia de los colonos en Cisjordania. En el informe se afirma que las autoridades israelíes están directamente implicadas en los abusos de los colonos contra los palestinos y que las fuerzas de seguridad israelíes a menudo acompañan o protegen a los agresores. Según la investigación, los ataques contra pueblos y tierras agrícolas palestinas han aumentado y la violencia se ha instalado en un clima de impunidad favorecido también por las instituciones judiciales y de seguridad. Por supuesto, Israel rechaza las conclusiones del informe, alegando que las instituciones condenan los abusos contra los palestinos.
Por tanto, la alarma no se refiere a la violencia de los colonos únicamente, sino a lo que ocurre cuando ésta se entrelaza con el ejercicio del poder estatal. Cuando quienes deberían garantizar la seguridad no logran proteger a una población de los ataques, el miedo se convierte en una realidad cotidiana. Es aquí donde la historia de Taybeh adquiere un significado que trasciende los límites de la aldea cristiana.
Y no hablamos solo de la historia de una comunidad expuesta a la violencia. Es la historia de una presencia milenaria que corre el riesgo de ser consumida lentamente por la inseguridad, el aislamiento y la pérdida de perspectivas. La tragedia de las pequeñas comunidades no necesita una orden de expulsión. Puede producirse lentamente: los jóvenes se marchan, las familias se reducen, las tierras se abandonan o son ocupadas por la fuerza por los colonos, las actividades económicas se debilitan, las iglesias se vacían. Al final quedan las piedras, las casas vacías, los olivos y el recuerdo de una presencia que durante siglos ha atravesado guerras, imperios y cambios políticos. Es un proceso silencioso, casi invisible, y precisamente por eso aún más peligroso. La comunidad no desaparece de un día para otro: se va reduciendo hasta que su propia supervivencia se vuelve imposible.
Según la versión que facilitan las autoridades militares, la medida del ejército israelí surge de la necesidad de poner fin a la violencia de los colonos ultraortodoxos y proteger a los habitantes. Es un dato que hay que tener en cuenta. Pero sigue existiendo una contradicción que no se puede ignorar: una vez más la protección de una comunidad palestina pasa por un mayor control militar del territorio. Y mientras que a los israelíes no residentes se les prohíbe la entrada, los habitantes palestinos siguen viviendo sometidos a un sistema de restricciones a la movilidad que dificulta su vida cotidiana.
Taybeh no es un símbolo creado por la prensa. Es un pueblo real, con familias que quieren seguir viviendo en su tierra. Sus iglesias, sus olivos y sus casas dan testimonio de una presencia cristiana arraigada en la historia de Palestina. Por eso, lo que está ocurriendo merece atención antes de que la emergencia se convierta en normalidad y el aislamiento se transforme en abandono. La verdadera amenaza, de hecho, no es solo la barrera bajada. Es acostumbrarse al cierre. Es la idea de que un control, una carretera cortada, un terreno inaccesible o una nueva prohibición forman ya parte inevitable de la vida. Así es como un territorio cambia de aspecto sin que nadie tenga que anunciar formalmente su transformación.
A pesar de los abusos y los asaltos de los colonos ultraortodoxos israelíes, Taybeh sigue ahí. Las campanas suenan, los olivos permanecen en las colinas, las familias siguen viviendo en sus casas. Pero a su alrededor el espacio se va reduciendo. Y cuando el espacio para vivir, moverse y planificar el futuro se reduce, incluso permanecer en la propia tierra puede convertirse en un acto de resistencia y valentía.
