La alegría de quien confía
Bienaventurada la que ha creído (Lc 1,45)
En aquellos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Aconteció que, en cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel de Espíritu Santo y levantando la voz, exclamó:
«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!
¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
María dijo:
«Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mi: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” - como lo había prometido a “nuestros padres” - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre».
María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa.
(San Lucas 1, 39-56)
María se pone en camino con prontitud y lleva la presencia de Jesús a la casa de Isabel. Su fe se convierte en servicio, alegría y alabanza. En el Magnificat reconoce que todo es un don de Dios, que exalta a los humildes y se mantiene fiel a sus promesas. Quien se entrega al Señor descubre que la verdadera grandeza nace de la humildad y de un corazón dispuesto a su voluntad. ¿Sabes ponerte en camino para llevar alegría y esperanza a los demás? ¿Reconoces con gratitud las grandes cosas que Dios realiza en tu vida? ¿Confías en la palabra del Señor incluso cuando no ves inmediatamente su cumplimiento?
