• La cuestión

Los movimientos populares y la ambigua “teología del pueblo”

Los movimientos populares, alentados por Francisco, son una galaxia heterogénea que reúne socialismo, ecologismo, feminismo, “cancel culture” etc. Su nuevo enfoque pastoral presupone convicciones doctrinales a menudo opuestas a la Doctrina Social de la Iglesia. La “teología del pueblo” es una categoría ambigua, y el católico que participa en tales movimientos se equivoca en dos aspectos.

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La cuestión de los “movimientos populares” es un aspecto confuso, peligroso y arriesgado de la Iglesia actual. El Papa Francisco lleva tiempo apoyando este camino. El pasado 16 de octubre envió un largo mensaje de vídeo a los participantes del Cuarto Encuentro Mundial de Movimientos Populares. El 12 de abril de 2020, domingo de Pascua, les había enviado una carta. Anteriormente se había reunido con los movimientos populares el 9 de julio de 2015 en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, durante uno de sus viajes apostólicos, y también en esa ocasión pronunció un largo discurso. También se han celebrado otros dos encuentros en el Vaticano.

Como resultado de este enfoque pastoral se han creado en América Latina escuelas de formación para los líderes católicos de los movimientos populares. La Academia de Líderes Católicos - Latinoamérica tiene sus sedes en Chile, México, Uruguay, Cosa Rica, Colombia, Brasil y España. Sus actividades educativas on-line se extienden también a Venezuela, Perú, Argentina, Panamá, Guatemala y Europa Central. Los programas de estas escuelas incluyen también algunas lecciones sobre la Doctrina Social de la Iglesia, pero situadas en un nuevo contexto global y, por tanto, reinterpretadas y –en mi opinión- deformadas.

El nuevo enfoque pastoral de los movimientos de base presupone ciertas convicciones doctrinales nuevas que no nos dejan tranquilos. Una primera observación que hay que hacer se refiere a la extrema variedad de los propios movimientos populares, que pueden incluir movimientos de los pueblos indígenas, movimientos socialistas y comunistas, movimientos revolucionarios, movimientos ecologistas de diversas orientaciones, comunidades cristianas de base animadas por la Teología de la Liberación, movimientos feministas, movimientos por la igualdad de género extendida a los LGBT, movimientos por la “cancel culture” que derriban las estatuas de Cristóbal Colón, movimientos del estilo de “Black Lives Matter” con su odio ideológico a todo lo que es “blanco”. La expresión “movimientos populares” engloba, pues, una galaxia heterogénea que, si bien en algunos lugares persigue objetivos aceptables, en otros –o más bien en muchos- tiene fines que contradicen las exigencias de la Doctrina Social de la Iglesia. Además, no hay que olvidar que muchos de estos movimientos populares no son en absoluto populares, sino que están financiados e impulsados por poderosas entidades políticas nacionales o transnacionales.

El nuevo enfoque del Papa Francisco y de la Academia de Líderes Populares quiere que los católicos participen en los movimientos populares en la medida que son populares, por lo tanto en “cualquier” movimiento popular. Se trata entonces de una participación “simplista”, es decir, no motivada por un punto de vista plenamente conforme con la Doctrina Social de la Iglesia. No es ésta última la que motiva u orienta la presencia en el movimiento, sino que es la presencia en el movimiento la que reinterpreta la Doctrina Social. Basta con que el movimiento sea popular para que el católico se comprometa a participar en él. Sin embargo, el hecho de ser popular no elimina del movimiento la inaceptabilidad moral, política y religiosa de algunos de sus objetivos, por lo que los católicos acaban contribuyendo a resultados erróneos. Aunque en algunos puntos concretos estos resultados podrían ser aceptables, el contexto general que persigue el movimiento popular específico anula su positividad al instrumentalizarlo para objetivos equivocados.

De este modo, el católico que participa se equivoca en dos frentes: colabora con el mal y renuncia a imprimir su propia visión católica al movimiento. Por eso, la expresión “líderes católicos” aplicada a los movimientos populares es contradictoria: si el movimiento es bueno porque es popular, los católicos no deben convertirse en sus líderes para guiarlo de forma católica, sino sólo para desarrollar su “popularidad”.

La ambigüedad de esta operación pastoral reside en la llamada “teología del pueblo” que le sirve de base, una bomba destinada a explotar causando muchos daños. El pueblo entendido en sentido sociológico, histórico y cultural no es una categoría fundacional. Su valor depende de su capacidad de encarnar auténticos valores naturales y religiosos de acuerdo con una cultura e historia sedimentadas. No todas las tradiciones son válidas, no todas las culturas son verdaderas, no todos los pueblos son auténticos. Los pueblos también necesitan una salvación que no pueden proporcionarse por sí mismos. La recta razón y la verdadera religión son indispensables para purificar a los pueblos. La “teología del pueblo”, en cambio, sostiene que el pueblo es el lugar de la sabiduría humana y cristiana por ser pueblo. Y esto se aplicaría a todos los pueblos. Pero esto no es cierto.

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